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¡Por los pelos, casi me muero!

El lunes 24 septiembre, 2018 a las 10:38 am

¡Por los pelos, casi me muero!

¡Por los pelos, casi me muero!

¡Por los pelos, casi me muero!

Por: Lizeth Vanessa Morillo Rendón / lizeth.morillo@correounivalle.edu.co

Un melón, dos vasos de jugo y una tarde conversando no son suficientes para aclarar por qué el hecho de poseer una cabellera abundante, extensa y bien cuidada se ha convertido en un riesgo de muerte.

Para nadie es secreto que la violencia en Santander de Quilichao ha incrementado notablemente en los últimos meses; sin embargo, no puedo ocultar la sorpresa que me invade cuando Jenny me cuenta que uno de los agresores de su hija fue, nada más y nada menos que aquel niño que vi crecer al otro lado de mi calle: “Memín, ese era el que iba manejando la moto. El otro era El Chopo; a uno lo cogieron, pero el otro anda por ahí suelto”.

Sobre eso de las tres de la tarde yo me encontraba en el cuarto de Astrid, la pequeña de doce años, que con su cabellera negra y lisa a más no poder, atada en una coleta al lado izquierdo trataba de ocultar los mechones cortos que querían escapar de la moña. El cuarto, con su piso blanco recién puesto, la cama de un metro pegada a la pared del fondo, el pequeño armario hacia la ventana y las paredes recién remodeladas; absolutamente todo en perfecto estado para recibir a la niña que acaba de ganarle al paseo de la muerte. Todos en la habitación, la madre, la abuela, la prima, la misma Astrid e incluso el hermanito de nueve años, sabían yo qué hacía ahí. Un poco nerviosa me dispuse a escuchar lo que la familia me contaba, a la vez que observaba el juego de los pequeños y oía de fondo las propagandas televisivas que se reproducían en la sala de estar, donde se encontraban el resto de los miembros de la casa.

Eran las ocho y media de la noche, la carrera 20 aún estaba concurrida, la demora fue que Jenny, madre de la niña, pasara a la casa del frente, y Maicol, el padre, cerrara la puerta de la casa para que las personas decidieran abandonar las calles; para entonces, Astrid se encontraba sentada en el andén de su casa conversando con dos de sus amigos del barrio, cuando de repente se acercó un chico, ninguno de los muchachos se alarmó, pues aparentemente venía a saludar, pero de pronto todo se tornó extraño, todo sucedió muy rápido.

“Cuando llegó, de una lo tiró a él hacía la ventana, sobre los ladrillos. Se acercó a ella, sacó las tijeras y le mochó el pelo del lado izquierdo. Ella tenía hartísimo, allí no tiene ni la tercera parte… Al man lo esperaba otro en una moto, allí en la esquina. Yo oí que allá gritaban, entonces yo salí a asomarme; para cuando yo salí, ya el señor no estaba, entonces yo la miro a ella parada así de frente en la puerta y le digo: «Mija, cómo le dañaron el cabello». Cuando al rato yo miro al piso y estaba el charco de sangre así, ahí mismo le vi la camisa llena de sangre. La subimos a una moto y la llevaron al hospital”.

Al llegar al hospital tocó sentarse a esperar, las horas pasaban y a nadie parecía importarle la menor de doce años con una puñalada en el lado inferior izquierdo de la espalda. Cuando por fin fue recibida por el médico de turno, Astrid, en medio del mareo por la pérdida de sangre, solo buscaba un baño donde pudiera vomitar en paz. Es entonces cuando el médico decide que no es una herida grave, lo único es suturar para que la paciente pueda marcharse a casa; sin embargo Maicol se niega rotundamente a esa opción, por ello en el hospital se llega al acuerdo de dejar a la niña en observación luego de coger los puntos en su espalda.

En la mañana del domingo a Astrid le urge ir al baño, así que con un poco de ayuda se dirige al sanitario, espera un poco y cuando termina observa sorprendida lo que ha salido de su cuerpo: sangre, al parecer tiene una hemorragia. Sus padres, angustiados por lo que está sucediendo, buscan a los médicos quienes finalmente parecen darse cuenta de que la herida no era tan simple como lo habían afirmado. Así sin más, proceden a gestionar el traslado de la paciente a un hospital con las condiciones necesarias; buscan en Cali, en Popayán, pero en ningún lugar están dispuestos a recibir otro enfermo. Las horas pasan, la niña cada vez se encuentra peor y el hospital sigue buscando.

Luego de lo que parece ser una eternidad para la familia, la ambulancia que trasladará a Astrid y a su madre a la clínica se encuentra lista. Entonces, inicia el paseo interminable en búsqueda de un lugar lo suficientemente competente para dar una atención adecuada; vaya misión tan complicada.

A los padres de la menor se les informa que se dirigen a la Clínica Nuestra, pues es allí donde aceptaron recibir a la paciente; Jenny, manteniendo su preocupación bajo control sólo espera que en ese lugar puedan darle respuestas concretas sobre el estado de su hija.

“Eran las doce y media cuando llegué allá, a mi hija me la tiraron en una camilla y tampoco me la atendieron, pero ella todo el tiempo estuvo consciente. Me la llegaron a atender como a las tres de la tarde porque ella ya se estaba quejando del dolor y yo fui y le dije a la señora: «mire que la niña todavía está ahí, ya son las tres y nada». Ella me dijo: «no, tiene que tener paciencia que hay mucha gente y a todas hay que atenderlas». Primero llegó la Fiscalía y la Policía, entonces ellos la vieron, dijeron que la niña tenía fiebre y ahí fue que yo me fui y hable allá y me dijeron que ya seguía ella, que estaban atendiendo a un niño. Y claro, cuando la vieron con una temperatura alta, ahí si ya la metieron a un cuarto para monitorearla, pero no le sacaron ecografía, tampoco le hicieron nada; empezaron a buscar para donde echarla porque la jefe me dijo: «el muchacho que recibe las llamadas aquí cometió un error porque él no tenía por qué haber recibido a la niña, porque aquí no hay UCI y ella después de operación es obvio que tiene que ir a cuidados intensivos». Sin embargo ella comenzó a buscar para dónde echarla, como a las siete de la noche me dijeron que la iban a meter a Imbanaco”.

“En Imbanaco a la niña la cambiaron y todo, le pusieron la bata, la monitorearon, todo; cuando al ratico me dice la jefe que no había UCI y tampoco la iban a atender, dijeron que había que buscar otra clínica y me pusieron a firmar, pero yo en el momentico firmé de una, lo que yo no sabía era que estaba firmando la salida de mi hija”.

Desesperados, sin clínica y con salida voluntaria firmada, el paramédico de la ambulancia comienza a hacer llamadas pero no logra nada. Finalmente, deciden llevar a Astrid de regreso a la Clínica Nuestra para ver qué solucionan; alrededor de las once y media de la noche, Jenny y su hija están de vuelta en el lugar, donde no encuentran buenas noticias: en Imbanaco sí había UCI, simplemente le negaron el servicio, adicional a esto, el paramédico de la ambulancia decide retirarse, ahora no sólo necesitan un hospital, también una ambulancia.

La segunda ambulancia a cargo de Astrid decide arrancar un recorrido sin rumbo, a ver en qué lugar pueden atender por urgencias a la pequeña. En un inicio, el paramédico planea llevarlas al Hospital Universitario del Valle, pero a último momento prefiere desviarse, pues parece una mejor opción la Clínica Valle del Lili. Al llegar allá y asegurarse de que por fin encontraron dónde atenderán a Astrid, el paramédico se retira, no sin antes despedirse de Jenny diciendo: “Vea mami, ya su niña está en buenas manos, yo me voy”.

Era como la 1:30 am cuando el paramédico se retiró, Astrid por fin estaba siendo atendida y al parecer la situación era complicada. Había transcurrido alrededor de media hora, cuando el medico encargado del caso le comunicó a Jenny que ya estaban los resultados de las ecografías; con la puñalada alcanzaron a perforar el colon.

“En cuanto llegamos me dijeron que la niña iba para operación, que estaba en estado crítico. El médico me dijo que necesitaba firmar unos papeles pero la verdad no había esperanzas, me dijo: «si usted firma, tal vez se pueda salvar, pero si no firma, su hija se muere igual». Y así pues yo firmo. Mi hija entró a la una y pedazo a cirugía y salió a las 4:00 am pero a mí ya me dijeron a las 6:00 am; el médico dijo que no me habían dicho porque Astrid no salió bien de cirugía; al menos salió viva”.

Después de esta primera cirugía, Astrid tuvo que permanecer con la herida abierta, pues con la puñalada y la mala atención previa, había adquirido una infección y aún estaba contaminada. Ya en la Unidad de Cuidados Intensivos, Astrid fue conectada y monitoreada debidamente; los médicos decían que la cirugía no había dado buenos resultados, pues la menor seguía tan expuesta a riesgo como en un principio.

“Me dijeron que había que esperar 72 horas para volver a hacer el procedimiento, volver a ingresar a cirugía y todo. Ella entró a la segunda cirugía por el día miércoles, otra vez, ese día se demoraron como dos horas y dijeron que habían lavado, habían limpiado, pero todavía encontraban líquidos y no le podían cerrar la herida. El viernes volvieron a realizar una tercera operación pero sí se demoraron más, entraron a las 3:30 pm y salieron a las 7:00 pm. Yo me preocupé mucho, la gente lloraba y gritaba por todas partes, sin embargo, cuando el médico salió me explicó que la demora fue porque revisaron con más detalle que la infección no seguía. También me dijo que le habían encontrado un líquido debajo de los pulmones, una pus, pero no era algo grave, era algo que en la anterior cirugía no se había visto, así que se lavó muy bien, se revisó y estaba todo en orden; lo único era que Astrid debía permanecer sedada, pues se habían manipulado tanto los órganos durante la cirugía, que la niña tenía todo su interior inflamado”.

“Ya después, como a los tres días, le quitaron el tubo que le ayudaba a respirar, estuvieron revisando su evolución y al confirmar que todo funcionaba con normalidad en su sistema respiratorio decidieron que era conveniente intentar retirar las sondas por las que expulsaba los desechos de su cuerpo; el problema fue que, según lo que explicó el médico, los intestinos de ella se acostumbraron a no trabajar porque todo salía por sonda, así que decidieron comenzar a cerrar la sonda por ratos, cada vez la quitaban por más tiempo hasta que ella comenzó a tolerarlo”.

Al poco tiempo la madre de Astrid recibió una aparente buena noticia: por fin podrían pasar a su hija a una habitación normal de recuperación, fuera de la UCI. Todo iba bien, la niña mejoraba y el papeleo estaba listo para dar salida de Cuidados Intensivos, pero antes decidieron realizar una ecografía, la cual no arrojó buenos resultados: “Ya le iban a dar salida, cuando me dijeron que en la última ecografía se mostraba que el páncreas estaba inflamado, así tampoco se podía sacar de la UCI, entonces la dejaron un día más, repitieron los exámenes y finalmente todos sus órganos habían regresado a su tamaño original. Así que ahora sí la trasladaron a una habitación de recuperación”.

“Cuando en la tarde la bajaron a la habitación, el médico me dijo: «su niña salió muy rápido, la verdad. Cuando una persona llega en el estado en que ella llegó, uno no espera que se recupere tan pronto»”.

Después de que Astrid inició su recuperación, las cosas fueron sencillas y ella evolucionó muy rápido, sus órganos iniciaron a trabajar muy pronto, Astrid cada vez comía un poco más, el ejercicio le ayudaba a poner a funcionar su cuerpo y con la ayuda de los doctores y su familia, prontamente recibió orden de salida.

Sin embargo, a pesar de que todo marchaba bien en la recuperación de Astrid, no todo en la historia era color de rosa; pues mientras la pequeña se encontraba en el limbo, tratando de ganarle a la puñalada en el colon, la Fiscalía de Cali, e incluso la de Bogotá, se encargaba de buscar a los responsables, pues la justicia en Santander de Quilichao se durmió en los laureles.

“La Fiscalía de aquí no supo nada de la niña sino que cuando mi hija entró a la Clínica Nuestra fue que ya llegó el fiscal, pero fue de Cali, y el policía también era de Cali, porque yo les pregunté y ellos me dijeron: «nosotros somos de acá; del hospital nos llamaron que había llegado una niña con herida de arma corto punzante, todo eso nos llega a nosotros. Pero la niña es de Santander, o sea que el fiscal de Santander debe tener esa información». Pero yo le dije que no, porque allá nunca llegó un fiscal, nunca llegó un policía. Entonces ellos fueron quienes informaron, que por qué acá no sabían del estado de la niña si ella venía directamente de acá; pero no, la respuesta fue que el hospital tuvo el problema, porque ellos debieron llamar a la policía y nadie lo hizo”.

“Porque para mí, lo importante era el bienestar de mi hija, pero si no es por la vecina que estuvo pendiente de lo que pasó, nadie se da cuenta; fue ella quien vio a los de la moto, que pasaban varias veces por la cuadra, ella llamó a la Policía pero nadie llegó, si hubiesen llegado nada habría sucedido…, era tanta la pasadera de esos manes que la vecina alcanzó a coger los dos números de la placa, y gracias a que ella testificó dieron con los manes”.

“Ella aquí en el barrio no quiso testificar, dijo que no, pero después ya fue ella misma allá arriba y dijo: «pues la verdad es que ustedes van a mi casa y yo me pongo a abrirles la puerta, pues resulta que ahí la perjudicada soy yo. Yo vengo y hablo acá porque yo quiero que hagan justicia, pero a mi casa no me gusta que vayan porque esos manes van a estar por ahí y todo, la única perjudicada soy yo». Y es que la situación en el pueblo está tan complicada que ni la Policía es garantía de nada, nadie te brinda una protección”.

Ahora, gracias a que la mujer testificó lo sucedido, la Fiscalía de Cali y el encargado de medicina forense que mandaron de Bogotá lograron llegar a la moto, y a los dos adolescentes autores de lo sucedido:

“Ese que le dicen El Chopo, mantiene robando todo esto por aquí, y Memín, tiene como 15 años, a ambos los cogieron pero a El Chopo no le encontraron pruebas, tuvieron que dejarlo suelto. Es que la Policía les hizo allanamiento acá, en la casa a los dos, al mismo tiempo, se llevaron todo lo que encontraron y cuando ya los tenían a ellos en la Fiscalía, mandaron a uno de Bogotá, ¿cómo es que se llama? Uno de esos de medicina forense, lo mandaron a Cali cuando ella estaba allá, le sacaron exámenes de sangre, ella todavía estaba en la UCI cuando eso, fue para poder coger evidencia para judicializar pero solo le encontraron a uno, al otro tuvieron que dejarlo libre”.

Astrid no vio el rostro de ninguno de sus agresores, andaban cubiertos, ropa negra y grandes cascos, todo fue por la moto; Maicol, el padre de la niña, averiguó por la moto, ni siquiera es de los culpables, la moto es de una muchacha de El Porvenir que mantiene con ellos; Memín y El Chopo, que crecieron en el barrio, conocían y andaban por el barrio con el padre de Astrid, pero al parecer nada de esto importó a la hora de chuzar a la hija de su amigo. “Maicol está esperando qué hace la Fiscalía, y si no hacen nada, pues…”. En este momento, Memín se encuentra en la correccional de Popayán, pero El Chopo, a pesar de ser quien hirió a Astrid, sigue libre, pues no hay pruebas ni declaraciones contundentes para judicializarlo.

Finalmente, solo queda pendiente encargarse de la escuela, hablar con los profesores, llevar los trabajos atrasados y esperar que este inconveniente no afecte la escolaridad de Astrid, pues por el lado positivo, las vacaciones de semana santa acaban de terminar y el tiempo perdido es menos. Ahora, con Astrid por fin en casa, a salvo y con algunos controles restantes para monitorear su progreso emocional y físico; los padres, su abuela y toda su familia agradecen que su pequeña no haya creado resistencia alguna hacia el barrio o el exterior después de lo sucedido: “gracias a Dios ella no tiene nada de eso. Yo pedí mucho a Diosito que mi niña llegara sana y salva, sin nada de cosas, de reacciones negativas, que conversara con normalidad, sin estar ausente, pero por ese lado me alegra, porque está muy reciente y vienen amiguitos de ella, amiguitas a hacerle compañía”.

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Astrid, con apenas doce años de edad ha tenido que luchar por su vida víctima de la violencia que invade el pueblo, su cabello negro y liso cae suavemente sobre su hombro izquierdo, ocultando los rebeldes pelos que tratan de escapar de la moña; en su rostro se denota el agotamiento por la extensa jornada que acaba de vivir. Tratando de volver de nuevo a la rutina de su vida cotidiana, está sentada en un banco de madera, al lado de su pequeño armario, acompañada de su prima, sus hermanos, su madre y su abuela que la ayudan con su recuperación y la apoyan en la decisión de recibirme. Sin embargo, la pequeña luce tímida, trato de romper el hielo pero ella se encuentra ensimismada y resulta misión imposible, así que ahondo la conversación con Jenny y su madre, mientras poco a poco Astrid regresa polo a tierra.

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En contexto:

Niña a la que robaron el cabello permanece en cuidados intensivos

QUILICHAO ESTÁ HERIDO

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