Jueves, 26 de enero de 2023. Última actualización: Hoy

Polémica canción y el homenaje de Gabo a su autor. + 9 Trinos

El sábado 7 enero, 2023 a las 3:01 pm
Polémica canción y el homenaje de Gabo a su autor. + 9 Trinos
Imagen: https://diariohoy.net/

Polémica canción y el homenaje de Gabo a su autor. + 9 Trinos

León Gil

Incontables han sido, son y serán los mártires en el mundo; es decir, aquellos que han ofrendado su vida o su libertad por sus ideas; fueran estas religiosas, políticas, filosóficas o científicas.

Considerados y admirados como santos, héroes y; literalmente, ídolos. Creadores de émulos que a su vez acrecentarán la extensa e infame lista de mártires del mundo.

A ellos les han cantado los poetas y los cantores, han recibido homenajes de los grandes artistas.

Pero en 1972 Georges Brasesens compuso y grabó una canción que tituló Mourir pour des idées (Morir por las ideas). Una canción insolente, valiente, retadora que expresa su radical desaprobación a morir “por ideas que no están en curso/ al día siguiente.” Esas ideas que “…como todas/se parecen entre sí,/ cuando las ves venir/ con su gran bandera,…/ Muramos por las ideas,/ de acuerdo, pero de muerte lenta, /de acuerdo, pero de muerte lenta.

Esa inquebrantable convicción anarquista y antibélica, y sus viscerales escrúpulos con cualquier ideología ya los había manifestado abiertamente en la canción Les Deux Oncles Los Dos Tíos), de 1964, la cual habla de dos tíos que murieron combatiendo en bandos opuestos: francés – alemán: “Uno pro Tomy, pero el otro pro teutón, / los dos murieron por su bando, cada cual; / no siendo yo pro nadie vivo: ¡y es genial!… Esas ideas que se vienen y que están, / se dan tres vueltas, dan tres muertos y se van…/ Porque ninguna idea es digna de matar…/ Nunca se debe seguir ciego a un general, / excepto si lo son de plomo, de chaval; / mejor cantar, marchando juntos, y a la vez / lo de “Mambrú se fue a la guerra en la niñez

E irónicamente; alguna vez, después de interpretar su Mourir pour des idées, estuvo a punto de ser linchado; tal como lo cuenta en los primeros versos de la canción: Morir por las ideas, / la idea es excelente / yo estuve a punto de morir / por no haberla tenido, / pues todos los que la tuvieron, multitud aplastante, /aullando a la muerte / me cayeron encima.

Mourir pour des idées es una canción que seguramente hubiera celebrado Galileo Galilei, quien el 23 de junio de 1633, ante la cruel y sanguinaria Inquisición abjuró; más que de sus ideas, de sus conocimientos y descubrimientos; tales como que es la tierra la que gira en torno al sol, y no al contrario. Se cuenta que se retiró mascullando: Eppur si muove (Y, sin embargo, se mueve).

Y, quizás, de haber escuchado a Brassens el astrónomo, filósofo, teólogo matemático y poeta Giordano Bruno se hubiera salvado de la hoguera en que lo asó la Santa Inquisición. Pero no, cuenta la leyenda que el 8 de febrero de 1600, después de escuchar la sentencia a muerte dictada por el Santo Oficio, se volvió a los jueces y les dijo: “Tal vez tenéis más miedo vosotros al emitir vuestra sentencia que yo al recibirla.” Obviamente, esto tiene que haber ocurrido antes de que le amputaran la lengua.

El poeta, cantautor, banjista, guitarrista y escritor francés Georges Brasesens (22 de octubre de 1921 – 29 de octubre de 1981) fue premio nacional de poesía; y además de sus propias canciones musicalizó poetas y escritores tales como Louis Aragon, Víctor Hugo, Jean Richepin y François Villon; entre otros.

Sus canciones han sido interpretadas por numerosos cantantes de diversos países. En español ha sido traducido e interpretado por Paco Ibáñez, Jesús Munárriz, Chicho Sánchez Ferlosio, Joaquín Carbonell, Joan Manuel Serrat, Agustín García Calvo, Nacha Guevara, Ángel Parra y muchos más.

A continuación va el texto que escribiera García Márquez una semana después de la muerte del poeta:

Georges Brassens

Polémica canción y el homenaje de Gabo a su autor. + 9 Trinos

Por Gabriel García Márquez

«Notas de Prensa: 1980-1984» Madrid Mondadori España 1991

Hace algunos años, en el curso de una discusión literaria, alguien preguntó cuál era el mejor poeta actual de Francia, y yo contesté sin vacilación: Georges Brassens. No todos los que estaban allí habían oído antes ese nombre – unos por demasiado viejos y otros por demasiado jóvenes -, y algunos que menos preciaban porque era autor de discos y no de libros dieron por hecho que yo lo decía por desconcertar. Sólo mis compañeros de generación, los que gozaron y padecieron a París en los años ingratos de la guerra de Argelia, sabían no sólo que yo hablaba en serio, sino que además tenía razón. Para ellos, más que para el resto del mundo, Georges Brassens ha muerto la semana pasada a los sesenta años, frente al voluble mar de Sète que tanto amaba, y donde tenía su casa llena de flores y de gatos que se paseaban sin romperse entre la vida real y sus canciones. Sólo que no murió en ella; su discreción legendaria era tan cierta, que se fue a morir en la casa de un amigo para que nadie lo supiera. Y la mala noticia no se conoció hasta 72 horas después por una llamada anónima, cuando ya un reducido grupo de parientes y amigos íntimos lo habían enterrado en el cementerio local. No podía ser de otro modo: para un hombre como él, la muerte era el acto personal más secreto de la vida privada.

Así fue siempre. Había nacido en 1921, en la casa de pobres de un albañil que deseaba para su hijo el mismo oficio. Como todos los niños con vocación vital, el pequeño Georges detestaba la escuela por lo que ésta tenía de cuartel. Una maestra desesperada acabó de rematarlo: lo encerró con llave en un ropero durante varias horas, y cuando por fin lo liberaron habían germinado en su corazón, para siempre, las semillas de la anarquía. Su odio a la autoridad y a toda norma establecida fueron el sustento de sus canciones más hermosas. Para él no había más luz en aquellas tinieblas que la independencia personal y el amor. Una vez cantó: «Morir por las ideas, de acuerdo; pero de muerte lenta«. El Partido Comunista francés puso el grito en el cielo en nombre de tantos compatriotas muertos de muerte rápida durante la resistencia.

En realidad, Georges Brassens carecía por completo de instinto gregario. Llevaba una vida tan reservada, que todo lo que tenía que ver con él andaba confundido con la leyenda, y uno se preguntaba a veces si de veras existía. Aun en su época de mayor esplendor, hacia la mitad de los años cincuenta, era un hombre invisible. Nadie sabe cómo lo convenció René Clair de que actuara en una película, y él lo hizo muy mal, abrumado por la vergüenza de ser el centro de la atención; pero en cambio cantó una ristra de canciones originales que se quedaban resonando en el corazón. El tiempo – decía en una de ellas – era un bárbaro de la misma calaña de Atila, y por donde su caballo pasaba no volvía a crecer jamás el amor. Fuerza lírica.

Lo vi en persona una sola vez cuando su primera presentación en el Olympia, y ese es uno de mis recuerdos irremediables. Apareció por entre las bambalinas como si no fuera la estrella dela noche, sino un tramoyista extraviado, con sus enormes bigotes de turco, su pelo alborotado unos zapatos deplorables, como los que usaba su padre para pegar ladrillos. Era un oso tierno, con los ojos más tristes que he visto nunca y un instinto poético que no se detenía ante nada. “Lo único que no me gusta son sus malas palabras”, decía su madre. En realidad, era capaz de decir todo y mucho más de lo que era permisible, pero lo decía con una fuerza lírica que arrastraba cualquier cosa hasta la otra orilla del bien y del mal. Aquella noche inolvidable en el Olimpia cantó como nunca, agonizando por su miedo congénito al espectáculo público, y era imposible saber si llorábamos por la belleza de sus canciones o por la compasión que nos suscitaba la soledad de aquel hombre hecho para otros mundos y otro tiempo. Era como estar oyendo a François Villon en persona, o a un Rabelais desamparado y feroz. Nunca más tuve oportunidad de verlo, y aun sus amigos más cercanos lo perdían de vista. Poco antes de morir, alguien le preguntó qué estaba haciendo durante las jornadas de mayo de 1968, y él contestó: “tenía un cólico nefrítico”. La respuesta se interpretó como una irreverencia más de las muchas que soltó en su vida. Pero ahora se sabe que era cierto. Sin que casi nadie lo supiera, había empezado a morirse en silencio desde hace más de veinte años.

En 1955, cuando era imposible vivir sin las canciones de Brassens, París era distinto. Los parques públicos se llenaban por las tardes de ancianos solitarios, los más viejos del mundo; pero las parejas de enamorados eran dueños de la ciudad. Se besaban en todas partes con besos interminables, en los cafés y en los trenes subterráneos, en el cine y en plena calle, y hasta paraban el tránsito para seguirse besando, como si tuvieran conciencia de que la vida no les iba a alcanzar para tanto amor. El existencialismo había quedado atrás, sepultado en las cuevas para turistas de Saint Germain-des –Pres, y lo único que quedaba de él era lo mejor que tenía: las ansias irreprimibles de vivir. Una noche, a la salida de un cine, una patrulla de policías me atropelló en la calle, me escupieron la cara y me metieron a golpes dentro de una camioneta blindada. Estaba llena de argelinos taciturnos, recogidos a golpes y también escupidos en los cafetines del barrio. También ellos, como los agentes que nos habían arrestado, creyeron que yo era argelino. De modo que pasamos la noche juntos, embutidos como sardinas en una jaula de la comisaría más cercana, mientras los policías, en mangas de camisa, hablaban de sus hijos y comían barras de pan ensopadas en vino. Los argelinos y yo, para amargarles la fiesta, estuvimos toda la noche en vela, cantando las canciones de Brassens contra los desmanes y la imbecilidad de la fuerza pública.

Ya para entonces, Georges Brassens había hecho su testamento cantado, que es uno de los poemas más hermosos. Lo aprendí de memoria sin saber lo que significaban las palabras, y a medida que pasaba el tiempo y aprendía el francés iba descifrando poco a poco su sentido y su belleza, con el mismo asombro con que hubiera ido descubriendo, una tras otra, las estrellas del universo. Ahora, transcurridos veinticinco años, ya nadie se besa en las calles de París, y uno se pregunta asustado qué fue de tantos que se amaban tanto y que ahora no se ven en el mundo. Georges Brassens ha muerto, y alguien tendrá que poner en la puerta de su casa, como él lo pedía en su testamento, un letrero simple: “Cerrado por causa de entierro”.

Mourir pour des idées                          Morir por las ideas

Polémica canción y el homenaje de Gabo a su autor. + 9 Trinos
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La versión al español es del músico, cantante y escritor argentino Luis Pescetti (1958), quien la realizó para interpretarla.

https://www.youtube.com/watch?v=JDw6AElSUtg

9 TRINOS

Millones de simpáticos pavos, de inocentes terneras, de inteligentes cerditos vilmente asesinados en estas fiestas decembrinas. Y los animalistas no dicen ni mu, ni pío. Pareciera que se hubiesen atragantado.

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El alcohol produce delirios de belleza, poder y prestigio: líbrame, señor, de una reunión social de escritores, poetas o artistas.

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Es natural que los jóvenes prefieran un padre ausente, que solo aparece en navidad a colmarlos de regalos costosos.

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¿Y si en lugar del lema ‘plantar un árbol, escribir un libro y engendrar un hijo’, optáramos por el de ‘plantar tres árboles’, sencillamente?

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Le rompió el corazón; pero tanto le amaba que ese mismo hecho era su mayor consuelo: saber que fue así, y no al contrario.

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Rimbaud es a la poesía lo que Einstein a la física.

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Se le figuró encantadoramente ingenua… Ingenuo, no hizo Dios mujer ingenua.

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Así como todo verdadero cristiano debería ser un derrotado, todo auténtico poeta tendría que ser un fracasado.

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La tentación a la que ningún artista, poeta o escritor se puede resistir: el plagio.

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Otras publicaciones de este autor en Proclama del Cauca y Valle:

León Gil
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Un comentario en "Macondo: Un pueblo lleno de odio"

  1. José Albeiro Duque dice:

    He tenido el privilegio de convivir entre personas afro e indigenas desde mi adolescencia hasta hoy, adulto mayor, y siempre me he sentido bien; como un humano más. Tengo claro que soy una hermosa mezcla latina de diferentes etnias como la mayoría de mis compatriotas. Afro, blanco, indio, etc; nos debemos al Milagro de la Vida…al Poder Universal, a Dios, y nos hacemos dignos con el excelente trato recíproco.

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