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Poemas de

El martes 24 noviembre, 2009 a las 9:16 am
Marco Antonio Valencia Calle

Los mensajes empeñados

De veneno están llenos los caminos de la realidad y sus limitaciones. Allí van de la mano y vestidos de niños los instintos ciegos, las canciones con letras de odio y mal escuchadas, los pensamientos que no se pueden pagar, las razones adúlteras, los mensajes empeñados, los afectos tirados al fuego, las palabras ajadas, las ironías robadas, las danzas de la impunidad, el alma quebrada por las mudanzas de un destino inútil.

Hay veneno circulando en las venas y costumbres de mucha gente por ahí. En individuos y mujeres con título de alcurnia y rostros pintados de naturaleza vulgar, en personas que gritan hazañas de papel, en gente con biografías encadenada a la tragedia, en ilusos que no se abochornan cuando sueñan con el dolor de los demás, en engreídos con miradas inútiles a los jardines de la envidia, en parientes lejanos que viven con el amor empeñado y la mano estirada, en los que tienen por vicio la desesperación por encontrar días mejores en un número de la suerte.


En los mausoleos de la esperanza

En cada lápida hay una historia que palpita por viajar. Metáforas sobre la esencia de un ser valiente ante al artificio. Masacre de la inocencia ante la belleza de un río teñido de huérfanos. Hombres que navegan con doble moral en los pantanos de su dignidad. Mujeres que vuelan en busca de una crisis que las salve del tedio y sus incertidumbres. Niños que adornan la virtud sin juegos ni el ritual de sus sonrisas. Hipótesis que explican el descuartizamiento de la tierra frente a la inmortalidad y los elogios de un paraíso sin dolores ni pesares.

Hay lápidas con flores y otras destinadas al olvido de los muertos tristes en invierno. Sepulcros que seducen por la belleza de sus coros o la fragilidad de sus palabras. Piedras cruzadas por el silencio, la ausencia y las tinieblas. Losas con revelaciones ligadas al canto de las sirenas y a la magia de las almas en pena. Hay tumbas en ruinas que dan cuenta de la muerte de la muerte. Hay rocas que cubren cuerpos y permiten que brote la belleza de una rosa púrpura y sin espinas, en mausoleos que son el testimonio vivo de la esperanza.

El gusano que seré

Me llega de lejos un presentimiento que me quema sin purificarme. Una invitación a pasar la noche bajo un árbol de fresno y una fogata con troncos de granada. Me hará compañía el perro guardián de la mansión de los muertos. Y el gusano que seré, ya se niega a renacer de su podredumbre y a levantarse para un vuelo espiritual.

Del fuego afloran recuerdos, remordimientos, desapegos, un museo de experiencias y un bodegón de girasoles para simbolizar mi fidelidad a los días azules y mi pasión por la escritura.

Las preguntas y las crisis me llevan a despojarme de mis ropas, al expolio de mis virtudes, a la exhumación misma de la fe, que se sospecha me ilumina. Las dudas frente a la muerte son los estigmas que me azotan.

Un tributo a los difuntos

Antes de partir al mundo de los sueños he visto un faisán guiándome al gozo de las estrellas. He visto mi espíritu coronado de laurel; y de la médula de mis huesos incinerados ha nacido otro poema, menos real, más alegórico.

De un cofre mortuorio un coro de flautas, y en la puerta, junto a la escalera del jardín de los cielos, un grupo de almas sonrientes con sus cantos purifican los dolores y cicatrizan los miedos.

Una ceremonia, una mano de rezos, un tributo a los difuntos, un umbral inesperado y el sacrificio mismo de estar allí, en el dilema, junto a un ángel de cuatro alas, y esa muchacha desnuda que grita desgarrada.

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Poemas de

El miércoles 21 octubre, 2009 a las 6:12 am
Marco Antonio Valencia Calle

El esplendor de la violencia

Camándula en mano mi madre reza y yo le colecciono sus dolores en silencio. Trato de reinventar en mis adentros el milagro de otra casa con menos dramas, domesticar mis lágrimas para no dejarme fracturar los sueños o menospreciar los reclamos guardados debajo de la almohada.

No se cómo mentirle a mis hijos diciéndoles que el esplendor de la violencia es pasajera, si desde los días de mis bisabuelos los milagros de la vida van acompañadas con restas, con lágrimas y con la multiplicación de las ruinas y odios extraños. Si cada mañana la radio informa de una lluvia de sangre regando los campos de café y los bosques de cemento.

Mi madre dice que sus ardientes oraciones consagran la esperanza. Que las deudas morales por la indiferencia que todos tenemos con la patria, se pagan con cantos y rezos por los muertos equivocados. Que sus oraciones al cielo son alegatos a Dios para calmar las agonías de todos. Que los creyentes debemos padecer sin juzgar, la amargura de los tiempos. Que sus ruegos son poemas lúcidos para alejar la noche negra de la mano de los enterradores.

El esplendor de las dolencias

El miedo nace y crece bajo el esplendor de las dolencias comunes y se alimentan con enredos cotidianos. A veces muere tras una historia escrita con sangre y lo vemos reseñado en la televisión, o en esos periódicos amarillentos de un día cualquiera.

El miedo nos da la oportunidad de ser, de besar lágrimas, de llenar los pozos negros del tiempo con sollozos y desdichas no mencionadas.

El dolor es la escuela de la vida, la hipoteca del incendio. El miedo es una grieta extraña en las carnes, un nudo que enreda, un temblor que alumbra, y es sospechoso.

El maquillaje de las desgracias

Somos víctimas más allá del rostro, de la noticia, del espejo, de lo que parece. Víctimas de los espantos sin nombre, de los cantos del demonio, de la curiosidad de los santos, de la incapacidad de las moscas, del horror de la limosna, de la lluvia de consideraciones, de los juicios laberínticos.

Somos tragedia, relatos con olor a gladiolo y tierra podrida, nombres indeseados en las noticias del almuerzo, un escándalo para unos, una suerte de historia con subtítulos para otros. Somos víctimas más allá de la jungla de mujeres desnudas que nos acosan en vallas y periódicos, de las estadísticas fantasmales, el maquillaje de las desgracias ajenas, la salud de los unicornios.

El olvido de las desgracias

La muerte se disfraza de espectáculo y asiste a un carnaval. La muerte entre ríos de licor y gritos de fiesta se mete a una batalla de flores. La muerte se recupera de su mala fama y se deja acariciar, besar y gritar. La muerte crea mundos con esencias vitales para premiar a los que sueñan, a los que bailan a su lado en hilos de música, de sol, del sudor, de mar.

La muerte de fiesta no se mortifica ni cohabita con el dolor de nadie. No quita esperanzas pero tampoco sirve de salvavidas. La muerte baila sus alegrías y no interroga ni pacta, ni quema para el olvido de las desgracias, ni engendra ilusiones en los desheredados. La muerte no hace promesas con cantos ajenos, ni habla con nadie para que vuelva al latir el corazón de los poetas.

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