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Pescadores de hombres

El lunes 15 abril, 2019 a las 8:42 am
Imagen cortesía de: https://bit.ly/2IkZTOi

Pescadores de hombres

Por Elkin Quintero

Entre pescadores encontró Jesús los primeros discípulos. Casi todos los días estaba en la orilla del lago y pudo observar las barcas internarse aguas adentro y luego verlas llegar con las velas hinchadas por la brisa. De ellas vio bajar hombres descalzos que luego caminaban con el agua hasta media pierna, llevando canastas llenas de pescados y también a otros cargar las grandes y viejas redes aun goteando. Estos fieros y humildes hombres a veces partían a casa, el camino era peligroso y solo los alumbraba la luna. Pero no siempre la pesca era provechosa, cuando volvían con las manos vacías, deshechos y enojados, allí estaba Jesús para saludarlos con palabras que hacían bien a esos corazones endurecidos y ellos, los desilusionados, aunque no habían dormido, lo escuchaban complacidos. Sus palabras eran dulce melodía.

Cuatro hombres, dos pares de hermanos estuvieron prontos a acompañarlo a cualquier parte donde Jesús pudiera ir y a repetir sus palabras. Cuatro hombres sencillos que no sabían leer y a duras penas sabían hablar; cuatro hombres humildes, que nadie hubiera distinguido entre otros, ellos fueron los llamados por Jesús para que fundaran con el un reino que debía ocupar toda la tierra y propagar la llama del amor sin discriminar ni ofender. Eran hombres comunes, pero a pesar de su espíritu tosco y en un plano inferior, comparado con el maestro.

¿Quién de nosotros de cuantos estamos vivos, sería capaz hoy, de imitar a los cuatro pescadores de Cafarnaúm?  Que tal que apareciera un profeta y escribiera por las redes sociales: “Dejen todo y síganme, abandonen el aula, olviden los libros y vengan conmigo”; que le dijera a los políticos: “abandonen sus proyectos, promesas y mentiras y acompáñenme”; y a los indígenas: «renuncia al censo y a la minga que tengo un trabajo para ti»; al campesino: «interrumpe la cosecha de café , abandona la parcela que yo te prometo una siembra más maravillosa»; al taxista: «deja tu estrés y ven conmigo»; al pastor y al cura: “da todo lo que tienes a los que has explotado en nombre de Dios, pues conmigo adquirirás un tesoro incalculable”; que tal que un Profeta nos hablara así, ¿cuántos lo seguiríamos con la sencilla espontaneidad de aquellos antiguos pescadores?

Es bello recordar en Semana Santa que Jesús escogió sus primeros compañeros entre los Pescadores. El Pescador, que pasa gran parte de su vida en la soledad del agua, es el hombre que sabe esperar y que bendice cada minuto de vida. Es el hombre paciente, que no tiene prisa, que lanza su red y confía en Dios, y que nunca lo culpa de su mala pesca.  Al partir, el Pescador no sabe si volverá con la barca llena hasta el tope o sin nada, sin ni siquiera un pescado que poner en la tulpa para su desayuno. Se pone en manos de aquel que manda la abundancia como la carestía; se consuela del día malo pensando en el bueno que ya pasó o en el que ha de venir.

No desea enriquecerse repentinamente con economías emergentes, contento si puede transformar el fruto de su pesca por un poco de pan y de café. Es puro de alma y de cuerpo; lava sus manos en el agua y su espíritu en la soledad. De estos pescadores, que habrían muerto en la obscuridad de Cafarnaúm, inadvertidos para todos menos para sus vecinos, Jesús hizo Santos que los hombres, aún hoy día, recuerdan e invocan. El poder de Jesús es maravilloso, es creador de grandes: de un pueblo soñoliento saca despertadores; de un pueblo débil, guerreros; de un pueblo ignorante, maestros.

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