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“A pesar del hambre y la sequía es Nuestra Tierra”: Indígenas Wayúu

El domingo 17 abril, 2016 a las 6:50 pm

Historia de resistencia frente al cambio climático

OIM

Dagoberto-monicaPor: Dagoberto Muñoz Erazo y Mónica Castaño / Ya hace más de tres años que Juyakai (el Agua Lluvia) abandonó La Guajira, y la región hoy está sometida al peor momento de su historia. La prolongada sequía, que para los wayúu parece un castigo de sus ancestros, está aniquilando todas sus formas de sustento: animales, cosechas, jagüeyes (pozos artificiales); y con ello, amenazando su propia supervivencia.

La Guajira, uno de los 32 departamentos de Colombia, ubicado al noreste del país, lugar en el que se asientan importantes puertos y cuya posición delimita geográficamente al continente suramericano, bañado de norte a oeste por el Mar Caribe, y cuyas fronteras colindan con el estado de Zulia en el país vecino de Venezuela, es para las comunidades indígenas Wayúu simplemente Woumain: Nuestra Tierra.

En lo que para muchos no es más que un terreno desértico: la alta Guajira, JUYAA, el Padre Lluvia, cayó desde el cielo bañando con sus aguas la fértil tierra de MMA, la Madre Tierra, una perfecta conjunción mística de la que germinó la vida; y fue en Wotkasainru, lugar ubicado en el extremo noroeste del lado colombiano de la Península de La Guajira, donde se dio origen a los cuatro seres que sustentan la existencia: las plantas, los animales, las aves y los seres humanos, los Wayúu.

Estas tierras en las que por cientos de años ha sobrevivido la cultura Wayúu, mucho antes de que Américo Vespucio pisara en 1499 el árido desierto del Cabo de la Vela, han sido desde siempre territorios azotados por climas adversos, con temporadas prolongadas de sequía a las que los ancestros se adaptaban con astucia. Sin embargo, hoy la inclemencia del cambio climático ha superado los límites del territorio en cuyo suelo sólo quedan enormes grietas donde antes brotaban anualmente grandes pastizales.

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En la comunidad de Jiisentira, a 90 minutos de la zona urbana de Uribia, Ana Julia, de apellido Ipuana, nombre con el que se identifica a uno de los clanes ancestrales de la comunidad Wayuu, de piel recia y morena, luce en su rostro ya las marcas ineludibles de una vida que ha cruzado una larga trayectoria. Su edad no la recuerda, pero quienes la conocen hablan de entre 80 y 85 años, su descendencia se extiende por todo el territorio Wayuu colombo – venezolano, madre de 8 hijos, abuela de 30 nietos y bisabuela de un número bastante alto que trata de recordar infructuosamente. En sus relatos está palpable la historia de las comunidades Wayuu.

Ana Julia recuerda, al tiempo que entre sus manos manipula hábilmente el tejido de un par de chinchorros, que su pueblo siempre supo cómo adaptarse al clima. El pueblo Wayuu era nómada, la alta Guajira, zona en la que se concentran sus principales territorios sagrados era su hogar en época de lluvia, y una vez la sequía delimitaba el comienzo de una nueva temporada, la comunidad entera se trasladaba a la media y baja Guajira bañados abundantemente, en ese entonces, por el rio Ranchería y Cesar esperando el regreso de la Lluvia para retornar a sus tierras ancestrales.

Sin embargo, hoy todo el territorio se encuentra ocupado por las diferentes comunidades o familias, ya no se pueden desplazar libremente y lo que parece ser un verano interminable azota tanto a la alta, media y baja Guajira por igual, los ríos están completamente secos, los jagüeyes (pozos artificiales) no son más que grandes abolladuras en el suelo, los pozos que fueron instalados por el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, hace ya más de 50 años son de las pocas fuentes de sustento hídrico, no obstante su nivel de contaminación la hace no apta para el consumo humano y aun así es la única alternativa.

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Al inclemente cambio climático, según Ana Julia, se suma el hecho de que los Wayúu son una población con un crecimiento demográfico desenfrenado, familias polígamas de las que por cada esposa nacen entre 5 y 8 hijos hacen aún más insostenible el panorama. Nada más en el año 2014 se estima que 48 niños murieron por desnutrición, una cifra que ha tenido un crecimiento alarmante, pues en el 2013 se estima fueron 26, y aun así la cifra puede ser superior ya que muchas veces sus muertes nunca son reportadas.

Por otro lado, las comunidades han sido también víctimas de masacres y desplazamientos forzados como consecuencia del conflicto armado que vive Colombia por estar ubicados en una de las zonas con mayor interés minero del país, región estratégica de contrabando y paso de droga, situación que ha fragmentado severamente su ordenamiento social y espiritual, vulnerando la efectiva transmisión de sus saberes de generación en generación.

“Hemos perdido el conocimiento que poseían los ancianos sobre la naturaleza, ellos sabían cómo afrontar las sequias con el simple uso de las plantas que nos rodeaban” afirma Ana Julia en su idioma wayuunaiki, refiriéndose a aquellas prácticas ancestrales que mantuvieron vivo a su pueblo desde tiempos inmemoriales. Recuerda que los mayores se dedicaban al pastoreo y a la siembra, enseñaban a sus hijos a cultivar el maíz, la yuca y el fríjol; hoy no existen cultivos en la región y la dependencia de la comunidad de las instituciones y gobiernos es más que evidente, situación que la abuela Wayúu critica, pues anteriormente su pueblo era autosuficiente, su tierra les proveía de todo lo necesario.

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A pesar de este cruento escenario en el que el indígena Wayúu se desenvuelve, abandonar estas tierras abatidas por la sequía, no es una opción, pues como lo dice el informe, “¡Basta Ya!” del Centro Nacional de Memoria Histórica: “Para los pueblos y comunidades indígenas y afrocolombianas el territorio es la base de su existencia como sujetos colectivos. En él se expresan las relaciones productivas, espirituales, simbólicas, y culturales que constituyen sus maneras particulares de acceder, conocer, ser y existir en el mundo”.

La Guajira sin la cultura Wayúu no es más que un desierto inerte, carente de sentido y significado; y los Wayúu sin La Guajira están condenados a la irremediable extinción.

Y así lo expresa Ana Julia, “Debemos recuperar nuestros saberes y ponerlos en práctica para adaptarnos al nuevo clima y evitar la migración, nuestra historia es de resistencia, no importa las inclemencias del clima, primero moriremos aquí antes que abandonar nuestro territorio”.

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