Jueves, 21 de noviembre de 2019. Última actualización: Hoy

Perfilando un recuerdo

El lunes 29 octubre, 2018 a las 11:19 am
MEDIOCRES PARA SOÑAR

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Perfilando un recuerdo

Es hora de cantar
ya hemos llorado
tanto que un largo río
espejea a lo lejos.

Es el tiempo
de cantar a tu cielo de turpiales
a tus pies caminantes
a tu empeño
sembrador
a tu diálogo
sostenido en cuclillas
con las hormigas y las mariposas.

Voy a traer la caja de Pandora
y a abrirla nuevamente
para que salga a recorrer el mundo
tu esperanza de botas incansables.

De su libro «Cantos de agua y viento»

Ah, los recuerdos. Son como para revivir momentos cumbres y gratos. Porque vale sacarlos del cofre de la conciencia y exhibirlos en público como una joya. Una joya, sí. Así era nuestra amiga Gloria Cepeda Vargas. Mujer de corazón de pájaro, de mirada de mañana fresca, de paso firme como una ceiba, de boca sagrada como un cáliz, de mente lúcida como una mañana tibia en Popayán.

Nos podíamos quedar así, creando metáforas para ensalzar el recuerdo de la última poeta de una generación generosa en Colombia. Con Mariela del Nilo, Meira Delmar, Matilde Espinosa, Dora Castellanos, Marga López, Olga Elena Mattei, Nohra Puccini de Rosado. Me atrevo a decir que es la estrella colombiana más refulgente y universal en temas y manejo del verso.

Glorita Cepeda nació para ser poeta. Fue Safo su musa o la meció el viento y la tempestad? ¿Cuántos libros leyó, cuantas canciones oyó, cuántos sueños soñó, cuántos poemas escribió? Si contamos todo eso tendremos un retrato de lo que era ella. Porque ella nació para ser poeta. Su risa de riachuelo suave o río caudaloso, su mirada insondable, con ojos de halcona y cumbre, su escritura sólida con timbre como una sarta fresca de magnolias y alelíes. Sí, también nos dio a probar su capacidad de trenar las lacras de nuestra historia en 20 libros y nos dejó como testamento uno de sus últimos Colombia, aquí y ahora.

Gloria Cepeda fue un ejemplar único. Mujer callada, de mirada certera, con pulso de oro, de verbo altivo y cumbre, de paso decidido, de risa franca y carismática, de fácil pluma. ¿Tal vez la vimos, así, de conjunto alguna vez? Pobre el ser humano que solo ve y enumera cuando ya no lo podemos decir a la merecedora.

Nosotros, sus amigos, la vimos ir, embromada, sin saber cuánto sufría. Ella siempre iba precedida de una risa inconfundible. No quiso ser lastre para nadie y prefirió tomar las de Villadiego escondida como una flor del campo.

Hoy la recordamos como la amiga incondicional y cierta, como la escritora dedicada y furtiva, como una mujer fuerte y sabedora de su ingenio, pero discreta. Brindó todos los días la canción de la Mirada lejana y la risa de río sonoro. Así la queremos recordar cuando la volvamos a oír en recitales o a leer en uno de sus 20 libros.

Glorita, ¿sabes que quienes estamos aquí siempre te quisimos? Estas caras son las flores que tú preferías. La amistad era para ti un don fácil y sincero. Hoy lo hacemos patente y quisiéramos que fueras eterna para verlo.

29-10-18                                   8:50 a.m.

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