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PELOS EN LA NARIZ

El martes 21 abril, 2020 a las 8:00 pm
PELOS EN LA NARIZ
Imagen de referencia: https://bit.ly/2Vsj2TG

Sirirí

PELOS EN LA NARIZ

PELOS EN LA NARIZ
Mario Fernando Prado

Hace unos días me llama mi peluquero a domicilio, Jimmy Olave. ¿Ya se vio en el espejo? Me pregunta  burlonamente. Sí, todos los días al afeitarme y peinarme estas canas, le respondo. ¿Y no necesita que le corte el pelo y otras cosas? Vuelve  a preguntarme. Pues creo que no todavía, le contesto. Pues revísese los pelos que le brotan de la nariz y de paso los de las orejas y las cejas, que deben estar enroscados como una cascabel.

Acto seguido voy al espejo y sí, qué horror, ahí están los malditos pelos así que procedo a amputármelos, primero con las uñas y luego con una pinza que me saca sangre, sudor y lágrimas. Total, me veo peor de lo que estaba. Los de la nariz no pudieron ser totalmente desalojados, las cejas han quedado más descobaladas que mi propio cuerpo y las orejas me sangran. Ah, y del pelo ni hablemos, si no me lo aplano parezco una gallina matada a escobazos.

A la semana me comunico con Jimmy para solicitarle sus servicios. Imposible en los próximos ocho días, me contesta. ¿La razón? Está trabajando como nunca, hasta doce horas diarias, dedicado a las señoras que se han desteñido y están más peliblancas que yo. Además, me confiesa, tiene que ir a sus casas porque no desean que las vean así. Las pelinegras están irreconocibles y se parecen a sus propias madres. Las monas más desteñidas aún y las pelirrojas de un desabrido naranja… Mejor dicho, parecen sacadas de una película de horror.

Busco entonces un plan B.  Consulto con una amiga con dotes de estilista. Estoy en las mismas con mi marido, me confiesa. Decidió dejarse una barba incipiente dizque para parecerse a Richard Geere y lo que resultó fue poniéndose más años. Me siento como durmiendo con el papá de los Adams.

No por vanidad, pero sagradamente -incluso los domingos- y a las cuatro de la madrugada, -una hora en la que solo progresa el delito- me acicalo incluyendo ducha, rasurada, enlocionada y me visto como todos los días, para perpetrar una canción en el piano que luego envío a mis amigos y luego me desplazo al estudio a transmitir Oye Cali.

De vuelta a mi mediagua, nada de esas horrorosas pantalonetas desteñidas, las vetustas chanclas y las camisetas esqueleto. ¿Seré gay?, me pregunto. Pero ya para qué, me respondo a mí mismo.

El domingo en Carulla me topo con un viejo conocido -que sí que está viejo el maldito- y a pesar del pasabocas –diré, el tapabocas- y los guantes de rigor, trato de saludarlo guardando la distancia. El pobre, aunque es riquito, me esquiva y se escabulle porque padece de una barba de no sé cuántos días -y a pesar de ser más de las once de la mañana- luce una sudadera raída y deshilachada y pienso se siente avergonzado de sí mismo. Seguro que tiene una esposa o novia -o compañera sentimental que llaman ahora- toda bien puestecita que debe soportar a este santísimo expuesto, con sus pintas totalmente matapasiones porque además, ni los dientes se cepillará.

Desesperado insisto con Jimmy que me ha abierto un campito hoy a las 9 se la noche. Me amenaza con hacerme la cera en las fosas nasales que juran duele más que una tusa en cuarentena y me propone además hacerme la “chimbiquiure”. ¿Qué diablos será eso?

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