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Viernes, 3 de julio de 2020. Última actualización: Hoy

Panorama poético de Víctor Rivera

El lunes 1 junio, 2020 a las 8:22 pm

Panorama poético de Víctor Rivera

Panorama poético de Víctor Rivera
Por Julio César Espinosa*

La realidad es divina. La realidad es Dios. Se precisa decirlo así porque nadie ha visto alguna vez un dios antropomórfico. Se puede entender la realidad como el cosmos, la naturaleza, el mundo, la sociedad y el ser humano. Y si el TODO es esencialmente divino, se debe reconocer que es necesariamente infinito. Y lo infinito no es descriptible en su totalidad. Estamos místicamente condenados a revelar solo facetas, ángulos, porciones, superficies, conjuntos o componentes y secciones de lo real.

Usualmente atribuimos a los científicos poder revelador de los aspectos desconocidos de la realidad; ellos trabajan con la razón y basados en el método científico. Pero olvidamos a los poetas, que trabajan con la intuición y basados en el empirismo de la emoción. Se pueden citar miles de versos de ayer y de hoy, que descubrían realidades misteriosas; mas luego la ciencia ha venido a confirmarlas, con la tímida vergüenza de llegar tarde a la verdad.

Vayse meu corazón de mibi” (Se va mi corazón de mí), se lamenta un poeta mozárabe anónimo de hace mil años, cuando nuestra lengua era apenas un feto. Allí el bardo está declarando la viveza del corazón y sus dones para sentir. Hoy los médicos han descubierto que el corazón es un universo especialísimo, con cierta independencia del cerebro, que en su extraño laberinto guarda escondidos los sentires particulares de la persona.

Que me sirvan las anteriores palabras de proemio para comentar al poeta payanés Víctor Rivera, quien se exhibe modesto ante el mundo como un fulgurante descubridor que, al igual que Vasco Núñez de Balboa, nos enseña un mar insospechado de pequeños secretos de la naturaleza y del hombre, un mar que ya estaba ahí pero que nadie había visto.

«Algo quebró la roca
gota tras gota,
todo el fervor posible del agua,
todas las montañas por mover
al ritmo del dolor y el canto,
en el espejo de la fuente y el limo
por mandato de un gigante de corrientes,
pan y la levadura en el hambre de los barcos.»

Si aquí el agua luce con un fervor titánico que horada las piedras, su “lenguaje de prodigios”, como lo denomina Rodrigo Valencia Quijano, es una fábrica de sorpresas producto de un senciente deambular observador:

En la región donde bebe el tigre junto al ciervo,
en el abrevadero de las sales
donde el cazador renuncia a su presa,
escucha el ruido manso de los belfos,
y permite que te tome para sí la piel manchada,
luna de los tigres
y su reinado de salvaje inocencia.

Esa región donde conviven tigre y ciervo juntos es una confirmación del bíblico paraíso anhelado, cuya esencia es una paz que hace vibrar las cosas invitándolas al sueño apacible de la despreocupación.

Al comentar al poeta Víctor Rivera, Donaldo Mendoza creo que da con el eje fundamental (todo eje lo es) de su creación: lo mítico-misterioso, materiales con los cuales Rivera burila las palabras para que muestren lo escondido, lo inexplorado, que al revelarse nos sacude a causa del estupor. En efecto, Mendoza, usualmente  lúcido, nos ayuda a penetrar en la hondura visionaria de Rivera al declarar que en sus versos “Hay una atmósfera mítica como técnica de leitmotiv que funciona como unidad temática”.

Y sobre nuestro poeta y su libro “Desmesura” nos queda una interrogación o mejor, un asombro, que es el mismo que deja transido a un crítico como Donaldo Mendoza: ¿Por qué un libro de escasas 30 páginas se titula “Desmesura”?

Aquí disiento del comentarista y me remito a la intencionalidad que subyace en la visión de Rivera: Desmesura sí, porque hay un contraste entre lo pequeño de la criatura humana y el tamaño de sus muchos entornos, el universo, el espacio ilimitado, el caudal de los pensamientos, la suma de los seres vivos y un sinfín de enumeraciones.

Deambula por los versos una disparidad entre las cosas y los seres pequeños que son confrontados ante lo grande, a lo descomunal.

El mejor recurso para avizorar este contraste es, claro, la paradoja; en ellas, brilla la imagen de lo pequeño triunfante en su lucha con fuerzas y elementos poderosos, como cuando el poeta pregunta: “Que arpa marina/ derribó con su música el peñasco/ donde tantas naves estrellaron su quilla?”. Pero para terminar, le dejo al lector el poema completo, para que se deleite en su propio asombro:

El hacedor de sonidos

¿Qué arpa marina
derribó con su música el peñasco
donde tantas naves estrellaron su quilla?

¿Qué instrumento quitó la herrumbre del áncora,
volviendo la nave al trato directo con el mar,
a la sal que hizo fuerte y ligero
el hueso volante del albatros?

¿Qué obrero esculpió la mirada obstinada
en el mascarón que bifurcó lo ultramarino?

¿Qué mano hizo el vientre de la roca,
huevo habitado
prehistórico e inefable?

Desconoció el hacedor la música que inventaban sus manos.
Desconoció el obrero el sol encendido por sus brazos.

Como el ave que ignora quién la escucha
y entrega su canto a la piedad de los hombres,
el hisopo ciego que detuvo
el universo derramado por la herida.

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*Miembro de la Asociación Caucana de Escritores A.C.E.

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