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Pandiguando

El lunes 16 diciembre, 2019 a las 1:47 pm
Pandiguando
Imagen tomada de https://bit.ly/2tmA365
Pandiguando

Pandiguando

Pandiguando, apócope de la expresión “Por dónde anda el guando”. Un  barrio construido en 1960, siendo gobernador Víctor Mosquera Chaux y director del Instituto de Crédito Territorial Roberto Ayerbe González, en terrenos de los descendientes de Friedrich Carl Lehmann, explorador alemán que murió al cruzar el río Timbiquí, a finales del siglo XVIII, explorando el trazado de la carretera al Pacifico. 

La historia comienza en la calle del Cacho, ahí vive un agiotista cuya mirada infame deja adivinar su mezquindad. Es propietario de más de veinte casas de sus desposeídos deudores. Por su maleficencia cicatera, sólo lo acompaña un viejo perro que subsiste por gracia de Dios y la protección de los vecinos. Su casona solariega tiene como único huésped la amargura, con puertas y ventanas clausuradas para que las sombras oculten su actitud huraña y afligida.

Nunca hizo obras de caridad, pese a que todos los días asistía a misa y ayunaba con codicia, es tan avaro que cuando el misario recoge la ofrenda se cambia de banca para no pagar primicias; su sordidez traspasa los límites del pundonor, no se compadece de la desgracia ajena. El párroco de San Francisco implora su ayuda para sepultar a algún vecino, más con arrogancia reprocha la impertinencia y persiste en su obstinado desinterés de cargar mortecinos mal oliente regazos de la pobreza. El párroco increpa su egoísmo, mientras con desprecio se aleja refunfuñando. Obnubilado por la ira reta al presbítero y sentencia que cuando muriese, lo tiren al río Molino sin ceremonial fúnebre o a la zanja en los potreros del Achiral, para que los gallinazos consuman su inmundicia. 

El dieciséis de diciembre de 1813, en un convite navideño de las damas de la caridad que apoyan a los huérfanos del Ejercito Libertador, en una grosera expresión de glotonería el usurero malogra el apetitoso colorido de frutas desamargadas, brevas y pomelos calados, dulce de cidra y papaya verde, manjar blanco, dulce de leche cortada, buñuelos de almidón de yuca, hojaldras y rosquillas, como herencia gastronómica de la Nueva Granada. 

Ante el asombro de la feligresía, come con la lascivia del hambriento y con el abuso del sinvergüenza acopia los mejores manjares en una bolsa de papel, dejando a muchos pobres de solemnidad sin probar bocado. Esa noche sufre mareos y vómitos que lo hacen delirar incoherencias y suplicas de auxilio, mientras el melado le impregna el gabán, muere acompañado sólo por el lamido de los perros que comparten el avío de confituras, fue una muerte cruel, por causa del coma diabético se desploma sin vida por las escaleras del que entonces fuera el cuartel del Ejército Libertador, hoy Centro de convenciones Casa de la moneda

Vecinos de obligada filantropía, le dispensan una chacana construidas con maderos de mala calidad, al censurar la vida del difunto, murmuran: “Por fin se murió el desalmado, pobre e indigno con su derroche de riquezas y sin réquiem para difuntos”.

Su peso descomunal impide moverlo, ya el cadáver mal oliente y descompuesto obliga a arrastrarlo con yunta de bueyes por las laderas del Molino, para evitar cansarse caminan al cementerio con relevos sucesivos y alternados. Al cruzar el puente de madera, el peso del féretro se libera de las manos de los cargueros, la estructura colapsa y el muerto cae a las enfurecidas aguas que arrasan la empalizada. Los hombres bajan a la corriente, los buscan con obstinación pero no hallan ni el difunto ni al andamio. Lo que queda desde entonces son las  exequias nocturnales del Guando con su aparición fantasmagórica que atormenta el vecindario con su clamor de llantos que erizan las vellosidades del más valiente. 

Desde entonces, en las noches sin luna una romería lleva en parihuela el cadáver licencioso por la calle solitaria de la última lagrima, mientras el chisporroteo de lumbres serpentinas arrojan a las paredes de adobe sombras de coronas, cirios al compás de cantilenas gregorianas, rezando en voz alta con lamento cavernoso en  convite fúnebre claman: «meta el hombro compañero… «. El cortejo involucra a donceles ebrios, concubinas mojigatas que cargan toda la noche la chacana. Al amanecer, mientras algún amigo se apiada de ellos, deambulan cual zombis la empradizada del Campo Santo.

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