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“PÁJARO PRISIONERO EN SU JAULA…”

El miércoles 19 junio, 2013 a las 4:00 pm

Gloria Cepeda – Rodrigo Valencia

Gloria Cepeda VargasG: —Explicar un poema es totalmente imposible. ¿Por qué nos enamoramos y nos desenamoramos, por qué conceptos en apariencia comprensibles en su momento como los patrones de belleza o moral, son tan huidizos y cambiantes? No podríamos explicarlo. Por otra parte, toda explicación es inválida porque se origina en el deleznable ordenador cerebral del ser humano. Por eso siempre he sido enemiga acérrima de ese adefesio conocido como crítica literaria. Mientras aquí nos preparamos a desayunar, los españoles roncan como benditos. Hay muchas, muchísimas cosas tan absurdas en la vida de todos los días, aceptadas y practicadas sin problemas y aun sacralizadas, que no existe oráculo confiable. Uno de los encantos de esa dama inasible que se llama Poesía, es precisamente su arcana luz. Por ahí rondan mil definiciones que intentan calificarla siempre en vano, hasta la filósofa María Zambrano osó pontificar al respecto. Giovanni Quessep dice: «¡Oh poesía! pájaro prisionero en su jaula/ tiempo que huye de sí y a sí mismo se alcanza…» Para Dionisio Aymará, poeta de verdad nacido en Venezuela, la poesía es «pávida luz, diadema planetaria/ hecha toda de cólera y ternura», yo prefiero la corta y genial definición de Vicente Huidobro: «La poesía es un reto a la razón». La tomo porque mientras nosotros nos rompemos la crisma intentando encontrar su partida de nacimiento, esa demente luminosa, esa nadadora de todos los mares y corredora de todos los maratones, sigue indiferente, retadora, sarcástica, tierna, cruel y siempre dosificada, cabalgando su ráfaga letal. A Borges lo prefiero como prosista, su poesía es demasiado cuerda para mi gusto. Por otra parte, no todo el surrealismo me despeina. A veces mi parroquial aparato digestivo necesita digerir el condumio. En fin, estas palabras son hijas de un desbrujulamiento que me permite sobrevivir. No hagas caso, un abrazo…

Rodrigo Valencia QuijanoR: —Las suyas son palabras de quien que vive el temple anímico, intelectual y estético de la poesía. Ciertamente, no basta, no alcanza, no satisface, no sirve de nada definirla. Es como acercarse furtivamente a una fuga de pájaros inalcanzables; algunas plumas se quedan con uno, sirven para estimular cierta contemplación ensimismada, cierta huida de la razón, de las horas y los días comunes. Entonces penetra uno en un territorio donde todo es posible, donde «todas las mentiras pueden ser verdades y donde todas las verdades pueden ser mentiras», como ya dije en otra ocasión, pisando los interregnos movedizos donde se fractura la razón.

Igual, tampoco me desvela todo el surrealismo; hay cosas deplorables, de mal gusto en el surrealismo, incluso en el mismo Dalí y demás secuaces; y lo malo: se vulgariza fácilmente, se vuelve comercio de buenísimo mercado, y el manoseo lo vuelve grosero, ineficaz para los «planes» con que fue concebido como joya extraña.

Poetizar, hacer el canto para penetrar en uno mismo y las cosas, abrirlas, encontrarles el soma secreto, la virtud de los admirables goces y perspectivas novedosas que hablan al abismamiento.

Poetizar, para seguir reinventando el mundo y sus pequeños o grandes asombros… al alcance del talento.

Poetizar, el parpadeo del ojo interno entre los destellos de las cosas.

Poetizar, encontrar la palabra mientras el laberinto habla,

como en Delfos.

RVQ

Mi página web: www.rodrigovalencia.net

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