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OPPENHEIMER

El sábado 7 octubre, 2023 a las 11:45 am
OPPENHEIMER
OPPENHEIMER
Foto: KSL

OPPENHEIMER

Hoy que; como reza el tango, «se apagaron los ecos de…», me he animado a escribir unas líneas sobre Oppenheimer. No Julios Robert Oppenheimer, el físico, quien no obstante su fama, su vasta cultura, su gran inteligencia y talento no fue ciertamente un genio de la física o las matemáticas: sus aportes a estas fueron exiguos y poco o nada trascendentes; al menos en relación a decenas de físicos que trabajaron con él en el Proyecto Manhattan, del cual fue su director y al que en realidad debe su gran fama mundial e inmortal.

Es sobre Oppenheimer, la película de Christopher Nolan, que quiero expresar una breve opinión.

Antes de ver la película había leído, visto y escuchado varias reseñas, críticas y comentarios, en su gran mayoría (por no decir totalidad); literalmente, de este jaez (además de índole o condición, otra de las acepciones de esta palabra es adorno que se le pone a los caballos):

«Se trata de un gran acontecimiento cinematográfico, audaz y serio, de un tipo que prácticamente ha desaparecido de los estudios».

«Una película de magnitud, profundidad y deslumbrante arte».

«Oppenheimer es una oferta convencional de resonancia poco común, que hace que el espectador salga del cine con la cabeza en vilo y los ojos picajosos, con los oídos zumbando por toda su sofisticada y voluble explosión».

«Este es el big bang, y nadie podría haberlo hecho más grande o más abrumador que Nolan».

«La nueva joya de Christopher Nolan, es perfecta en todo sentido».

Como bien se ve, estas notas –aparecidas en importantes medios internacionales–, más que “críticas” o conceptos independientes y objetivos, parecen auténticos prospectos pagados por los productores de la película y; por qué no, también escritos por algunos de los cineastas involucrados en la misma. Nunca antes había tenido noticia de un elogio tan grandioso y unánime para con ninguna producción artística.

O sea que era apenas lógico y natural que semejantes comentarios despertaran gran curiosidad y expectativas en cualquiera que; como es mi caso, fuera medianamente aficionado al llamado séptimo arte. Y sumada a todas estas, mi vieja afición por las ciencias; en particular la física y las matemáticas, las cuales tuve oportunidad de estudiar un poco de manera formal en la Universidad de Antioquia. Y; obviamente, el magnetismo que genera el señor Oppenheimer, quien a pesar de no ser uno de mis grandes o medianos héroes científicos, es innegable que fue un personaje sumamente interesante e importante de la historia universal.

También se decía que las imágenes de la explosión resultaron tan reales porque el director logró convencer a la Universal Pictures de fabricar una minibomba con las mismas características de la original. Esto es, podría el espectador tener una imagen lo más vivida posible de la obra más terrorífica, asombrosa y maravillosa que haya podido crear la especie humana. Pues ninguna ‘puesta en escena’, ningún happening, performance, instalación, pirotecnia, etc. podría ser más hermoso, trascendental y espectacular que la Prueba Trinity, la primera explosión atómica: a las 05:29:45 hora local (desierto de Nuevo México), 6 kilogramos de plutonio explotaron con una energía equivalente a 25000 toneladas de TNT. En el momento de la detonación, las montañas circundantes fueron iluminadas durante más de dos segundos. El estampido de la explosión tardó 40 segundos en alcanzar a los observadores y la onda de choque pudo sentirse a 160 kilómetros de distancia. Una nube con forma de hongo de 12 kilómetros de altura iluminaba todo el firmamento y emanaba un calor abrasador.

Así lo describía Joe Hirschfelder, el químico asignado para medir la lluvia radiactiva de la explosión:

«De repente, la noche se convirtió en día y era tremendamente brillante, el frío se convirtió en calor. La bola de fuego gradualmente se volvió blanca, amarilla a roja a medida que crecía en tamaño y subía al cieloDespués de unos cinco segundos, la oscuridad volvió, pero el cielo y el aire se llenaron de un brillo púrpura, como si estuviéramos rodeados por una aurora boreal… Me quedé allí, con asombro, cuando la onda expansiva recogió trozos de tierra del suelo del desierto y pronto pasó junto a nosotros».

Y no podría dejar de citar la lírica forma en que lo rememoraba Thomas Francis Farrell, general de brigada y jefe de operaciones de campo del Proyecto Manhattan:

«Todo lo que se alcanzaba a divisar estaba iluminado por una luz abrasadora de una intensidad muchas veces mayor que la del sol del mediodía. Era dorado, morado, violeta, gris y azul. Iluminó cada pico, grieta y cresta de la cadena montañosa cercana con una claridad y una belleza que no se pueden describir y menos imaginar. Era esa belleza con la que sueñan los grandes poetas, pero la que describen de la manera más pobre e inapropiada».

Todas estas razones parecían más que suficientes para no esperar a que aparecieran las copias piratas de la película o que fuera subida a alguna de las plataformas de streaming y acudir a las salas de cine sin correr ningún riesgo. Y digo riesgo porque considero que pagar para ver una mala película es tanto, o peor, que pagar –hambriento y sin dinero de sobra– por un plato inmundo que luego tendrás que desechar.

Un domingo en la tarde, por fin, llegó el ansiado y a la vez inquietante momento de ver la superfamosa Oppenheimer. La sala tenía casi aforo completo, a pesar de llevar en cartelera varias semanas.

Y antes de expresar mi opinión acerca de esta película, quisiera anotar que uno de los principales criterios o parámetros que en lo personal considero fundamentales a la hora de tasar el valor de una obra de arte es preguntarme si quisiera poseerla o si la misma puede verse, escucharse o leerse varias veces, sin que se nos agoten su belleza, encanto y misterio; y que, por el contrario, cada vez que la revisitemos con nuestros siempre cambiantes sentidos, conocimientos, ideas y estados de ánimo, ella también se nos revista de nuevos hechizos, revelaciones y gracias. Por ejemplo, ¿quién se atrevería a decir que para qué escuchar otra vez (realmente nunca es “otra vez”, siempre es “de nuevo”) la Novena Sinfonía de Ludwig Van Beethoven, o volver a la sala donde espera con su inescrutable y eterna sonrisa la Mona Lisa del gran Leonardo? Igual ocurre con el Quijote del gigante Cervantes, y con todo Shakespeare, ese inconmensurable poeta que cuidaba de los carruajes aparcados en la calle para ganar algunas monedas.

Hace muchísimos años amanecí solo en la sala de mi casa tomando champaña y escuchando una e incontables veces la sonata para piano n.º 14 en do sostenido menor, Opus 27 n.º 2, (“Quasi una fantasía”), mundialmente conocida como “Claro de Luna”, de Ludwig Van Beethoven. Y eso que entonces tenía que reiniciar manualmente con la aguja sobre el acetato… increíble que no se haya rayado el disco ni estropeado la aguja. Sí, toda auténtica obra de arte debería generar algo así como una compulsión, una convulsión.

 Frente a mi escritorio tengo una copia en óleo, de tamaño original, de un autorretrato de Vincent Van Gogh; y una copia en tinta, de 50X70 cm., del portentoso retrato que hiciera Hans Olde del Nietzsche “completamente enajenado”, pero absolutamente pensante (ambas realizadas por un hermano ya fallecido), y no pasa un día sin que dialogue con ellos, aunque sólo sea por unos instantes. Sí, toda auténtica obra de arte tendría que llegar a ser un fetiche.

En el caso concreto del cine, igual ocurre con la mayoría de las películas que aparecen en esos listados bajo el rótulo de clásicas (Hitchcock, Chaplin, los westerns…). A los cuales cada quien podrá agregar las “propias”. Yo no sé cuántas veces habré visto The Wall, la magistral película-ópera que realizara el británico Alan Parker con el álbum del mismo nombre de la banda inglesa Pink Floyd y el correspondiente guion-libreto del genial Roger Waters. Y tampoco podría precisar el número de veces que he releído y visto con renovada emoción la tragedia Bajo el volcán, la novela-poema de Lowry y la dramática película del mismo nombre, de John Huston. Sí, toda auténtica obra de arte debería producir conmoción.

Pues bien, de Oppenheimer, la gran favorita para a obtener el Premio a Mejor Película en los Oscar no puedo ni quiero decir mucho por dos grandes razones: una: no soy experto ni estudioso del tema, y dos: me da pereza redactar lo que podrían ser mis opiniones personales respecto a algunos aspectos concretos de la película expresadas de manera informal mientras se degusta un café en grata compañía. Lo que sí quiero y puedo es resumir mi apreciación general de la siguiente manera:

tendrían que ponerme una pistola en la cabeza para conducirme a una sala y atado a una silla obligarme a dormirme de nuevo viendo la extenuante película Oppenheimer del señor Christopher Nolan.

Es todo, y no me disculpo con aquellos a quienes mi modesta (no humilde) opinión pueda disgustar u ofender, ni me sentiré disgustado u ofendido por las injurias que igual me pueda acarrear. Gracias…igual…de nada…

NOTA IMPORTANTE: días después de haber visto la película me enteré de que su director había desmentido la especulación o la broma de algunos fanáticos respecto a que la productora había hecho construir un dispositivo real semejante a Trinity. «Por un lado es halagador que la gente piense que soy capaz de algo extremo como eso, pero también da un poco de miedo», declaró a The Hollywood Reporter el director Christopher Nolan.

24 POSTRINOS

Oración para antes de salir de casa:

Dios, por favor, dame paciencia, para no maldecir a todos los fariseos que sin piedad ni vergüenza hoy me dirán: ‘mi Dios le pague‘, ‘Dios lo bendiga’.

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Decir ‘candidato político independiente’ es una falacia tan grande como decir ‘ciclista sin equipo en el Tour de Francia, o piloto de Fórmula1 sin escudería.

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Parodiando a Rimbaud: Los políticos repugnan como los castrados; en cuanto a mí, estoy intacto, y me da lo mismo.

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Afirma la neurociencia que el amor actúa de manera idéntica a ciertas drogas psicotrópicas… Entonces ya sabes: «di no a las drogas«.

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Los movimientos feministas y LGBTTIQ+ han reclamado la inclusión y la igualdad en todos los asuntos; incluidos, por supuesto, el moral y religioso. Son numerosos los señalamientos del sexismo y machismo existentes en la Biblia –entre otros–. Extraña, entonces, que no existan demandas de enmienda al noveno mandamiento. Que diga expresamente: ‘No desear la mujer ni el hombre del prójimo o la prójima’.

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A veces sospecho que la poesía que se escribe últimamente es obra de una misma IA.

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Soñar es una experiencia tan maravillosa y fascinante (hablando del mundo onírico, por supuesto) que podemos reír y llorar o gritar de terror, pero jamás aburrirnos, deprimirnos o bostezar soñando.

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Es evidente que los seres humanos se ven mucho mejor vestidos que desnudos. Los demás animales, todo lo contrario.

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2023: se lee ‘dos mil veintitrés’, no ‘veinte veintitrés’. Pero los ridículos esnobs pretenden distinguirse, suplir su absoluta falta de autenticidad y creatividad con ridiculeces como esa.

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Alguien podrá decir que es un expoeta si; y sólo si, alguna vez fue un poeta.

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Los jóvenes de hoy no quieren niños; sólo mascotas. Los viejos sabios de siempre no quieren niños, tampoco mascotas.

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Quisiera comprobar; por experiencia propia, eso de que ‘la felicidad no la da el dinero’.

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Es lógico hablar de las ‘políticas de la ciencia’; pero decir ‘ciencias políticas’ es ya un contrasentido, un exabrupto, un absurdo,

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Sólo los Einstein, los Nietzsche, los Shakespeare, los Cervantes, los Beethoven, los Van Gogh impedirán que nos humillen las IA.

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Bob Dylan podría pasar a la historia como el Premio Nobel menos leído en toda su historia.

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¿Podría decir (sin googlear) qué es lo primero o lo último que recuerda haber leído de Bob Dylan?

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Los artistas y los poetas son como las estrellas: a diario nacen y mueren miles; ignorados por el planeta, la ciudad, el barrio, el vecindario, sus amigos, la familia…

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Lot; el único hombre justo que encontraron los ángeles de Yahveh en toda Sodoma y toda Gomorra, luego de perder a su esposa (de manera más que injusta, absurda y ridícula) fue a esconderse en un monte. Allí; en una cueva, bebió y fornicó con sus dos hijas, preñando a ambas. Fueron ellas; entonces –además de cuñadas–, madres, hermanas y tías a la vez de sus críos: Moab y Ammon. Ésta, la familia que por justa y por buena salvó Yahveh del holocausto.

    Uno se pregunta qué hubiese ocurrido de haber sobrevivido la N. N. (Nomen Nescio: desconocido el nombre) esposa. ¿Habría conformado esta virtuosa familia, ya no un triángulo, sino un “cuadrilátero” amoroso?

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Todas las poéticas dan a entender que la verdadera poesía no se puede expresar con palabras, revelar con poemas.

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Los Testigos de Jehová deben explicar la biblia; pues no es fácil entender por qué un camello quisiera pasar por el ojo de una aguja.

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Rimbaud abandonó la poesía porque con sólo veinte años de vida ya lo había dicho todo. Yo, porque con más de veinte en la poesía no le había agregado nada.

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Opúsculo: obra literaria o científica de corta extensión.                                                                                                   Textículo: texto breve escrito por un testiculón que funge como escritor o poeta.

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Decir que ‘toda opinión es respetable’ constituye un ejemplo de ‘opinión no respetable’.

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Si te intimida cualquier hombre o mujer en uniforme; trátese de un boy scout o una hermanita de la caridad, entonces eres poeta de nacimiento, amigo mío; y eso no tiene remedio.

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