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Sábado, 23 de octubre de 2021. Última actualización: Hoy

Olmedo Vidal Chancaca

El lunes 6 septiembre, 2021 a las 10:37 am
Olmedo Vidal Chancaca - Músico Popayán - Personaje Típico

OLMEDO VIDAL CHANCACA.

(CUENTO)

Por: Álvaro Jesús Urbano Rojas.

En Popayán vivió un personaje típico que, con su flauta mágica, alegró la vida de la ciudad por más de cincuenta años. Todos los días andaba y desandaba las calles con su semblante desgarbado, tez morena, cabello ensortijado y pies descalzos; quienes lo conocieron comprendieron que fue un hombre que sin tenerlo todo, nunca le falta nada, por lo que no podía llamarse de otro modo. De sombrero desastrado, mochila fatigada, ruana andrajosa y una flauta de carrizo curada con dejillo aguardientero, interpretada con sus dedos toscos de singular euritmia.

Vivía en un recodo bajo la arcada de la Herrería que sustenta el Puente del Humilladero. Se acostaba a la madrugada y se levantaba con los preludios del medio día. Al despertar, saludaba a viva voz ¡buenos días Colombia! e iniciaba su peregrinar por los bártulos de la bohemia, merodeando rincones secretos de poetas extasiados en las lisonjas del amor y el desengaño.

En el Festival de Música Religiosa, en un concierto de gala en su arcada de la Herrería de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, Chancaca reclamó, porque según él, estaban tocando en su casa sin su permiso.

En un gesto de respeto por el flautista callejero, el director de la orquesta silenció a los músicos e invitó a Chancaca a interpretar su flauta en el escenario. Chancaca aceptó y tocó fragmentos del bambuco Clotilde de Walter Meneses, el pasillo Patojiando de Felipe Vivas y el Sotareño del maestro Francisco Eduardo Diago, después de una gran ovación del público, el concierto trascurrió normalmente y el popular flautista volvió a su morada.

Esa noche, con la juma en pleno furor, lo descubre un mocerío travieso, ellos atraídos por su música se congregan al influjo destellante de una luna llena, que asomaba cual serpiente encantada entre los cerros tutelares, al son de la melodiosa flauta.

Entre los mozalbetes estaba Johann Von Herder, un misógamo con ínfulas de galán amanerado, coleccionista de flautas dulces, ocarinas de metal, caña, arcilla o hueso, quien le ofrece una gruesa suma por la flauta, pero Chancaca se niega a venderla. – Despreocúpese amigo, aseguró uno de los contertulios. Con unos cuantos güisquis, no sólo nos la vende, de pronto hasta nos la regala. -¡No! – Afirmó el más joven de ellos; para que el asunto de la flauta tenga enjundia, hay que robarla. – Es cierto, dijo otro, una vez lo venza el desvarío del licor, nos llevamos la flauta.

Vencido por el sueño se acomoda en una de las bancas del parque, se persigna, guarda la flauta en su mochila y abrazado a la botella se abriga con los regazos de su ruana. Se aferra a la mochila para salvaguardar la flauta, cada vez que intentan abrirle los brazos, Chancaca preguntaba: – ¿Qué pasa primo, se toma el otro? Mientras su lánguida humanidad se abandonaba cual larga era, bajo la mirada inerte del sabio Caldas, al asecho del concierto para delinquir orquestado por los raptores de su aparejo artístico. El sueño lo venció y las gélidas brisas que descienden del Puracé le obligaron a abrigar sus descarnados brazos, desatendiendo la mochila. Fue entonces cuando la perfidia de los usurpadores, aprovechó para despojarlo de su flauta.

Al día siguiente, azorado por la tristeza, deambuló las calles y lloró la pérdida del instrumento, más refugiado en las argucias del licor, increpa al coleccionista, quien, sin el menor reato de conciencia, le ofrece diez dólares. Chancaca se quita el sombrero, lo agravia con el desprecio de su mirada, diciendo con deliberada jactancia: No se preocupe “míster” ¡Ya me robaron la flauta, ahora vengan por la música!

Por causa de la tristeza la salud de Olmedo Vidal –Chancaca- colapsa. En los albores de la muerte es internado en el Hospital Universitario San José, en su convalecencia alegraba la recuperación de los enfermos con otra flauta de carrillo que la jefe de enfermería del pabellón psiquiátrico le regaló. Fueron sus últimas tonadas, llegada la hora de resignar su euforia existencial muere en la más absoluta soledad, legando a Popayán un recuerdo imperecedero de su fantástico talento.

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