Lunes, 6 de diciembre de 2021. Última actualización: Hoy

Ojo: Esto no es un asunto coyuntural.

El miércoles 2 junio, 2021 a las 10:43 am

Ojo: Esto no es un asunto coyuntural.

Este capítulo de la historia que estamos viviendo en el país, con distintos sentimientos y posiciones como indignación, impotencia, frustración, desconfianza, indiferencia y también esperanza y optimismo; principalmente por parte de la gente joven, no es un asunto coyuntural, es el acumulado de errores y olvidos de un Estado y Sociedad, que se acostumbraron al agua tibia y se durmieron en los laureles, impidiendo percibir a tiempo que estábamos frente a una olla de presión que hoy estalló, con repercusiones que a todos nos afectan y nos duelen.

En este estado de confusión y desesperanza, en medio de un arsenal de información, falsa y verdadera, que uno no alcanza a digerir por la inmediatez en que se produce y difunde, decidí calmar mi tensión, recurriendo a la palabra escrita, para hacer las siguientes reflexiones, un poco desordenadas, quizá, por apelar a la necesidad de síntesis, algo difícil cuando nos encontramos en un mar de información y contradicciones para entender el hilo conductor de esta torre de Babel.

En toda sociedad se crean reglas, para su interacción, y aparatos (instituciones) para su servicio, pero, con escasas excepciones, no son pocas las personas llamados funcionarios, que no solo no funcionan, sino que se olvidaron de su principal rol: ser servidores públicos, invirtiendo la regla, es decir, poniendo a la sociedad al servicio de la institución, con el agravante que muchos funcionarios le tienen miedo a la gente, por ello no son pocas las veces que se ven expuestos a avalar con sus firmas pactos y acuerdos que saben no se van a cumplir.

Sumado a la inoperancia institucional, se enquistó tanto en el gobierno como en la sociedad el cáncer de la corrupción en favor de intereses propios y de terceros, el CVY (como voy yo) se convirtió en la práctica cotidiana y de comportamiento de muchos gobernantes, funcionarios, políticos, empresarios y ciudadanos que, amparados por una creciente inoperancia, paquidermia e impunidad por parte de los entes de control y la justicia, convirtieron los cargos públicos en una oportunidad para esquilmar y robar los recursos que todos aportamos para que los aparatos funcionen.

Como sociedad perdimos el norte respecto de la importancia y trascendencia que tiene la familia como núcleo básico de la misma y dejamos al garete la formación de valores, ética y principios necesarios como cimientos fundamentales de nuestra sociedad.

Nos olvidamos que el salto estructural y cualitativo más importante de la nueva Constitución era pasar de la “Democracia Representativa” a la “Democracia Participativa”, pero a pesar de esta grandiosa visión, olvidamos que para la construcción de una Democracia Participativa era necesario transformar los modelos educativos, en todos los niveles, para formar nuevos ciudadanos no solo en el campo de los conocimientos técnicos y científicos, sino con pensamiento crítico para de-construir, re-construir y construir nuevos rumbos para un país que tiene todas las potencialidades para el buen vivir. Con una educación instrumental y mediocre, no fue posible avanzar al ritmo de otros países que alcanzaron altos niveles en investigación y desarrollo de la ciencia y tecnología, convirtiéndonos hoy en simples consumidores en el mercado de bienes y servicios.

Nos olvidamos que en un Estado en el que se promueve la Democracia Participativa, es necesario desarrollar e intensificar una cultura ciudadana y fortalecer el capital social, con capacidad para discutir, concertar y tomar decisiones que afectan positiva o negativamente diferentes aspectos que tienen que ver con los asuntos de orden económico, social, ambiental, cultural y político, haciendo un uso adecuado de instrumentos disponibles como: audiencias públicas, consultas previas, mesas de trabajo temáticas, veedurías ciudadanas y otros mecanismos de participación ciudadana, que permiten crear puentes de entendimiento y empatía para tramitar y operar nuestras demandas ciudadanas.

Con la puesta en marcha de planes, programas y proyectos que se convirtieron para unos en un negocio y para otros en una formalidad gubernamental, inconsulta respecto de los intereses, sueños y expectativas de una población diversa y heterogénea, no hemos sido capaces de superar las condiciones de desigualdad, exclusión e inequidad, sometiendo a la gran mayoría de los habitantes del territorio nacional a las peores condiciones de pobreza, situación agudizada por la pandemia, olvidándonos que el hambre y la falta de oportunidades para una vida digna, se convierten en el mejor caldo de cultivo para el resentimiento y el odio.

Nos olvidamos de cuidar nuestra propia casa a través de una clara política de gestión ambiental que permitiera la protección, conservación, preservación aprovechamiento sostenible de nuestra biodiversidad, en la que se sustentan todas las formas de vida presente y futura, entregando esta riqueza invaluable al mejor postor internacional, para luego tener que lamentarnos de la escasez y contaminación desbordante de aguas, suelos, aire y desaparición de especies nativas.

Nos olvidamos que reconocer, valorar y respetar nuestra diversidad cultural debe ser motivo de orgullo y emprendimos una guerra sin tregua para hacer un borramiento de nuestras expresiones y manifestaciones culturales, excluyendo y estigmatizando a los grupos étnicos como si fueran el enemigo interno. Por no entender que desde la cultura se tienen distintas visiones y prácticas para la construcción social del territorio, pusimos en riesgo nuestra identidad, para quedar expuestos a las pretensiones de un modelo globalizante que busca estandarizar los ideales y valores de las sociedades para poder ejercer la manipulación y apropiación de nuestros pensamientos, sentimientos, saberes, actitudes y comportamiento.

Durante décadas y con una actitud prepotente y centralista el campo colombiano quedó convertido en escenario de guerra, sin que nos importaran los muertos, los desplazamientos, la disputa por la tierra, el analfabetismo, el hambre y la desnutrición y solo hoy cuando este escenario se traslada a las ciudades decimos que estamos en la peor crisis de nuestra historia. No niego que es una terrible crisis, pero para quienes nacimos y crecimos en campos y pueblos que todo el tiempo han sido escenarios de guerra y por tanto olvidados y excluidos de cualquier oportunidad de desarrollo, esto es más de lo mismo, aunque se reactivan con más fuerza los miedos e incertidumbres del pasado.

Quienes hemos sido víctimas de esta guerra, vimos una luz en el camino abrigando con entusiasmo, decisión y participación la esperanza de avanzar en los Acuerdos de Paz, pero la estupidez de muchos ciudadanos pudo más que la sensatez, hoy tenemos que reconocer que hubiese salido más barato, económica, política y socialmente, ejecutar el Acuerdo de Paz, que dar inicio a un nuevo conflicto que no sabemos a dónde va a parar ni cuánto nos va costar.

Por estos y muchos otros errores y olvidos, que dejo en el tintero, hoy tenemos el reclamo especialmente de las nuevas generaciones que, exponiendo sus vidas, están pidiendo a gritos un verdadero cambio.

Como mujer y ciudadana comprometida con la defensa de nuestros derechos, consciente que hasta el momento hemos alcanzado, a partir de nuestra organización, luchas e incidencias, un mayor grado de conciencia en la sociedad acerca de la vergonzante problemática de las violencias de género, conquistando igualmente algunos espacios para la participación política y toma de decisiones, hago un llamado para que todos y todas entendamos que existen grandes desafíos que exigen de la Sociedad y el Gobierno muchos y diversos compromisos para trascender una realidad social plasmada de desigualdades, violencias, exclusión, injusticias, opresión y discriminación.

Entre estos estos compromisos podemos mencionar: Comprender que todas las personas somos sujetos y constructoras del cambio, por tanto “ nuestras actitudes, conductas, formas de vida y valores basados en el respeto a la vida, los derechos humanos, la promoción y la práctica de la no violencia, por medio de la educación, el diálogo, la cooperación, la igualdad de derechos y de oportunidades, la libertad, la justicia, la aceptación de las diferencias y la solidaridad (Asamblea General de Naciones Unidas, 1999). hacen la diferencia”. Comprender que la participación es un derecho, pero también implica deberes y responsabilidades con los otros, esto significa la necesidad de diferenciar la protesta social de los actos vandálicos. Entender que en un modelo democrático la institucionalidad debe estar al servicio de la gente sin distingos de clase, etnia, sexo, edad, género, religión e ideología política. Defender y respetar nuestra biodiversidad y diversidad cultural. Asumir el compromiso de desarrollar una cultura de Paz. Fortalecer los gobiernos locales. Derrotar la corrupción e impunidad. Reconocer y erigir nuevos liderazgos, puesto que muchos de los que hemos enaltecido hoy como grandes líderes están parados en pies de barro.

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