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Sábado, 6 de marzo de 2021. Última actualización: Hoy

El martes 28 octubre, 2008 a las 7:35 am

OH, HISTORIA TAN BIEN CONTADA Y DEFORMADA

Foto: Juan Carlos Quintero/EL TIEMPO, tomada de http://.proclamanorte.blogspot.com

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano

leoquevedom@hotmail.com

¿Qué pasó con las lecciones de Historia Patria oídas y leídas con imágenes en los textos de Bruño y de Henao y Arrubla? ¿Fueron dibujos de personajes de la era de piedra los hombres y mujeres que se arrodillaban ante Colón y sus muchachos y recibían espejos y baratijas a cambio del oro que portaban en cuello, nariz y orejas? ¿O, realmente eran los mismos aborígenes de hoy que habitaban en paz en las playas del Caribe, en las planicies pródigas en frutos o cerca de los caudalosos ríos y las selváticas montañas? ¿Eran los mismos que reinaban sin bazucas ni alambradas, ni títulos reales ni pagaban impuestos a la lluvia por cosechar la mora, las uchuvas, las batatas o por pescar sin red en las aguas claras? ¿Eran los mismos que cuidaban los árboles, las especies naturales, que bendecían al sol, a la luna, a la madre tierra y respetaban a los ancianos?

¿Qué se hicieron sus tierras, sus bohíos de paja, sus ruanas de colores, sus dibujos en los brazos y la cara con achiote? ¿Quién se los arrebató de las manos generosas de la diosa Naturaleza que no necesitó escrituras ni leyes para otorgarles el derecho a vivir por siglos sin que otro se lo discutiera?

Según el informe del Sistema Nacional de Cultura, Colombia cuenta actualmente con 1.141.748 Km2 de superficie terrestre y 928.660 Km2 de área submarina, para un total de 2.070.408 Km2. que nuestros aborígenes disfrutaban a la llegada de quienes los “conquistaron” a sangre y espada y los despojaron de sus tierras con la bendición de frailes a las cédulas reales. La historia que no se ha contado reposa en museos europeos, en el fondo del mar en arcones naufragados, en notarías y paredes con escudos y genealogías bien marcadas. Sí sabemos cómo y cuándo y quiénes se ensañaron en desventaja contra las tribus asentadas en Bacatá, en el Tolima, en Chocó, Tierradentro. Sabemos de los genocidios, de los degollamientos en serie, de la lucha de la Gaitana contra el español Añasco que le dio muerte a su hijo y quiénes hoy los tienen desplazados.

¿Por cuántas generaciones los indígenas del Cauca, han esperado que se les devuelva en algo por el Estado el territorio que les fue usurpado? No esperaron seis horas en el CAM de Cali, no han esperado dos o tres años, ni a cuatro o cinco gobiernos.

Las montañas y las soledades en la selva y la inclemencia han visto y oído sus plegarias a la madre Tierra, al padre Sol, al espíritu del Agua, de la Lluvia y de los ríos, a los altos y añosos abuelos árboles para que se haga justicia. Ellos tienen más oídos y razones que los señores de la política y las leyes. Ahora, ellos, los dueños de antes, los imitan. De pié como los árboles no se acuestan, caminan como ríos dejando el agua de su sudor por los caminos, van lamentándose como perros hambrientos a ver si los gobernantes educados en Harvard saben algo de historia y reconocen en sus escrituras viejas los linderos de sus antiguos poseedores y no los engañan con promesas de compra de predios otrora marcados con sangre india.

No estamos en México donde sí se quiere a los “inditos”, no estamos en Chile donde se venera a los Mapuches, no estamos en Canadá donde sus ancestros son sagrados. Estamos en Colombia donde los comentaristas registrados hablan de la “indiamenta”, donde se les tilda de insurgentes y se les amenaza con judicializarlos por pedir con un acento extraño lo que por siglos fue inmensamente suyo.

27-10-08 – 8:28 p.m.

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