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Miércoles, 11 de diciembre de 2019. Última actualización: Hoy

Nuestra patria tiene Alzheimer

El viernes 1 noviembre, 2019 a las 10:30 am

Nuestra patria tiene Alzheimer

Nuestra patria tiene Alzheimer

La historia colombiana no puede leerse linealmente, es una historia contrahecha, amañada, arcángeles y demonios se han coaligado siempre para salvar el pellejo y construir su destino.

La vida institucional del país ha cambiado con frecuencia de chaqueta política y de vestido sin haberlos gastado, por simple provocación social, o para desafiar la desnudez de quienes no tienen con qué cubrirse.

Hemos vivido con frasecitas presidenciales de cajón, para entretenimiento de quienes disfrutan del poder y la algarabía enajenada de los gobernados.

Regeneración o catástrofe”, de Rafael Núñez (seguimos de siniestro en siniestro); “Revolución en marcha”, del presidente López Pumarejo (ni marcha ni revolución); «Advierto lo siguiente: son las ocho de la noche, a las nueve de la noche no debe haber gente en las calles”, Carlos Lleras Restrepo (no quedó un alma en las calles); voy a “Reducir la corrupción a sus justas proporciones”, Turbay Ayala (la tomó con un metro encogido); “El único preso político en Colombia soy yo”, Turbay Ayala (mientras se torturaba a miembros del M19 en el Cantón Norte de Bogotá); “El amor por esta patria sea la llama a través de la cual nuestro Señor y la Santísima Virgen me iluminen para acertar…”, Álvaro Uribe Vélez (se hicieron sordos o se apagó la llama); “La erradicación manual, que es uno de los métodos que no hemos renunciado a su utilización, es 2,65 veces más costosa que la erradicación con aspersión”, presidente Duque (la multinacional Monsanto está de plácemes); y, una de Gilberto Alzate Avendaño, que sigue haciendo historia: “Por orden alfabético me corresponde presidir este Congreso, -Alzate Avendaño-, por orden analfabético a cualquiera de ustedes«.

Frases anodinas y triviales para celebrar cuatrienios, mientras nos seguimos matando.

Hicimos la paz con Guadalupe Salcedo y lo matamos, el poder quizá sostuvo que era un mal jinete; hicimos la paz con Carlos Pizarro Leongómez y lo asesinamos, porque el pueblo lo admiraba y era inminente su arribo a la presidencia; hicimos la paz con las Farc y no se detienen los asesinatos de sus militantes; se hizo la paz con el movimiento armado “Quintín Lame”, pero matamos a Lucho Bejarano, con quien firmamos la desmovilización unilateral; se hizo la paz con los paramilitares y llevamos a sus protectores al Parlamento y, finalmente, conmemoramos el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, pero continuamos con el genocidio histórico.

Patria con Alzheimer, padeciendo graves degeneraciones cerebrales, que olvida la masacre de las Bananeras, la masacre de Segovia, la masacre de El Salado, donde se jugó fútbol con las cabezas de las víctimas, la masacre de Bojacá, la masacre de la Rochela, la masacre de Bahía Portete, la masacre de Mapiripán, la masacre de Machuca, la masacre del Nilo, la masacre del Naya, donde se usaron por primera vez motosierras, la masacre de La Rejoya, la masacre de Los Uvos y, ahora, de la manera más impasible y tenebrosa desde los cuarteles se dice: “ellos son los que siguen”.

Somos una nación que suprime la memoria y borra los crímenes de lesa humanidad para no dejar vestigios del origen de nuestra violencia. No importaron los asesinatos aleves de Bernardo Jaramillo, Manuel Cepeda, Luis Carlos Galán, del coronel Franklin Quintero, de Álvaro Gómez Hurtado.

Masacres en las cuales han estado involucrados el Estado, los empresarios, la iglesia, los partidos políticos y, si Rafael Núñez lo hubiera presentido, habría incluido en el himno nacional una estrofa lúgubre.

Nos matábamos por llevar corbatas rojas o azules. Y, con los tiempos, matan a Jorge Eliécer Gaitán y después, la “chusma” o los “bandoleros”, seguían matando a quienes vestían corbatas negras, por presumir que le guardaban luto al caudillo del pueblo.

Y la dosis mortífera continúa: para los indígenas masacres, para las víctimas masacres, para los desposeídos masacres, para los que buscan patria, masacre, para los millones de colombianos que no tienen un metro de tierra donde caer muertos, masacres.

Pobre patria maltratada y asesinada, dos siglos sin poder levantarse y lo peor, observé en las montañas caucanas a soldados y guerrilleros que llevaban en sus fusiles la Virgen del Carmen, quizá para garantizar la muerte del enemigo.

Fusiles rociados con agua bendita para dar en el blanco de los facinerosos. Nación abatida, con patíbulos desde la Independencia; sangre acumulada con deleite, democracia… decimos, porque tenemos urnas fúnebres… y nación donde existen vivos que celebran el dolor y el sufrimiento que ocasionan las muertes violentas.

In Memoriam: Con pulcritud moral Molano dejó fortalecida la memoria histórica de la nación.

Salam Aleikum

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