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Lunes, 23 de mayo de 2022. Última actualización: Hoy

Nuestra fantasmal Popayán

El viernes 10 abril, 2020 a las 3:23 pm

Nuestra fantasmal Popayán

Este lugar fue un paraíso. En sus calles aún permanecía la magia de otro tiempo. El lento discurrir de la vida mostraba sutiles tesoros y la cultura florecía como agua de manantial. A la vuelta de cada esquina había un asombro. Y ¡ese cielo! al alcance de las manos. Y ¡esa luz! sobre la cal de las paredes. Muchos soñábamos con esta tierra y su universidad de arquitectura antigua. Aquí el tiempo se había detenido y sus estudiantes éramos modernos caballeros andantes que desafiábamos la oscuridad. Todo cambió, con la llegada del mortal virus. En pocos días se esparció por el orbe, desde China. Bastaron algunas semanas para que nuestra arkadia fuera sólo un recuerdo.

Es el comienzo de otra época, en la que podría reinar el mundo oscuro, en la Jerusalén de América.

Las calles en estos días se han vuelto peligrosas. Extraños seres, antes ocultos, han venido a cobrar cuentas humanas. Nada pasa de agache en la justicia metafísica. Monstruos de toda clase andan sueltos. Mientras filmo, presiento en la atmosfera la presencia de súcubos falo-citadores y turumamas bulbo-fagocitadoras, en guerras de género, a muerte, devorándose unos a otros. Oigo también ladridos de canes diabólicos que transmiten una rabia mortal.

Cámara en mano, escucho el siniestro relincho del Caballo sin Cabeza que mata con violentos golpes de sus cascos de oro. Dicen que su color es negro puro, y se encabrita con su cabeza desprendida, que va por el aire, cerca del sudoroso cuello, echando fuego por los ojos y blanca babaza entre sus belfos.

Alguien ha visto, también, vampiresas que aseguran la perdición de los hombres, contoneándose como en pasarela, con provocadoras bocas, caderas, y senos; y vampiresos, también, para mujeres incontenibles. Algunos dan cuenta de “monjas diabólicas”, conduciendo taxis o vehículos de Uber, que abordan a la gente, creyendo dirigirse, a lugares seguros, pero no es así, los llevan a una profunda fosa del Cementerio. Esa es la suerte de quienes creen que nunca van a morir y que son los únicos con derecho a pasarla bien.

En estas noches saldrán de todos los puntos cardinales hordas de muertos-vivientes, reclamando lo que en vida perdieron o no tuvieron. La consigna es, que se refugien todos en sus casas y se provean de agua bendita del Santo Ecce Homo, de Don Toribio Maya, de Dorita de Piendamó o del Niño Jesús de Praga. Acá no valen otras referencias. Una sola gota, puesta en la puerta, es suficiente para separar a las hordas infernales. Porque las calle serán de ellos y del silencio y del animal vapuleado y de la maleza que subirá por los muros. Tampoco el aire estará libre de batallas. Se presienten siluetas de alas abatiéndose contra los humanos.

No hay salvación sin sacrificios. Alguien ha de perecer para que la humanidad perviva y aprenda a liberarse de sus excesos. Por culpas de Padres y Mayores no se salvarán ni hijos ni inocentes «hasta la séptima generación», dicen.

El mundo lo construimos todos y se pierde, igualmente, con todos. Quien no se ponga al día pagará con karma, después. ¿Acaso de ello no hablan las religiones, del Juicio final y la resurrección de los muertos? ¿No lo constata, también, el fenómeno zombi?

Estos tiempos de miedo y luto no son los mejores, en Popayán, para los Caballeros de la luz, tradicionales tertuliantes de la Ciudad Blanca. Refieren que están siendo cazados por Taitas Paeces, con el señuelo de preciosas doncellas y llevados, cándidos y felices, a la Piedra sagrada del Morro (Túmulo ancestral, dedicado a los muertos), como sacrificio a los Dioses Tutelares, por injusticias de la Conquista. Finalmente, todo es sangre que corre por el cuerpo, se derrama en la guerra o se eleva a los Dioses.

Los Caballeros de la Oscuridad, impenitentes bohemios y librepensadores, cumplen su Cuarentena en Macondo, bajo protección de dioses griegos, donde no entran “demonios absolutos” ni “ángeles puros”, siendo conjurados mediante la Palabra, libre, poderosa y con poder de sortilegio. Allí la vida es una fiesta, porque la gente necesita hablar, reír y contar de cómo el mundo va y viene, entre suertes de felicidad y tragedia, momentos vividos como eternos, aunque, en el orden del Ser, no valgan más que hojas.

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