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Miércoles, 23 de mayo de 2018. Última actualización: Hoy

NOTAS SENCILLAS SOBRE EL JAZZ

El viernes 11 mayo, 2018 a las 7:25 pm

NOTAS SENCILLAS SOBRE EL JAZZ

Extractado del texto: Siempreviva, La Mona, Andrés y Yo.

Con su venia, y como un muy sentido homenaje al Jazz, me permito compartirles una partecita de un texto de mi humilde autoría, sobre la novela de Andrés Caicedo: Que viva la música.

“… Pero el hilo conductor de esta bohemia, de esta carreta y de esta amistad; era y será la música; el único recurso de diálogo decente al que recurrimos, cuando no se tienen las palabras suficientes o correctas.

Andrés y María empezaron al revés, digo yo, porque arrancaron recorriendo los caminos del rock. Al igual que todos los muchachos y las muchachas de ese espacio-tiempo; es decir, los del norte de Cali en los sesenta-setentas; ambos transitaron por esa senda por rebeldía esnobista, en contra de la música de sus papás, tíos, tías, abuelos, o todo cuanta oliera a anciano mayor de veinte años, algo muy parecido en todos los tiempos-espacio, de toda la muchachada del mundo.

Muchos y muchas aún piensan y creen lo mismo. Todos ellos en ese entonces y millones más hoy en día; vivían y viven convencidos de la justeza de oír y vivir rock. Tiempo después yo asumí esa posición y aún hoy la defiendo.

Pero, ¿por qué digo que la Mona y Andrés comenzaron al revés? Pues porque yo empecé con la salsa, un tanto por imposición y luego por gusto adquirido. Me crie con los sonidos de La Sonora Matancera, con la Pachanga, con el Boogaloo, pero también con Pastor López y Lisandro Mesa; lo que la gente montuna conoce como Chucu-chucu, raspa o como sea, hasta que caí flechado por una canción pop de uno de los primeros famosos libertarios homosexuales que había conocido hasta ese entonces; Sir Elton John, con su Little Jeannie. Me había enganchado con el Rock a través del Pop, cuando en Cali se vivía un relanzamiento de la salsa, el mismo ritmo y el mismo gusto que se habían impuesto Andrés y María en su encuentro con el sur negro. ¡Paradojas y coincidencias de nuestra relación!

El tiempo y las rumbas nos mostrarían que al final; el gusto musical viene siendo el mismo para todos.

Por mucho que los metaleros insistan en que no hay nada como el Trash, el Speed o el Black Metal, que los Punketos reclamen que la música murió con Syd Viciuos, que los salseros supervivientes reclamen como justa y atesorable; la cultura de la música afro-latina, o salsa que llaman, lo cierto es que, a pesar de esa aparente divergencia, contraposición o como quiera llamarse a esta disputa, no hay tal; todos, músicos, seguidores y tonadas; son nietos o bisnietos de lo mismo: Del Blues.

Si señores y señoras; el negro y tristón Blues, el de los melancólicos espíritus caídos que llegó a América en los lamentos de llamada y respuesta de los negros esclavizados; cuando en medio de su fatigosa rutina, tenían nostalgia de la vida libre en su natal tierra.

Esa melancolía azul; fue transformándose en los espirituales y el ragtime, inventados hábilmente, para congraciarse y aprovechar el sonido blanco europeo del opresor, sin llegar a perder en ese tiempo, su carácter lumpenesco.

De allí en adelante se daría un continuo maridaje con otras músicas: El jump blues logra transformarse en el distinguido Jazz,  pasando por el swing y el bee bop de las Big Band, para luego irse a copular con el cha-cha-cha-, el mambo, el son o la guajira caribeña, para transformarse maravillosamente en la Salsa, incluso; el boogie-woogie termina convirtiéndose en el rock and roll y posteriormente en el boogaloo, el cual fue re-inventado, según la leyenda urbana de la salsa, por un pincha discos colombiano, aumentando las revoluciones del tocadiscos para congraciarse con los bailadores de Cali.

La mona María del C. lo comprendió al final; cuando ya no se creía más y mejor blanca que las demás, porque ya había probado y había sido probada por muchos negros y negras, cuando ya no se preguntaba más, ¿cómo una pelada del liceo Benalcazar terminó de puta?  Cuando por fin se descubrió a sí misma, sin los afanes de Rubén Paz, ni del Bárbaro, Ricardo Sevilla, el mismo Andrés, o los míos, cuando por ahí; una tarde cualquiera, mientras esperaba a sus nuevos y fugaces amantes, saboreando una cerveza fría; se dejó llevar por las notas de El mulato de Richie y Bobbie: “Y dice asii…Voa aponerme mi traje de seda…Mis zapatos ya voy a brillar…Voa a coger mi sombrero de paja…Y pa’l pueblo me voa a vacila.”

Finalmente hay que reiterar lo ya dicho; ese cariacontecido blues llegó a fusionarse con el simplón folk gringo o británico para engendrar el Jazz de las Big Band caribeñas de Lucho Bermúdez o Pacho Galán, pero también fue el rock and roll de los Papás de Andrés y la Mona. En últimas: Toda esta música fue parida en un lamento lejano de África, dulce y nostálgico lamento que tristemente devino en el insufrible Reggueton de los irreconocibles millenials, nietos de la Mona, Andrés o míos.