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NOSTALGIA COMUNITARIA

El martes 15 enero, 2019 a las 2:14 pm

NOSTALGIA COMUNITARIA

NOSTALGIA COMUNITARIA

Por Luciano Rodríguez M.

«¿Que cómo se fundaron nuestras comunidades rurales en el Norte del Cauca? A ver le cuento. Por allá a finales del siglo XIX, los hijos de los esclavos que tenía Julio Arboleda en la hacienda La Bolsa lograron conquistar un pedazo de tierra donde trabajar para rehacer su vida, y esparcieron semillas que al germinar formaron las fincas tradicionales. La mayoría de estas estaban ubicadas en las riberas de los ríos Paila, Güengüé y Palo» (Casarán, 1998). No fue necesario mucho tiempo para que productos como el cacao, café, plátano y tabaco, que cultivaban estos campesinos, fueran apetecidos con particular interés por centros poblados como Cali, Caloto, Santander de Quilichao y Puerto Tejada. Alrededor de un tronco familiar se formaron pequeños «núcleos poblados» a los que se sumaban, o bien nuevos integrantes de la familia, o parientes cercanos y lejanos que añadían sus brazos a la labor de la finca. La necesidad de transportar los productos de la finca forjó el trazado de caminos y carreteras rudimentarias, al lado de las cuales se construían nuevas viviendas.

No es la pretensión de este escrito dar cuenta de la historia de las comunidades, como sí lo es el realizar una mirada que permita apreciar algunos elementos y características, que nutrieron la dinámica del modelo de vida comunitaria y cultura que emergió en estos vecindarios rurales en el Norte del Cauca. El sentido de lo colectivo era un rasgo propio de esta cultura. Alimentadas en una buena parte por la convicción de que para un afrodescendiente el individualismo es debilidad, las nacientes localidades rurales se aferraron a la idea de que el cimiento de la vida en sociedad, dependía de un fuerte sentido de lo colectivo. En consecuencia, quienes habitaban estas localidades no ahorraron esfuerzos por arracimarse, hasta conseguir la apropiación prolongada de un compromiso colectivo que se convirtió, con el paso del tiempo, en una fuerza visible que, al expresarse con naturalidad en la interacción recíproca de las personas como signo permanente de la convivencia, nutría y potenciaba la vida comunitaria. La experiencia de pertenecer a una colectividad y comprometerse con ella, el sentimiento general de mutualidad e interdependencia (Sánchez, 2001), le otorgaban a la vida sentido y propósito. De ahí que, en opiniones generalizadas, pobre es quien, incapaz de sintonizarse con el espíritu colectivo, no posee comunidad.

NOSTALGIA COMUNITARIA

La solidaridad, fruto del espíritu colectivo, constituía también otra fuerza que potenciaba no pocos de los ejercicios y quehaceres de la vida consuetudinaria. «En épocas de cogida de cacao o café, era bellísimo ver cómo se juntaban las manos no solo de la familia sino de los vecinos y los amigos que acudían a las mingas para que la cosecha de la finca no se perdiera», indicó un campesino evocando aquel pasado cercano. Las comunidades nortecaucanas, cooperadoras y solidarias con naturalidad, se distinguían por tejer unos compromisos de obligación fraternal, reafirmando el derecho de todos a una seguridad comunitaria frente a los desafíos, errores y desgracias que son los riesgos inseparables de la vida cotidiana (Bauman, 2003). Ser un «individuo» comunitario implicaba, por un lado, la aceptación de una responsabilidad inherente a las consecuencias de la interacción y, además, el cultivo de una actitud de cooperación genuina con los otros, apoyada en un fuerte sentido de pertenencia (a la comunidad). Y como la vida suele venir acompañada de necesidades de todo tipo, dilemas, pruebas y dificultades, las comunidades nortecaucanas encontraron en la solidaridad el lenguaje apropiado para brindarse apoyo, respaldo, ayuda y protección. En la comunidad La Primavera, por traer a colación un ejemplo, uno de los miembros de una familia cultivó desde pequeño el anhelo de llegar a ser un médico. En no pocas ocasiones el sueño de este jovencito se vio empañado, puesto que las implicaciones financieras para un estudiante de medicina en Popayán, superaba la capacidad económica de una familia del campo. Sin embargo, en tales circunstancias, las manos de los vecinos siempre estuvieron prestas a brindarle apoyo. Al fin y al cabo, la materialización del sueño de este joven era también un compromiso comunitario.

Un sentido fuerte de parentesco y el carácter amplio de la familia, son también elementos constitutivos de la vida comunitaria de antes. Las familias estaban unidas por vínculos sólidos que se extendían incluso más allá de la consanguinidad, hasta formar un intrincado tejido de interrelaciones en donde cada miembro daba su respaldo y lo recibía de cada otro miembro, rodeándolo y sintiéndose confirmado frente a la comunidad (Pineda, 1968). Alrededor de cada núcleo familiar se iban sumando otros: los ahijados, primos lejanos y amigos que terminaban siendo considerados como «familia». En no pocos casos estos últimos heredaban un pedazo de tierra donde forjar su vida y su morada. Es preciso aclarar, nos advierte un estudio sobre familia negra realizado por Atencio y Castellanos (1982), que el carácter de la familia extensa no se reducía al grupo doméstico propiamente dicho y antes definido, sino que configuraba una red de vínculos sociales y de parentescos cuyos límites desbordaban las fronteras marcadas de la familia conyugal, fomentando así la unidad comunitaria que representaba una protección para el colectivo. El decir de los viejos es que «antes todos éramos familia». Galvanizado por un sentido fuerte de parentesco, un vecino tenía autonomía plena para reprender el mal comportamiento de cualquier niño del vecindario, regañarlo, e incluso aplicarle un fuetazo, puesto que, en últimas, se pertenecía a la gran familia comunitaria.

NOSTALGIA COMUNITARIA

Si dijéramos que una infortunada concepción de la «felicidad» del hombre moderno consiste en apetecer lo que se exhibe en las vitrinas y la compulsión por comprar y consumir lo que más se pueda, tendríamos que aceptar que, en el modelo de vida comunitaria de antes, ocurría lo diametralmente opuesto. Desde que se fundaron estos vecindarios, sus habitantes se dieron a la tarea de cultivar una vida austera y simple, sustentada en aquellos valores que se consideran dignos de ser inculcados a los niños y a los jóvenes, y que aportan al beneficio de todos. La generosidad es tal vez la cualidad que mejor define a una persona del Norte del Cauca. Por más precario y pobre que fuera un hogar, las manos de quien lo visitaba nunca llegaban ni salían vacías. La cultura del intercambio mutual, respaldada por la generosidad de corazón de los vecinos, aseguraba que la comida nunca faltara. Uno de los deleites mayores para un agricultor nortecaucano, era coger el mejor fruto de su finca y colocarlo en las manos del visitante. El respeto hacia los mayores, saludar con cortesía, vestir con dignidad, no ingresar a una casa sin ser invitado, el cuidado y aprecio a la naturaleza, jamás «meter el pico» mientras un adulto hablaba, obedecer a los padres, hacía parte de un nutrido cuerpo de valores que se gestaba en el corazón de la vida comunitaria.

Que el olvido está lleno de memoria y patrimonio inmaterial, no es un secreto para nadie. Esta sociedad —la nortecaucana—, supo diseñar estrategias para asegurarse de que sus saberes y tradiciones contaran con herramientas que les garantizara su continuidad. Los relatos y narraciones de historias trasmitidos a través de la oralidad, en especial por parte de los abuelos, los juegos tradicionales, los cantos, ritos y danzas, han fungido como vehículo para que gran parte de esa memoria fuera transmitida a quienes crecían detrás de los adultos. En la medida en que el campesinado nortecaucano desarrolló su propio modelo de economía sustentable, que tenía en la finca tradicional su principal elemento, se fue acumulando un cuerpo de saberes derivado de la experiencia: el amplio conocimiento sobre prácticas relacionadas con la agricultura, particularmente, el momento preciso en que la posición de la luna favorece la siembra de determinada semilla y su adecuada germinación; el cultivo de un vínculo asombrosamente místico con la naturaleza y con la tierra; el saber de las abuelas sobre la medicina tradicional basada en el poder curativo de las plantas medicinales; la experiencia confiable de las matronas que atendían en sus propias casas los partos de sus vecinas; la preparación para futuros roles de adultos recreados en forma de juegos; coloridos relatos de su accidentada historia y hazañas de héroes locales —como el caso de Cenecio Mina, Domingo Lasso, Lujuria—, inmortalizados en cuentos, danzas y cantos; un catálogo exquisito de creencias y mitos con enseñanzas valiosas de tipo moralista. La vida comunitaria, en consecuencia, recibía y a su vez proveía, la enjundia que posibilitó la creación y re-creación de una identidad propia que, pese a la enorme gama de matices inherentes al sincretismo cultural latinoamericano, aún conserva un marcado tinte de africanidad.

NOSTALGIA COMUNITARIA

La religiosidad es un rasgo más de la vida comunitaria. La expresión más visible de este elemento es las adoraciones al Niño Jesús, herencia religiosa de los esclavos a quienes se les permitía alabar al Niño Dios a finales de enero o comienzos de febrero puesto que, en palabras de Manato, gestora y promotora de esta tradición en Villa Rica, «en diciembre el Niño Jesús estaba demasiado ocupado con los blancos». Las adoraciones han sido históricamente una fiesta comunitaria en la que «todos» se reúnen para expresar su devoción y amor al Niño Jesús. Se reza, se comparte, se baila, se disfruta y se canta. «La fiesta tiene como eje principal una escenificación dramática que dura un día y cuyo argumento central es la búsqueda del niño que se encuentra en algún lugar, en la vivienda de una de las cantoras y debe ir a buscarse. El niño es un muñeco guardado con especial esmero para la ocasión, su búsqueda de casa en casa y su hallazgo son una celebración y motivo de regocijo» (Ballestero, 2014). La recreación del nacimiento del Niño Jesús es la escena más importante de esta tradición religiosa. Frente al pesebre, luciendo sus mejores vestidos y peinados, las niñas se arriman con reverencia para declamar sus loas, al tiempo que las cantoras entonan las fugas y danzan con los bailes típicos de la región. Un marcado acento de la religiosidad se refleja en los dichos populares: «vaya con Dios»; «que mi Dios se lo pague»; «con la venia del Señor»; «mi Dios me lo guarde»; «con el favor de mi Dios». También el bunde, ritual utilizado para despedir el alma de un «angelito», es una manifestación del carácter religioso enraizado en la vida comunitaria.

Cada uno de estos elementos, más otros que no se han mencionado aquí, aportó a la configuración de un modelo de vida comunitaria vibrante y saludable. Un modelo de convivencia que bien se podría definir como la construcción de una conciencia comunitaria y una voluntad colectiva. Más allá de la asociación de personas que compartían un espacio físico e interactuaban entre sí, los vecindarios rurales del Norte del Cauca estaban animados por un espíritu comunitario, que les motivaba a trabajar unidos por un propósito común: el progreso y bienestar de la colectividad. Sin embargo, la anterior definición, atractiva y poética, dista enormemente de lo que hoy son las localidades de esta región. En los sesenta y los setenta esta franja de tierra fue escenario de una serie de acontecimientos y factores que ocasionaron cambios categóricos en la sociedad nortecaucana, y arrojaron a las comunidades a una vorágine sin precedentes. Sin entrar a profundizar en estos factores, y solo para las pretensiones de este artículo, podemos citar los siguientes: el ingreso de la industria de la caña de azúcar y la necesidad de tierra para expandir su oferta, hizo que muchos de los campesinos vendieran sus fincas tradicionales; la pérdida de la tierra era equivalente al quebranto de la economía familiar, sustentada básicamente en el «pancoger» que proveía la finca; trabajar como asalariado en lo que antes era su tierra, con salarios miserablemente bajos, resultó ser el nuevo destino de muchos campesinos, mientras que un porcentaje alto de las mujeres se tuvo que desplazar a Cali para ofrecer sus manos como empleadas domésticas, lo que expuso un escenario poco favorable para las generaciones que estaban creciendo; la familia, espacio estratégico para la reproducción de normas sociales y valores morales que son determinantes para la vida, se vio fuertemente sacudida, hasta el punto de llegar a un debilitamiento incuestionable que se manifiesta en un ambiente de permisibilidad y relajación extremas; sin la voz de la autoridad y el control familiar de otrora, las nuevas generaciones se levantan en medio de una interacción compulsiva con los dispositivos tecnológicos, las redes informáticas, la calle y las nuevas propuestas identitarias que les ofrece una propaganda arrasadora, que fomenta el apetito por el entretenimiento y la insaciable sed de consumir; a todo lo anterior se suma el incisivo acento puesto en el cultivo de un individualismo competitivo que, con el advenimiento del capitalismo moderno, ha llegado a ser endémico en las sociedades actuales.

Al perder su sentido colectivo y de construcción creativa, la comunidad se ha convertido en un escenario débil y altamente vulnerable a las amenazas de las fuerzas desintegradoras y a los efectos de los conflictos internos. El debilitamiento de los vínculos y redes amplias de parentesco, aparejado con el menoscabo de un cuerpo de valores morales y espirituales que constituye el basamento de toda vida en sociedad y garantiza su estabilidad, parece haber enfrascado a quienes hoy residen en los caseríos del Norte del Cauca en un ambiente de incertidumbre y desesperación prolongadas, creando así las condiciones propicias para que sea posible el vacío de la identidad comunal. Pareciera que es poco lo que se puede hacer al respecto. Sin embargo, en este nuevo paisaje en el que tiene lugar la experiencia actual de los nortecaucanos, un destello de luz asoma alrededor de las generaciones más jóvenes, y nos recuerda que el potencial para renovar el espíritu colectivo y palpitante de la vida comunitaria todavía está latente. Más allá de la preocupación por los tipos de comportamiento inadecuados —y en ocasiones hasta alarmantes— adoptados por muchos jóvenes, hemos de recordar que en la generación de los niños y los prejóvenes una comunidad posee su mayor inversión. Los niños, nos recuerda la Casa Universal de Justicia (2000), son el tesoro más precioso que posee una comunidad, pues en ellos reside la promesa y garantía del futuro. Vistas las cosas de este modo, aflora una pregunta ineludible que cada comunidad debe abordar: ¿Es la comunidad consciente de que, al descuidar a los niños y a los prejóvenes, lo que está en juego es nada más y nada menos que la seguridad y el futuro de su localidad? Porque, aceptémoslo de una vez, lo que vemos hoy en nuestras comunidades no es otra cosa que el fruto de lo que dejamos de hacer, o por lo menos, de lo que no hicimos tan bien, respecto de estas poblaciones. Como complemento del cuestionamiento anterior, es oportuno que quienes residen en estas localidades se pregunten también, ¿qué tan dispuestos y preparados están para asumir la responsabilidad inaplazable de atender y cuidar a sus menores? Es ingenuo, por decirlo de alguna manera, pensar y esperar que la solución a los desafíos que enfrentan hoy las comunidades rurales del Norte del Cauca provenga de afuera, o que sea esta una responsabilidad que se endosa únicamente a la escuela. Poco acertado sería también pasar por alto los complejos cambios y transformaciones por los que han pasado, en especial en las dos últimas décadas, las localidades en mención, y que, sin duda, han modificado el horizonte de su realidad. Con todo, y mientras permanezca viva la esperanza, el imperativo que cada comunidad ha de enfrentar, si se espera recuperar la estabilidad social de estos vecindarios, es diseñar un guion de actuación que sea capaz de cambiar el rumbo trazado por las fuerzas desatadas de la desintegración, y que esté encaminado hacia la educación espiritual de los niños y de los prejóvenes. De este modo, mediante un compromiso notable de influencia espiritual y transformación social recíprocas, la comunidad —esa palabra dulce—, volverá a ser el refugio cálido, acogedor y placentero que provee confianza y seguridades a sus miembros.

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Otras publicaciones de este autorhttps://www.proclamadelcauca.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/luciano-rodriguez-mazabel/

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