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Nocturno de la guerra

El domingo 3 abril, 2016 a las 11:06 am

Armando Orozco Tovar

Armando Orozco Tovar.

La guerra es la continuación de los miedos por otros miedos. Sandwichevich.

Napoleón inventor de la guerra. Chiquito y rechoncho, un día no pudo como acostumbraba cogerse las manos detrás de las nalgas, ni montar en su albo alazán como lo muestran las porcelanas. Bolívar, supo morirse a tiempo. Joven pero ya viejo de traiciones sin corona y en un roto catre de campaña. Terminan así las largas jornadas de las contiendas. Cuando el cuerpo no puede con la panza de la guerra vieja prostituta sin dientes. Termina la furia de los cojones del alma. Transformándose los guerreros en sacerdotes. Se mueren a carcajadas las calaveras de Posada en la fiesta de las “catrinas” vestidas. Con calaveritas de dulce que encantan a los niños, el sabor a pan muerto, y las flores de cempasúchil, por todo lado. El inventor del amor y del dolor con los siglos pasó a ser un eterno crucificado, para hacer fortuna a los eclesiásticos, después de haberse bajado del palo. Y Homero inaugurador de la poesía su rostro fue ignorado. Todo envejece hasta los muertos. Sólo sale triunfante la juventud de la pobreza. La caja fuerte de los bancos tampoco cana. El moho de los billetes es cambiado por otro. La riqueza será siempre joven necesitada de paz para los negocios y el ejercicio del poder.

Napo el inventor de la beligerancia, un día no pudo amarrase los botines, ni treparse a Josefina. Tampoco necesitó del internet para sus victoriosas cabalgatas eróticas por los ciberespacios europeos. Su alma antes se paseaba segura por la estreches gigante de su cuerpo de corso y corsario francés, igual a los de ahora. Cuando ya no pudo atarse los calzones, apago triste el fuego de sus cañones. Julio César con sus hordas de centuriones, cuando se les caducaron usó tirantas, transformó a Roma en un imperio, y Roosevelt a la nación norteña en gendarmería. El colonizador Colón, antiguo y despistado, no hizo más que perseguir indianas accidentales. Se necesita juventud para portar fusiles. Los ejércitos envejecen en los cuarteles de invierno del mundo, cuidándoles la fortuna a los generales y banqueros. Es hora del desarme. Para armándose sólo de justicia social.

Que el árbol del pan florezca en las madrugadas de los pobres. Sólo la guerra dejará su última bala en la recámara de su alma. Vayámonos a dormir tranquilos, mientras afuera de las ventanas, descansa en paz la guerra, fundada por el bueno de Bonaparte.

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