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Nocturno de abril

El miércoles 27 abril, 2016 a las 4:30 pm

Armando Orozco TovarArmando Orozco Tovar / armandorozco2012@gmail.com / Miraba a su interlocutor fijamente sin parpadear, el tiempo que le interesaba. Si no era así lo ignoraba. Su figura era delgada y alta. Y en la “Juventud” lo bautizaron “Flaco.” Poco lo vi, pero lo recuerdo como si lo hubiera visto muchas veces. Era de esas personas que no se olvidan. Risa y locura se juntaban en él con su creciente melancolía disimulada. Tenía la imagen y “el vino triste”. Siempre estaba en movimiento. Brincaba en aquella edad remota, haciendo una cosa y otra. No lo repaso interviniendo, dando charlas conferencias, parecía sólo interesado en actuar. Lo encontré pocas veces, ahora rebuscado en la desmemoria como un sueño: ¡Vaya aparador! “de roble oscuro”… “Sólo bullicio de viejas antiguallas”. Tenía propiedades fantásticas propias de algunas gentes del Caribe. Nació en el lugar en que murió Bolívar, teniendo la genialidad de recuperar su espada relegada de su dominio, donde soportó resfriados, gripas, intentos de atentados. Pero sobretodo, las caricias tibias y ecuatoriales de su amada, venida del centro de la tierra. Quién sabe si el costeño, pariente de un fuelle de acordeón, fuera capaz de detener con disparos una mosca en el aire. Prefería cambiar el mundo con palabras: “No soy más que ellas”; decía: Necesitadas para la fiesta del país de los hablantinosos. Dejó de creer en clases abandonando pronto las del colegio, y su heredada biblioteca diminuta, donde estaban los del que nunca supo que le derribarían sus estatuas. Era dirigente de jóvenes aburridos por la cháchara de un eterno viernes santo, y fórmulas y códigos pegados con alfileres de olvido. En su tierra con su madre y compañeros, se despidió decidido a desgajar en el aire la cadena de oro mompoxino del afecto, que desde niño lo acompañó por su accidenta herida de su pierna. Entregó la espada, pero no su voz cierta. Sabiéndose dueño de la adarga y los relinchos, yendo por sendas vacías de vientos revueltos. De repente en un abril y cerrar de ojos descendió al fondo del océano.

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