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Domingo, 8 de diciembre de 2019. Última actualización: Hoy

NO VAMOS PARA NINGUNA PARTE

El domingo 8 septiembre, 2019 a las 1:23 pm
NO VAMOS PARA NINGUNA PARTE

NO VAMOS PARA NINGUNA PARTE

Conferencia dictada por Gustavo Álvarez Gardeazábal en la Feria del Libro de Itagüí

He sido convocado para que exprese aquí mi opinión sobre para dónde va Colombia. Tengo que ser categórico: Colombia no va para ninguna parte.

Este país perdió la brújula buscando el tesoro escondido que nunca supo si era la guerra, la paz, el oro o el narcotráfico.

Y, como buenos descendientes de españoles, hemos andado metidos en una y mil guerras civiles a lo largo de toda su historia. Nunca hemos tenido completa paz. Nos hemos pasado 200 años firmando treguas, armisticios y redactando nuevas constituciones para satisfacer a vencidos y vencedores. Siempre hay alguien a quien no le gusta la paz y alguien que cree que es mejor seguir haciendo la guerra para que sus negocios rindan. Lo vimos durante todo el año que lleva el gobierno Duque. Lo estamos viviendo por estos días con la declaración de guerra de Márquez, El paisa y Santrich, quienes habían firmado el acta del acuerdo de La Habana.

¿De dónde viene la semilla de la guerra a Colombia?

Como buenos descendientes de indígenas que en vez de forjar un imperio como el maya o el azteca o el inca prefirieron tener 120 tribus, 120 caciques y 60 guerras.

Como descendientes forzados de negros traídos luego de ser prisioneros de guerras que perdieron en el interior de África y los sacaban a la costa para venderlos a los portugueses.

Como nos conquistaron con la cruz de la crueldad inquisidora y con la espada visigoda que negoció, combatió o expulsó a los árabes que también dejaron su semilla de guerra traída en las banderas del Mahoma guerrero.

Como somos un amasijo de perdedores eternos, no hemos podido encontrar para dónde vamos, pero seguimos buscando el tesoro.

Los españoles, andaluces y extremeños, vascos y castellanos creyeron que conquistar Colombia era arrebatarle el oro que les colgaba a los indios o que enterraban al lado de los cuerpos de sus caciques muertos en sepulturas no muy profundas.

Pero todos vinieron a buscar el tesoro.

Y cuando no encontraron a El Dorado y se acabaron las guacas, sus nietos, bisnietos y tataranietos salieron a escarbar superficialmente la tierra o a lavar las bateas en las aguas de los ríos para encontrar la veta del oro de donde los indios extraían todo el brillo que les colgaba.

Lo hicieron burlándose de los ancestrales métodos indígenas y por eso despreciaron las minas de Buriticá, donde por siglos habían amarrado a los indios de sus pies y los metían en huecos profundos a cavar la tierra y buscar el brillo.

¿Quiénes buscaban el oro de Colombia?

Les dio pereza abrir huecos para encontrar la veta. Trajeron los métodos españoles ,no los de otras partes de Europa y solo cuando la iglesia y los gobernantes de Madrid permitieron que vinieran ingleses expertos en minas a las orillas del río Cauca y alemanes a las breñas de Santurbán, la minería de oro se volvió rentable e hizo grande, para la guerra y para el poder, a Antioquia y a Santander, pero como los administradores de la cosa pública y del ocultismo de la iglesia estaban en Popayán o en Santa Fe de Bogotá, el oro que podría haber sido el verdadero tesoro de la nación resultó envidiado y no aumentado ni aprovechado.

Para arrebatárselo y controlarlo, se revivió el ancestro guerrero español y vinieron las guerras civiles buscando solucionar las diferencias y quedarse con el tesoro, que ya no era oro sino el de los cofres del presupuesto nacional.

Pero no hemos llegado a ninguna parte y no vamos para ninguna parte porque desde cuando conseguimos la independencia, lo primero que hicimos, como buenos herederos de las culturas españolas, indígena y negra, fue ponernos a guerrear entre nosotros mismos porque unos querían el federalismo y otros el centralismo.

Fuimos entonces capaces de construir la Patria Boba por no ponernos de acuerdo para administrar la nueva nación que las circunstancias nos entregaban y entonces nos tocó sufrir la reconquista española que no quería perderse el tesoro que era Colombia y nos correspondió presenciar la matazón de un puñado de luminarias científicas, políticas y literarias que estaban pretendiendo manejar la nueva república.

Por 200 años entonces, nos hemos estado buscando la camorra para convertir el tesoro del Estado en un botín y administrarlo o robarlo, despilfarrarlo o sacarlo a paraísos fiscales.

¿Es Colombia un país agrícola?

La gran disculpa fue creernos grandes filósofos, sin haberlo sido jamás, y dividir nuestras opiniones entre liberales y conservadores alentados por la Iglesia que se encargaba de escoger quien era el candidato de los conservadores para dirigirnos.

Y cuando nos hemos puesto de acuerdo para repartirnos la marrana, como cuando inventamos la paz con el Frente Nacional y acabamos la violencia entre liberales y conservadores, le dimos cupo a nuevas formas de buscar el tesoro. Entonces llegaron la coca y la marihuana y sobre sus hombros el narcotráfico con todas las consecuencias que hoy nos tienen aquí afirmando que este país no va para ninguna parte.

No tenemos rumbo. No somos un país agrícola aunque tenemos 245 mil hectáreas sembradas de caña de azúcar pero nos sobra la mitad de la producción porque no tenemos donde exportarla.

Tampoco somos un país agrícola porque tenemos 220 mil hectáreas sembradas de coca que da vergüenza las, pero mucha plata a los mexicanos que la patrocinan o la comercializan y a los gringos y europeos y asiáticos que la consumen.

No somos un país agrícola porque pese a que tenemos grandes ríos y fuentes de agua y rebosante trópico, no hemos sido capaces de canalizarla para volver productivos y rentables grandes extensiones de terreno.

¿Nos ganaremos el engañabobos del baloto?

Nos hemos quedado con represas que paran el Magdalena o el Cauca o el Ranchería, pero que no reparten las aguas en distritos de riego.

No fuimos capaces de volver productivo el maracuyá ni la tilapia. Los cafetales ,que nos dieron con qué vivir por un siglo se los dejamos a los abuelos, y en vez de implementar su rendimiento y de innovar con bríos juveniles las nuevas variedades o las nuevas metodologías, preferimos mandar los hijos de los cafeteros a que estudiaran en las ciudades y no volvieran al campo.

Y como en el campo no había nada que hacer, a los muchachos que se quedaron allá los involucramos en la guerrilla o en el servicio militar y los acabamos de sacar de donde deberían estar encontrando el verdadero tesoro de la vida.

Crecimos con mentalidad de guaqueros. Por eso somos inmediatistas. Por eso fuimos los mejores narcotraficantes del mundo. Nos inculcaron la meta de encontrar el tesoro sin tener que trabajar mucho, creemos en el fondo que sacando el oro de las guacas y no horadando día a día la tierra podíamos enriquecernos. Por eso también somos un país que juega la lotería y aspira ganarse el engañabobos del baloto. El narcotráfico creció porque era una manera rápida, aunque no fácil, de ganar dinero.

Las guerras las hicimos siempre por lo mismo aunque siempre sabíamos que no terminaban en nada de lo que buscaban.

Hoy en día basamos nuestra economía no en el medio millón de familias que cultivan los cafetales sino en los raspachines que siembran, cosechan y pisan la hoja de coca en 220 mil hectáreas.

¿La paz en Colombia fue exclusiva?

Pero la comida la importamos en vez de producirla. Cada vez nos llegan más limones y naranjas y mandarinas importadas. Cada vez dependemos menos de lo que se puede conseguir en el campo porque desde cuando Gaviria hizo la apertura económica y precipitó el cambio de 12 millones de colombianos que respondían por esa comida y salían cada semana a intercambiar sus productos, por 12 familias que importan hoy los alimentos, esto se jodió.

No vamos para ninguna parte porque Santos hizo una paz exclusiva y excluyente y nos permitió volver a usar las carreteras para el turismo pero como a negociarla en La Habana no invitó a Uribe y a quienes habían usado las fuerzas armadas para arrinconar a la guerrilla, el pacto de La Habana, que nos ha traído un alivio, resultó combatido con fiereza por los excluidos.

Y como tampoco quienes lo redactaron y firmaron fueron capaces de tocar con nombre propio el negocio del narcotráfico que había alentado la guerra, los grandes caimacanes de la guerrilla en la coca, acaban de volver trizas otra esperanza más declarándonos otra vez la guerra.

La historia se encargará de juzgar qué tan equivocado estaba Santos firmando una paz exclusiva y excluyente o qué tan acertado podría estar Uribe combatiendo ese fin de la guerra y buscando como desatar otra. O que tan exagerados resultamos ser los que criticamos desde nuestras columnas periodísticas que en La Habana no se quería hablar a calzón quitao del verdadero problema de la guerra: el narcotráfico.

Prefirieron irse en generalidades y esquivaron la puntilla que sigue chuzando en el zapato de los Estados Unidos pero financiando nuestra economía y, obviamente la de la guerra.

¿Por qué Colombia está cayendo en la pereza?

Mientras tanto, el país agrícola ha dejado de producir lo que consume y no ha sido capaz de encontrar algo distinto al café para exportar a precios competitivos. Parecería que se nos olvidó la posibilidad de fabricar con lo que tenemos o de cosechar lo que podríamos producir con ventaja. No hemos sido consecuentes. Ensayamos con volver al Valle de Aburrá un emporio industrial y un país donde fabricar telas era negocio. Llenamos de humo contaminante la atmósfera de este valle, vimos quebrar los telares y preferimos buscar las telas chinas en el mercado de Panamá, contrabandeando o pagando impuesto.

Traspapelamos casi todo por la ilusión de ser un país minero sin tener ni la décima parte de las minas de oro, aluminio o plata que tiene Venezuela. Ilusionados en que somos un país petrolero (y no alcanzamos a extraer un millón de barriles diarios) nos pusimos a creer que con esas divisas que nos malpagan por horadar la tierra tenemos como comprar todo lo que importamos.

Por todo ello nos hemos ido descuidando, cayendo en la pereza que aúpa la comodidad, al punto que desviamos la imaginación y la inventiva para buscar nuevas formas de engatusar a la hora de comerciar y se nos olvidó por completo la necesidad de modernizar o de innovar lo que producimos.

Seguimos siendo los perdedores de siempre. Cuando teníamos que volvernos exportadores nos convertimos en grandes importadores. Cuando teníamos que seguir abriendo pozos para justificar el carácter de país petrolero, Ecopetrol se va a buscar fracking en los Estados Unidos. Por eso es que no vamos para ninguna parte.

Pero más grave aún es la atonía en que hemos ido cayendo de manera precipitada en los últimos años. Hemos ido perdiendo la capacidad de reacción. Nos hemos dejado convencer por los titulares de los medios convertidos en mensajes de 240 caracteres en el twiter o el face. Dejamos de leer. Dejamos de prepararnos. Mr. Google todo lo resuelve. No vemos entonces la razón para estudiar o para investigar. Siempre creemos que con plata se compra lo que hace falta. Cada vez se lee menos. Apenas si se hace por obligación mientras se está en el colegio. Pero casi nadie lee un libro completo. Para hacer las tareas siempre hay un rincón del vago donde hacen los resúmenes de los libros y no se necesita gastar horas en comprender el libro. El copy paste se ha vuelto norma en los trabajos de universidad. Siempre en internet hay alguien que ya ha estudiado o hablado o investigado el tema que se propone en las aulas universitarias y en las de bachillerato. Es algo más que la atonía, es la desidia. Y al paso que vamos con una juventud que cada vez se aleja más del lenguaje hablado y se mete como topo hambriento en el Smart. Con una sociedad donde se busca solo la comodidad con facilidad y la meta es conseguir dinero para comprar esa comodidad, pero sin hacer muchos esfuerzos. Con todos esos factores, no creo que podamos ir para ninguna parte.

El modelo político, educativo y judicial

Necesitamos cambiar el modelo educativo que lo estructuraron para que fuera competitivo antes que otra cosa. Hay que abolir de un todo las calificaciones porque aprender no es una competencia donde se debe valorar con una nota si se aprendió o no la lección. Hay que construir una educación donde se razone, se promueva la imaginación y se estructure la comprensión. No donde se esté todo el tiempo compitiendo.

Necesitamos cambiar el modelo político sobre el cual sostenemos un remedo de democracia queriendo aparentar que tenemos representatividad. Como perdimos la conexión entre los que se eligen y los electores. Como no hemos sido capaces de estructurar nuestra democracia exigiendo que el concejal o el diputado o el congresista sea de verdad el representante, se nos olvidó para qué existen los cuerpos colegiados y mucho menos que sabemos a dónde llegan.

Debemos hacer una cadena completa desde el barrio o la vereda hasta la nación entera montando una escalera en donde los concejales sean elegidos por barrios y los diputados sean elegidos por los concejales y los congresistas sean elegidos por diputados. Dejemos esa vagabundería de las listas y los avales y no nos dé miedo de acabar de un tajo con esos fantasmas llamados partidos políticos. Corrijamos de una vez por todas ese embeleco de la mermelada que el gobernante le da a los que aprueban las leyes. Si queremos democracia no podemos seguir insistiendo en pagar por el voto… y mucho menos en cobrar por él. Exijamos representatividad, no cuentas anuales sobre lo que han hecho o sobre como envuelven los trucos para quedarse con un porcentaje cada vez más crecido de los contratos.

Si queremos llegar a alguna parte, este país debe dejar de ser gobernado por los jueces y los contratistas, quienes son en el fondo los que orientan la nación comprando o vendiendo la libertad, ajustando o completando las opciones, patrocinando los candidatos o autorentándose entre los dos.

Si este país va para alguna parte, debemos voltear patas arribas el sistema judicial. Tenemos que desnudar el disfraz hibrido de la justicia oral copiada de los anglosajones, para que nos demos cuenta todos que ese modelo calvinista y luterano no aplica en la estructura mental de mestizos educados en el catecismo católico español.

Eliminemos las cortes sobrantes e inoficiosas, una sola Corte como en los Estados Unidos bastaría. Pero tenemos entre cortes y tribunales más de 300 magistrados. ¡Ni Roma que fuéramos!

Destruyamos los sistemas de inteligencia que rodean a nuestros gobernantes para estar buscando enemigos donde no los hay y usémoslo para combatir el crimen y el raponeo y el secuestro y todos esos males que nos han dejado la envidia, la venganza y el facilismo.

Despojemos a los políticos del poder sobre la Procuraduría, la Fiscalía y las Contralorías que terminaron siendo cotos de caza de los congresistas que los elijen.

Acabemos con ese vicio hipócrita de los vigilantes de los vigilantes, como la Auditoria y la Contaduría Generales de la República.

Pero también replanteemos la educación de los policías, garanticemos la de los soldados y suprimamos los privilegios de los privilegiados de uniforme.

Hay que meter en cintura a los bancos con una Superintendencia que de verdad los vigile no que los acolite.

En fin, hay tanta cosa que habría que cambiar que me vuelvo cansón enumerándolas.

Pero antes que todo ese andamiaje nuevo que propongo, si Colombia quiere tener futuro y saber para dónde va, debe hacer un esfuerzo mayúsculo por eliminar los sentimientos de envidia y venganza que la embargan. No podemos avanzar mientras siempre exista la posibilidad de que tengamos que cobrarle al prójimo su equivocación, su maldad o su repudio. O que en vez de aprender a imitar al vencedor pretendamos destruirlo para que no siga triunfando. Lo que nos está pasando por estos días, cuando los guerreristas de un bando y del otro quieren llevarnos de nuevo a la confrontación que creíamos haber superado, es fruto de la envidia y la venganza. Hemos estructurado una filigrana de venganzas grandes y pequeñas y siempre estamos dispuestos a exigir compensación por lo que no fuimos capaces de enfrentar o de doblegar con razones, con argumentos o con la maldita fuerza. Si seguimos vengándonos no podemos perdonar, si no podemos perdonar no podemos avanzar y si no avanzamos nos envolvemos en la envidia por lo que no podemos lograr.

La venganza y la envidia

Son esos dos grandes defectos colombianos, la venganza y la envidia, a los que ni mandatarios ni religiones, ni medios de comunicación ni maestros ni padres de familia combaten.

Son la venganza y la envidia reinante a lo largo y ancho de este país lo que nos obliga a decir hoy aquí que Colombia no puede llegar a ninguna parte si sigue adorando ese par de dioses sobre los que queremos alegremente seguir construyendo a Colombia, sintiendo satisfacción por podernos vengar o ilusión por seguir envidiando lo que no somos o lo que no tenemos para quitárselo al que los posea o destruirlo para que no lo tenga nadie.

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GUSTAVO ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL
Itagüí, Feria del Libro, 2019

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