ipt>(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});
Lunes, 17 de enero de 2022. Última actualización: Hoy

NO LLUEVE EN POPAYÁN

El martes 21 julio, 2015 a las 2:28 pm
Paul Disnard

N. Sandoval Vekarich.

Realmente locos de atar, remedo de la índole propia de los potros que se exhiben y galopan sin sentido por la pradera. Nuestras travesuras eran bizarras e inocentes, no le hacíamos daño a nadie, aun cuando a veces fastidiábamos a quienes no tenían muy claro el sentido del humor. Nos autocalificábamos “los barbaros” por la inclinación a las aventuras exóticas, muchas veces sin sentido. Un joven sacerdote de nuestro barrio a quien le gustaban las pachangas y las serenatas a altas horas de la noche resultó siendo a la larga cura párroco en Palmira, allá íbamos a dar utilizando una vieja y destartalada camioneta que el día menos pensado terminó “deshuesada” y convertida en piezas de repuesto para los noveles mecánicos que solían participar de vez en cuando en los bailes que atizábamos a nuestras enamoradas vecinas en alguno de esos inmensos caserones coloniales que aun existían en nuestra época, antes de que fueran arruinados por un catastrófico terremoto que acabó con la placidez y tranquilidad de nuestra amada ciudad. Se llenó de forasteros, gente sin brújulas, que se asignaron el papel de desahuciados por la tragedia esperanzados en encontrar la manera de que el estado pudiera devolverles lo que nunca tuvieron. Muchos eran habitantes de la calle de las ciudades vecinas que se atrevieron a pescar en rio revuelto. Quebrado el espejo reprodujo en mil pedazos lo que no podía recuperarse, la agonía de la ciudad ha sido lenta e inexorable, condenados al exilio muchos en edad imberbe la abandonaron antes de que el tiempo empezara a demolerla.

Nuestro mayor placer eran las serenatas. Jaime tocaba el tiple y José Antonio una hermosa voz de tenor. El lugar propicio para ensayar, cantar y tocar las dos guitarras y el tiple, los únicos instrumentos de que disponíamos, era el cementerio, un bello cementerio cubierto de efigies en mármol y losas blancas y amplias protegiendo las tumbas, túmulos cuidados con esmero y adornados de flores siempre frescas, que yo recuerde nunca vi ramos marchitos,  tuvimos siempre la suerte de contar con la luna cuya luz azul iluminaba nuestras quijotescas calabazadas.

Una noche serena, de esas que no parecía imposible tocar las estrellas con las manos, a José Antonio se le ocurrió pedirle a los hermanos dentistas del vecindario que le prestaran el piano en el que con gran maestría ellos ejecutaban las piezas de moda entre los negros de Nueva Orleans, nos derretíamos de placer escuchando esa música exótica y lejana que clama siempre e indefectible por el eco de los tambores de una patria lejana perdida en la memoria de los ancestros. Alquiló un camión, en la plataforma destinada a la carga voluminosa y pesada instaló el piano que exigía un concierto y la presencia de un público desaforado batiendo palmas cantando y gritando de sana alegría. Nunca se me ocurrió preguntar el nombre del virtuoso que con maravillosa elegancia extraía del piano las más hermosas melodías, pero fue una potente y clara voz la que rompió el silencio de la noche. La una, quizá las dos de la mañana, ningún vecino protestó, se abrieron algunas ventanas, asomando sus bellas cabecitas niñas azoradas y felices querían disfrutar de ese singular espectáculo. José Antonio cantaba con todo el corazón su amor a la rubia y ojiazul descendiente de un inglés atorado en la añeja ciudad, un día cualquiera cuando sin ninguna razón aparente dejó de funcionar la caldera de un viejo tren dejando a la deriva a los eventuales turistas, allí empezó la más hermosa aventura del joven linotipista que cambió las verdes colinas de Irlanda por el valle de la eterna primavera, así llamado por los estrambóticos personajes que no se desprendían ni para dormir de las negras capas españolas ni de los sombreros andaluces, las mujeres celosamente aun guardan las mantillas de sus abuelas las manolas, relicarios de plata potosina y abanicos de nácar con incrustaciones de perlas de los mares del sur. Sobreviven en el desván retratos polvorientos de nobles cortesanos con la mano en el pecho protegiendo sus carteras, dicen que dicen son los nietos del duque de Olivares.  Esa noche tampoco llovió, estaban las estrellas más cerca de la tierra y del corazón de los enamorados. José Antonio cantaba a pleno pulmón: “Nosotros que nos queremos tanto”, pero Arcesio, un viejo y colérico coronel, veterano de una de las tantas y disparatadas guerras que han enloquecido el país, apagó el concierto con el disparo de una vieja escopeta de cacería.

Sigue a Proclama en Google News
Deja Una Respuesta
Abrir el chat
1
Paute aquí
Hola 👋
¿En que podemos ayudarte?