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NO HABLES MÁS DE ESAS SOMBRAS

El jueves 27 julio, 2017 a las 11:46 am

(De mi libro «El silabario perdido»)

El ser humano ha visto todos los rincones del mundo, menos uno: a sí mismo.

Y el yo lo es todo; el problema infinito, la música del alma, estridencias y armonías; lo más obvio y lo más nublado… primera y última estación de la existencia. Debemos inquirirle a él su propio nudo. ¿Es que acaso no le conocemos? ¿Y si le conocemos, por qué preguntarle? ¿Dónde su sustancia, su tiempo, dimensiones, origen y destino? Por si tú no le conoces: todas las preguntas son él mismo, su sustancia se enmaraña en su propia luz… su luz es el abismo insondable.

No me hables de él. Míralo, más bien; es tu propio ser, suspicacia de un delirio opaco. Algo lejano aparece entre los ojos, la ventana se explaya en el afuera, un velo inútil de palabras y de gestos… vienen de él, vuelven a él en el silencio. Vanidad de las palabras: lo cubren para tratar de descubrirlo; lo dibujan con líneas que lo borran. Como una cita imposible, no entendemos que no lo hemos entendido… niebla para siempre, rasgaduras entre la memoria… Y sin embargo todo es él, esta maraña del espíritu.

Ignorarlo es cómodo; hay un fingimiento, un presunto gris, la ráfaga del viento golpeando el infinito… Y sin embargo todo es él, esta maraña del espíritu.

Suscitar su presencia, atender al momento impredecible cuando se alza desde la ausencia y el desvarío invierte la mirada… Pero, ¿qué digo? ¿Cuándo está ausente esta presencia que siempre está presente? Los abismos nacen en el sueño de un desierto sin andar… las túnicas han caído sobre el mundo… Y sin embargo todo es él, esta maraña del espíritu.

Fenómenos, estaciones, horas, segundos, memorias de actos transgredidos por el tiempo, esperanzas que no llegan… Urdimbres de hilos finos, irrealidades siempre nuevas haciéndose reales en el tiempo de este tiempo…

Todo es este Yo, este perdido en sí mismo, este extraño para sí mismo, toda la conciencia de las cosas, todo el mundo en este mundo.

En su propio seno se despliega este vórtice infinito: infinito en ausencias, infinito en presencias; infinito en su propio desconocimiento, infinito en su conocimiento. No se da cuenta de que ya se sabe a sí mismo, no sabe otra cosa que a sí mismo… Así tejemos la historia en la red espectral de las contradicciones, en la vacuidad ilusoria de los mundos… Y sin embargo todo es él, esta maraña del espíritu.

Hacer de uno mismo el objeto del conocimiento… lograr un reflejo-reflexión a la manera de espejo donde vemos nuestra propia imagen. Imagen, ved tu eco en la distancia sin distancia, en la distancia que se suprime a sí misma.

¿Acaso puedes tú dejar de ser tú mismo? ¿Acaso puedes ir en contra de lo que
se es, dejar de conocer lo que se es? La imagen es el ser,
el ser se
ve a sí mismo en la imagen.
Y aun desconociéndote, tú ya te conoces;
eres la mismísima pregunta, el
extrañamiento y el encuentro.
No corras detrás de los
espejos; enfréntalos, míralos de frente pero no dejes que ese lago de mercurio te saque de tus ojos; no dejes que el
oráculo se parta en mil pedazos; no dejes que tu sombra vaya tras tu propia sombra… no dejes que lo ficticio venga a tu propio encuentro, te halle dormido al lado del camino… y te duermas en tu propia imagen…

Pero no hables más de esas sombras; lávate el semblante, porque el yo es la realidad. Realidad, niebla que oscurece su extravío. Se explaya en el afuera, se aferra a la forma, se aliena en ella misma; desespera por perderse en ella; se paladea un sabor, a costa de perder la mismidad, en la ausencia de su propio rostro. Y hacia el interior, mismidad que pugna por el reencuentro en lo prohibido. Prohibido, porque se le desconoce y se ha perdido en el camino… Se presiente un misterio: el misterio se hace perceptible, pero no por ello deja de ser un misterio; se ahonda en su propia hondura, y se adelgaza en su transparencia… Alguien recoge el polvo del camino… alguien sube al final de los desvelos… un árbol amanece en la madrugada…

Pero no hables más de esas sombras. Entender que no nos conocemos es comenzar a conocernos; es empezar a comprender nuestra falta de sentido. La nada, la ausencia de sentido, la ilusión de creer ser algo. Sonidos del asombro vienen de lo más lejos, o acaso de lo más cercano a uno mismo… Vienen y se van, como el transeúnte perdido en el camino. Y sólo al final del camino se encuentra un camino… cuando se comprende que ya se lo había recorrido… que todo era lo que es, lo que era, lo que será.

Un movimiento interiorizante nos acerca al objeto de nuestro deseo; pero en tanto permanece como objeto, no superamos esa distancia… Deberíamos entender que estamos lejos, que nuestra visión está escindida, que la cercanía es el reconocimiento de la identidad. Al suprimir esa distancia conseguimos una unidad instantánea: aquí nace el resplandor, punto totalizador, significante como existencia. El ojo interno, el que estaba ausente se presenta, se ilumina a sí mismo en su propio fondo… La mirada que se busca a sí misma no sabía que ella misma era lo buscado… Las nieves se deshielan en su propio lago, alguien ha dejado su mensaje en los enigmas… alguien ha corrido la cortina de la madrugada, alguien descubre sus huellas en el bosque…

Las palabras solo sirven para crear un tenue contraste con las sombras… hasta tanto la conciencia se reencuentre en su propio círculo… hasta tanto tú llegues a ser tú mismo… hasta tanto el que mira y lo mirado sean la misma cosa.

RVQ

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