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NO ESTOY ENFERMO, ESTOY TRISTE

El domingo 19 febrero, 2017 a las 8:47 am
Marco Antonio Valencia Calle.

Marco Antonio Valencia Calle.

Viene un anti poema y me atropella. Me da duro contra el muro, y ¡zas!, caigo al pavimento con la boca reventada, y los oídos zumbando y la angustia en el pecho porque no voy alcanzar a comprar el pan para el café de la tarde. Y el anti poema o el poema (yo digo que anti poema pero puede ser un poema, quién sabe la diferencia), se queda allí danzando como un pugilista dispuesto a darme otra trompada. Y un paseante, un güevón de esos que van pasando por la calle en dirección quién sabe a dónde, se queda mirándome y no me defiende, y mira al anti poema y sonríe como burlón, y esa indiferencia y ese gestico del tipo me duele tanto como el ramalazo.

Y pienso rápido en la conveniencia o inconveniencia de levantarme, y decido quedarme allí, haciéndome el muerto, y en fracciones de segundo me doy cuenta que la mayoría de los poetas hacen eso, se quedan allí tirados, en la comodidad del pavimento, haciéndose los muertos o los pendejos, que es casi la misma cosa, porque saben que los poemas y los anti poemas pegan duro, y si uno se levanta, la pelea es peleando y uno siempre tiene las de perder porque hay que pensar, y pensar es como querer hacer del cuerpo cuando en el cuerpo no quiere dar, y entonces toca pujar duro.

Y cuando el poema agresivo se larga (como el amor o las musas, que siempre se largan, ya sabemos), me levanto, me sacudo el polvo y trato de limpiarme la sangre de la boca con el codo… y es allí donde me doy cuenta que el golpe que recibí me ha lesionado más de lo pensado, que tengo la tristeza estampada en la cara, que una angustia existencial se me ha roto y me chorrea a borbotones por el lado izquierdo, que tengo los ojos llenos de musarañas y dejadez en todo el cuerpo.

La gente a mi alrededor, solo me mira como a quien acaba de atropellar una bicicleta, pero nadie llama a una ambulancia, ni grita para que venga la policía, ni me preguntan si estoy bien; y con inocencia busco entre la gente mirona una musa, como quien busca un perro entre la basura, o una fruta entre la maleza, a ver si entre tanto dolor puedo salir con algo, pero no veo nada, tal vez porque la tristeza ya no me deja ver nada, y además de grogi me ha dejado ciego, más ciego de lo que soy. Más ciego que un poeta que busca la iluminación en medio de la nada.

Me levanto, y me doy cuenta que tengo los huesos buenos, los dientes íntegros, aunque la buena actitud se me descuelga a chorros de la vida, y la tristeza me ha manchado la camisa, e incluso, me doy cuenta que he dejado un charco en el piso, como si fuera sangre, pero no es sangre, es tristeza, y miro el cielo, y en el cielo no hay más que un azul que para mí a esa hora, en ese estado, ya no tiene gracia, porque cuando uno está herido en la actitud ya nada tiene gracia.

Y cuando una tristeza se te instala en el pecho, cuando una tristeza se apodera de ti como un demonio o un maleficio, cuando una tristeza se te ve en los ojos como una espíritu extraño, ya no hay nada que hacer. Nada vale, nada importa, nada se quiere, a nadie se quiere.

En esa dimensión los anti poemas (o los poemas) son jodidos. Cuando te atropellan o te muerden o te dan una trompada, te jodés, te dejan zombi para el resto del día, a veces para el resto de la semana y nada qué hacer.

Y no voy a ir al médico, porque lo único que saben diagnosticar es estrés y solo mandan pastillas baratas que sirven por igual para el dolor de rodillas, de pestañas o las vainas del corazón. Y además, no estoy enfermo, estoy triste. Que no jodan.

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