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Ángel Herido

El martes 19 febrero, 2008 a las 10:33 am
Por RODRIGO VALENCIA Q.

ESPECIAL PARA EL LIBERAL


Andaba buscando el Reino Eterno; giraba entre circunloquios y palabras desconocidas, y hacía mucho se había acostumbrado a esa inmensa soledad.
Un ave negra le mostró el camino; picoteó sus ojos, que sangraron por tres días seguidos, y luego hizo lavarlos con colirio tibio.
“Caminante no hay camino, y tampoco se hace camino al andar”, le dijo ella. “Has pecado contra el Cielo, contra el hombre y contra el mundo, ¡y así aspiras a la ciencia de los santos”, lo humilló.
“Sin embargo, ven, asómate muy de madrugada, por la puerta de la ciudadela del poniente, la de los goznes oxidados”, le ordenó.
Entonces él auscultó a Dios en las entrañas, miró el pasadizo de los siglos, vio la lucha del amor y de la cólera, el rostro que ha perdido el Cielo, el Paraíso sin invitados ni manteles blancos.
Vio la desgracia de los mortales atada a una rueda ineluctable, los deseos entristecidos por el tedio, el lamento de los desterrados, la fiebre sin final, los ojos abrumados de estulticia, los brazos aquejados de impotencia. Vio la guerra en las hierbas infinitas, los pasos aterrados de los combatientes, la sangre de las llagas entre el barro.

Vio las risas desperdiciadas entre las basuras, los dolores de parto de la tierra, las espaldas mofándose de la sabiduría. Vio en las nubes murmurar el miedo, la languidez de la luna ante la furia del sol. Vio infinidad de corceles huyendo de sí mismos, el tiempo inexorable rajando las estrellas, las montañas murmurando el castigo de los dioses. Vio las manos protegiéndose del odio, el lado izquierdo rebelde ante el derecho, los cabellos cayendo entre los precipicios.
Vio que todos tenían un espejo entre las manos, y allí asomaba un ángel mustio, una guadaña en la colina más alta, un pendón luctuoso ondeando contra el aire.
Vio el camino que desvía al viento, las canciones eternas llorando desde el éter, espantapájaros en las esquinas de los mundos…
“¡No me muestres más!”, le suplicó. “Para ser sabio, primero tienes que aprender a ser valiente. La verdad sólo se muestra a quienes miran al sol de frente, sin dejar que queme las pupilas”, contestó el ave negra.
“Tienes razón; yo estoy dispuesto a arriesgarme entre el desorden enfermizo de los mundos; quiero ver las cruces que espantan a los temerosos, pasear entre las lápidas con el sigilo que no deja congelar la sangre entre las venas”, le contestó él.
Y entonces ella le mostró un abismo, un lugar de infinita desolación, con ciudades y rascacielos malheridos, con hombres desaparecidos que sólo existían en la memoria de las avenidas rotas, y el rostro de un niño lánguido petrificado en las ventanas.
Vio la sal regada entre los pisos, tinteros salpicando las paredes, caricaturas horrorosas de la vida entre los muros. El arte había perdido el brillo, las arcas del tesoro público hurtadas por la sagacidad de los rapaces, ejércitos de muerte envenenados en los ríos, la opulencia gritaba en la miseria.
¡Qué tardes, qué noches, qué hórridos reflejos en el agua! ¡Un canto plañidero rumoreaba entre los árboles, un grito histérico despertaba el día! Almenas incendiadas torturaban el aire; todo había quedado mustio, seco, como la tristeza eterna que asoma entre las zarzas.
Él miró sin esperanza; el dedo de la fe ya no existía. A lo lejos, el eco mercenario del hongo apocalíptico aún quebraba los espejos, mientras un olor infecto laceraba hasta las piedras. Entonces caminó hasta el fondo de una calle, guiado por el aroma de una rosa solitaria sembrada en el asfalto.
Una sola puerta estaba abierta en toda esa ciudad fantasma; entró; la curiosidad no le prohibía violar cualquier recinto, por ajeno que pareciera.
Pero allí sólo encontró un inmenso desorden de libros, tirados y descuartizados en el piso. Parecía que todas las bibliotecas del mundo habían perdido allí su persistencia de los siglos. ¡Un mar confuso de palabras, una indigencia de significados; no se distinguían vocablos, ni letras, ni sílabas, y mucho menos alguna frase para la esperanza!
En esas, una hoja suelta volando, zigzagueando por el aire, vino hasta sus manos; la tomó, y allí estaba escrito: “El Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él era la Luz de los hombres, pero las tinieblas no la comprendieron…Él vino a los suyos, pero ellos no lo recibieron”.

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