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Neruda hizo que fuera a Machu Picchu

El miércoles 24 septiembre, 2014 a las 6:48 pm

Machu Picchu

(Al más grande poeta de América en el aniversario de su muerte)

Diogenes Diaz Carabalí

Diógenes Díaz Carabalí

“Alturas de Machu Picchu”, el poema de Pablo Neruda, me hizo volver el rostro al altar de los Andes. Cuando lo leí, me dije, tengo que conocer el santuario de los Incas, el santuario de América, la meta espiritual para encontrarnos, para decir que somos grandes como ningún pueblo de la tierra.

Allí encontré a Neruda en el colapso del viento, estaban también Cesar Vallejo y el inca Garcilaso, éramos gemelos venidos de las entrañas de la tierra, tomados de nuestras manos de piedra dejábamos el alma, escritura esculpida entre los picachos que adornan el Urubamba.

En ese sentimiento hecho espíritu estaba Neruda, el amo sensacional de la nostalgia, sin la vergüenza asomada a la tez por decir que ama: Mírame desde el fondo de la tierra,/ labrador, tejedor, pastor callado:/ domador de guanacos tutelares:/ albañil del andamio desafiado:/ aguador de las lágrimas andinas:/ joyero de los dedos machacados:/ agricultor temblando en la semilla:/ alfarero en tu greda derramado:/ traed a la copa de esta nueva vida/ vuestros viejos dolores enterrados, con tono dulce, de quena y flauta, era la naturaleza fuerte del canto del cóndor y el silbar de la serpiente, para decir que todos somos hermanos.

Neruda dejo el alma en Machu Picchu. Dejó huellas encarnadas sobre la roca astral. Dejó  los pasos en cada escala de piedra extendida para recibir la vivacidad de una herencia otorgada en el sinfín del destino avizor, testimonio de un pasado esplendoroso y de un futuro de combate. Pude leer en cada grieta sus palabras, caudal de un sentimiento común, aletear eterno de antes de nacer que perdura más allá de la muerte. Estaba impreso en el canto de Los Jaivas y la potente voz de Vargas Llosa, Ombligo deshabitado del que todos pertenecemos.

Este destino lo recorremos todos. Aunque la conciencia nos abrume. Llegar a Machu Picchu es el deslumbramiento de una comarca de oro subterráneo, el nacer a lo que buscamos desde siglos, para decir a qué venimos, donde el aletear del águila aviva el sueño. Estar en Machu Picchu fue tener la realidad elevada a las cumbres, con la magia del sol filtrada por Mapu (tierra) joven y viejo, destinado a llevar sobre el lomo la sangre de tantos, seno entrañable de los cántaros, con el culebrear vertiginoso del agua bendecida.

Llegar a Muchu Picchu es la sorpresa silente. Es buscar entre las peñas los huevos extraviados del ave sideral que todo lo gobierna, es volver sobre la congénita figura de lo inexplicable, es sostener que la vida un día tuvo principio, que en las moléculas de la explosión estaba la anarquía para moldearla con sorpresa desde la amatista. Llegar a Machu Picchu es percibir la intensidad del wayra (aire) que moldea la vida, es percibir el respeto por todo lo que nos rodea, es reptar hacia la inmensidad a la que pertenecemos. Ir al santuario de Machu Picchu permite volver sobre los poemas de la vida para entender que la vida no se detiene, que sus moléculas son salvables. Allí estuve con el amor que tiende una mujer cada noche en su lecho, para trascender sin nombre.

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