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Mutis, el monarca.

El martes 24 septiembre, 2013 a las 5:30 pm
Diogenes Diaz Carabalí

Diógenes Díaz Carabalí

En los años 70, cuanto tuve la experiencia de hablar como marxista, caminar como marxista y comportarme como marxista, Álvaro Mutis no era un escritor digerible para mi estómago. Su poesía, sumamente culterana; su prosa, sumamente rígida, sumamente prosopopéyica para una idea de hombre fuera del mito, del encantamiento mágico de la alienación como disculpa para rechazar la belleza. ¡El culpable no era Mutis!

Cómo leer a Álvaro Mutis con ese prolegómeno inguinal de un escritor que alababa la monarquía, odiaba las revoluciones, recuerdo una frase suya: “Lo bueno de las revoluciones es que son de corta duración”; con su alabanza a las dictaduras y su acusación de torpeza por nuestra gesta libertaria. Imposible, parodiando a Ortega y Gasset, cuando tenía ese ruralismo opitense que defendía, con el estropeo evidente del idioma me parecía parte incorporante del nuevo orden.

Eran tiempos existencialistas sin saberlo, apenas de oídas hablaba de Sartre; sí devoraba a Camus, y no sé por qué pasé tanto tiempo con Marcel Proust, un siniestro francés de las mil páginas, a quien devoraba gracias a que mi casa carecía de televisión y tantas cosas, a que me rechazaban las muchachas que pretendía porque no tenía cuentos atractivos para echarles, o porque qué iban a querer a un tipo con ensortijada melena levantada, y lucía en los bolsillos del pantalón la hoz y el martillo, en un medio pacato y de “buenas costumbres”, que a Mutis le hubiera parecido el paraíso terrenal, como en realidad lo es La Plata.

Entonces llegué tarde a Mutis. No me gustaba además su apuesta figura de viejo legendario, su voz pulcra para hacer de Kalimán, y su principesca forma destacada que lo hacía aún más aristocrático y repugnante. Agreguemos todavía la cortapisa de los escritores contemporáneos, además de paisano. A los extraños se los lee mejor, y los muertos, para averiguar la causa de su entierro; y porque queda la duda del suicidio, con la entelequia del mundo para qué.

Pero la literatura obliga. Quienes amamos la literatura somos vulnerables a los buenos escritores, a los escritores malos; a los de derecha, del puro centro y de izquierda. Somos amantes de la moda, y del colonizaje; capaces de leer a Borges que habla de idealismos insospechados, y resistir la mala reputación del caleño Hernán Hoyos con su vulgaridad intrínseca y obcecada, pasando por los paisanos Humberto Tafur y Benhur Sánchez para revivir la matazón que en este país se ha aposentado.

Por eso había que leer a Álvaro Mutis. Para encontrar un extraño nacionalismo apesadumbrado; para explorar los vericuetos de la cultura suficiente. Para sondear los abismos de un frenesí que se espulga bajo los tórridos niveles de los objetos trashumantes y las palabras con ritmo horizontal que decantan el paisaje pueblerino, visto desde los sueños de la gran metrópoli con la nostalgia de nunca regresar a pasear los pies ligeros sobre los prados achicharrados de la distancia inalcanzable. Había que leer a Mutis, como el segundo abordo en este mapa de la literatura universal de Colombia que la gente curte, y que las editoras cobran a gramo de oro si hay un Álvaro Mutis que tiene intestinos para decir que Francisco Franco también era de su séquito.

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