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Mujer: Una historia escrita por patriarcas

El viernes 7 marzo, 2014 a las 2:56 pm
Por JORGE MUÑOZ FERNANDEZ jorgemuñozefe@hotmail.com

Por JORGE MUÑOZ FERNANDEZ
jorgemuñozefe@hotmail.com

“Se mantuvo la subordinación de la mujer para el descanso del guerrero y tanto en la Biblia, como en el Corán, la cuestión de género se resuelve a favor del hombre, con menoscabo de la dignidad de la mujer. Es también la conquista europea de la América India, una sucesión de raptos y secuestros de mujeres, cuyas prácticas invasoras eran legitimadas por la espada y la cruz”. JMF

La historia de la mujer ha sido escrita por patriarcas, en letra minúscula. Mujer sometida, mujer objeto, mujer sujetada, mujer diabólica, mujer reprimida, mujer estigmatizada, mujer enclaustrada, mujer libre, pero sujetada.

Mujer víctima de prejuicios, mujer víctima milenaria de sistemas sociales y políticos opresivos. Mujer hecha a imagen y semejanza de amos, profetas, señores, reyes, autócratas, patrones, dueños del poder, de empresarios diseñadores de talento humano.

Mujer históricamente reprimida cohibida, mujer objeto, mujer sometida desde las épocas en que las religiones fueron concebidas como un peligro para la humanidad. Mujer pecado, mujer abandono y caída.

En la época de la barbarie, de la horda primitiva, la mujer era considerada como un botín de guerra, y en la salvaje confrontación colombiana todavía lo es, y con el advenimiento del Estado Esclavista, el Estado Capitalista y el Estado Neoliberal, los emperadores, monarcas, nobles, califas y potentados, con más sutileza, han extendido su histórico sometimiento.

Bien lo concibe Foucault al analizar el encierro, la reclusión y el aislamiento. La mujer está descalificada, encerrada por la vida relacional en la sinrazón, controlada por los afectos como cuerpo placer, como cuerpo desgracia, sin que nadie pudiera traspasar los muros del confinamiento social o familiar para salvarla, que en palabras de Gabriela Castellanos, Universidad del Valle es punzante observación:

“… las mujeres no debemos hablar sino en privado, y sobre asuntos domésticos, a fin de que los hombres puedan sonreír, indulgentes, ante nuestra locuacidad, o declararse abrumados por ella. En aquél mundo donde vivía San Pablo y donde aún habitó Nietzsche, la provincia de la mujer eran los hijos, la cocina y la iglesia (donde las mujeres podíamos rezar, llorar, pero no alzar la voz)”.

Se trata de que la mujer siga reconociendo su culpabilidad como autora del conocimiento transgresor, en la más grande de las falacias de la degradación humana.

Largo proceso de sumisión que no ha terminado, pese al optimismo suave y estético de los poetas y del feminismo liberador.

En la culminación de la última cruzada europea de la América India, la sucesión de raptos y secuestros de mujeres y saqueos, de características invasoras las bulas pontificias legitimaron la violencia contra “los indios salvajes”. Al holocausto se le llamó descubrimiento. Recuerdo que hace unos cinco años una colombiana amiga calificó a España como la “la madre patria” como una metáfora política en la Universidad de Granada con motivo del “Descubrimiento de América” y no podían salir del asombro los estudiantes españoles y árabes asistentes al acto.

Siglos donde la mujer no sólo fue víctima de la Iglesia, la sociedad y el Estado, sino de controles sociales ideológicos hechos para la domesticación del pensamiento social, que introdujeron patrones culturales donde la mujer era “reina del hogar”, “esposa solicita” y “madre abnegada”, sutiles rezagos feudales, legitimadores de exclusión, que mantenían la presunta superioridad del hombre y se sumaban a legislaciones nacionales conservadoras, en cuyos códigos civiles se trataba a la mujer como menor de edad, para suprimirle sus derechos civiles, comerciales y políticos, haciendo de los aberrantes estatutos jurídicos una especie de prolongación de las cadenas, cinturones de castidad y grilletes medievales.

Pensar que hasta hace pocas décadas la mujer no disfrutaba del derecho de elegir y ser elegida, no disponía de autonomía personal, como hija, como madre, como esposa o como compañera, ni podía disponer de sus propios ingresos laborales, ni ser propietaria, en el marco de un sistema capitalista, resulta insólito.

Pensar que debía obedecer las arbitrariedades del esposo y aceptar inexorablemente el doble estándar de la moral sexual del hombre, para quien no constituía trasgresión alguna las relaciones extraconyugales y antes por el contrario eran admirables, es admitir que sus luchas no han sido en vano y son la obra de un largo proceso civilizatorio aún no concluido.

Honor a las obreras textileras de Manhattan, Nueva York, que murieron en decidida y tenaz lucha en marzo de 1857, cuando se declararon en huelga como protesta a miserables condiciones de trabajo. Como ayer, las mujeres libertarias del presente, siguen luchando por la paz, la justicia social y el progreso y han asumido el reto de cambiar la historia, en beneficio de su propio género y de la humanidad. Feliz día. Hasta pronto.

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