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Domingo, 5 de diciembre de 2021. Última actualización: Hoy

Movilizaciones 4.0: el paro nacional de Colombia

El jueves 12 agosto, 2021 a las 9:29 am
Movilizaciones 4.0: el paro nacional de Colombia

Movilizaciones 4.0: el paro nacional de Colombia

El Paro Nacional iniciado en Colombia, desde el 28 de abril del 2021, puede ser considerado el de mayor calado en la historia contemporánea del país. En el corto lapso de 8 semanas, de acuerdo con el Defensor del Pueblo[1], se presentaron 5.219 manifestaciones, de las cuales 2.487 han sido concentraciones, 1.161 fueron marchas, 1.269 bloqueos, 293 movilizaciones y 9 asambleas.

El anterior volumen de movilización y el uso excesivo de la fuerza en su contención, reportó 80 muertos durante las protestas de acuerdo con el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz – INDEPAZ[2]. Así mismo, la Fiscalía General de la Nación[3] no ha logrado ubicar a 91 personas reportadas como desaparecidas durante las jornadas de paro. Durante este mismo período se recopilaron 4687 casos de violencia policial distribuido en 1617 víctimas de violencia física por parte de la policía; 35 casos de uso de arma Venom por parte de la policía antidisturbios – ESMAD, 2005 detenciones arbitrarias en contra de los manifestantes; 784 intervenciones violentas por parte de la fuerza pública; 82 víctimas de agresión en ojos; 228 casos de disparos de arma de fuego; 28 víctimas de violencia sexual por parte de la fuerza pública y 48 casos de afecciones respiratorias debido al lanzamiento de gases lacrimógenos, de acuerdo con el seguimiento de la ONG Temblores[4].

La magnitud e intensidad de las cifras anteriores llevaron a que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos – CIDH[5] publicara un duro informe en el que le manifiesta al Estado colombiano su preocupación por «el uso desproporcionado de la fuerza, la violencia basada en género, la violencia étnico-racial, la violencia contra periodistas y contra misiones médicas, irregularidades en los traslados por protección, y denuncias de desaparición; así como el uso de la asistencia militar, de las facultades disciplinarias y de la jurisdicción penal militar».

Movilizaciones 4.0: el paro nacional de Colombia

Un marco comprensivo en construcción

Este evento de protesta masiva es una evidencia de cómo los procesos de movilización han experimentado una innegable transformación en los últimos años. De manera sintética podríamos nombrar tres hitos analíticos en las acciones colectivas: en primer lugar, podría partirse de la ya clásica definición de “nuevos movimientos sociales” esbozada por Alain Touraine[6] en los años ochenta; en segundo lugar, valdría la pena distinguir la aproximación de “movimientos populares” propuesta por Leopoldo Múnera[7] en los noventa; y en tercer lugar, los últimos años la discusión se transformó desde orillas diferentes bajo el paradigma étnico-interseccional. En la actualidad, asistimos a una cuarta generación de formas de movilización (4.0) que han venido emergiendo en el marco de profundos procesos de individualización social, universalización de las redes sociales, precarización y aumento de las brechas de desigualdad.

El “paro” ha sido una tecnología de interpelación al Estado y al aparato productivo en general. De los paros agrarios que buscaban interrumpir el flujo de alimentos y materias primas a las huelgas generales que detenían las industrias en las ciudades, hemos venido avanzando a un nuevo tipo de movilización y acción colectiva. A nivel internacional, esta forma de movilización puede observarse en los chalecos amarillos franceses, la primera línea chilena o el movimiento independentista hongkonés. En Colombia existen tres episodios muy representativos de esta forma de movilización 4.0 el 21-N del 2019[8], las Mingas convocadas en septiembre de 2020[9] y este último Paro Nacional del 2021.

Como buscaremos mostrar a continuación, estas formas de organización colectiva 4.0 desafían profundamente la representación vertical, tienen dificultades o no reconocen totalmente los mecanismos de representación tradicional de la izquierda, se movilizan a modo de enjambre como esbozara Byung-Chul Han[10], e invitan a repensar o deconstruir la fácil conceptualización oficial del “vándalo”; así mismo, plantean la necesidad de pensar espacios de diálogo social multinivel y multisituados.

Bajo el anterior contexto, me ha parecido pertinente recrear algunas notas de corte etnográfico respecto a una discusión que tuvo lugar en uno de los puntos de bloqueo de este último Paro Nacional en la ciudad de Cali. Esta ciudad, de unos 2.2 millones de habitantes ubicada al sur occidente de Colombia, fue una de las áreas metropolitanas donde la movilización y la represión estatal se registraron con mayor fuerza. Espero que el presente ejercicio permita revelar la complejidad que representa transformar una acción de hecho como el Paro hacia un ejercicio de diálogo social y de búsqueda de soluciones colectivas a las causalidades mismas de la movilización. El episodio en cuestión tuvo lugar en el ejercicio que la Unión de Resistencias Cali – URC ha venido desplegando para oxigenar la movilización, transformando los puntos de bloqueo en asambleas permanentes que ellos nombraron Barrio Adentro.

Notas de terreno en el oriente de Cali

Con Beto, mi compañero del Instituto de Estudios Interculturales, llegamos en moto al extremo oriente de la ciudad; en los márgenes que discurren entre la oficialidad espacial de los barrios y sus vías pavimentadas. En esa frontera predominan las aglomeraciones informales, compuestas de calles angostas y torcidas que muchas veces terminan de forma abrupta en vías sin salida. Barrios hechos con el pulso de sus habitantes. Allí todavía se respira el miedo precipitado por múltiples oleadas de desplazamiento forzado rural. El oriente de Cali ha crecido al ritmo del conflicto armado en la región conocida como Pacífico sur.

Son órdenes difusos que interactúan binariamente con la oficialidad estatal: de un lado, son la base de la clase trabajadora más humilde que se articula bajo los protocolos más vulnerables con el resto de la ciudad; pero al mismo tiempo, la informalidad estructural recrea una especie de zomia-urbana latinoamericana donde cotidianamente se resignifica el “arte de no ser gobernado”[11].

Llegamos a una rotonda vial, fortificada en su círculo central con una improvisada garita, levantada por medio de una sucesión de ladrillos pegados afanosamente. Una cocina se acondicionó en una esquina defendida por el filo de dos paredes y un plástico extendido que deja entrever su duración efímera. También es visible un pequeño kiosko central a medio terminar, construido durante el paro que, por lo que nos dijeron aspira a convertirse en biblioteca comunitaria; allí la gente se reúne a recibir información de sus vocerías para tomar decisiones conjuntamente.

Cada acceso del cruce vial es una barricada por donde se entra al corazón del bloqueo. Varios grupos de jóvenes que componen la primera línea se encuentran apostados en las diversas esquinas. No los rige ninguna disciplina observable a primera vista. Algunos escuchan reaguetón, cuentan chistes o simplemente pasan el rato juntos. Evidentemente no es una milicia. Al menos no en el sentido tradicional. Sin embargo, cuando pasamos por allí, y aunque no tenemos contacto visual directo, saben que no somos de ahí; sentimos esa mirada que no mira, sino que persigue desconfiada. Seguramente esos grupos de jóvenes, algunos con camisetas del Cali o del América (equipos de futbol de la ciudad), no los juntó el Paro; algunos son grupos que prexisten la movilización y se juntaron desde que tienen memoria. Juntos mueren y sobreviven a los órdenes criminales y las relaciones de exclusión que aquí se convierten en los puntales de la ley del barrio.

Varios de los bloqueos viales de la ciudad repiten este patrón de defensa urbana que nació en la improvisación de los enfrentamientos con las fuerzas antimotines y que posteriormente se vio en la obligación de fortificarse ante los operativos militares que, durante varias noches, ejecutaron acciones más propias de un ejército de ocupación. El presente Paro significó, al mismo tiempo, la transformación de los repertorios de movilización urbana; así como la intensificación de las tecnologías de represión estatal en Colombia. Tanquetas policiales que parecen lanzaderas de misiles, y aunque en realidad disparan municiones oficialmente categorizadas como “no letales”, su poder de fuego es abrumador: 30 proyectiles simultáneos, cada uno de ellos con una dirección IP para ser disparado individualmente o en cualquier secuencia deseada. El sistema informático de esta máquina permite que cada uno de esos 30 proyectiles persiga objetivos diferentes. Sí la anterior tecnología no nos parece suficientemente represiva, su nombre Venom, tomado de un antihéroe simbionte del Universo Marvel que es conocido por su violencia irreflexiva, parece completar la labor. Vale la pena remarcar que, en Colombia, las supuestas municiones disuasivas dejan importantes saldos de muertos y contusiones letales[12].

La horizontalidad 4.0

La vocera de este punto de bloqueo ante la Unión de Resistencias Cali (URC) no tiene más de 25 años. En tanto acompañantes del conjunto de Universidades públicas y privadas que abogan una salida negociada al Paro, la vocera nos invita a una reunión del punto, en la que se socializará la discusión que tuvo lugar al interior de las vocerías de URC, producto de dicho ejercicio se determinó que lo mejor, en ese momento de la movilización era terminar el bloqueo vial y transformar el repertorio de acción colectiva. A lo largo de este paro me ha parecido muy particular la división etárea y de roles que esta movilización emergente está produciendo. Por lo general, los focos de atención se lo llevan los hombres jóvenes de la primera línea, o incluso las mamas de los jóvenes cuando deciden jugar un papel de resistencia activa al frente de las jornadas de protesta. Sin embargo, en el caso caleño parece ser muy diciente la emergencia de liderazgos jóvenes femeninos en las vocerías de la movilización. Aunque los hombres ocupan los ejercicios de defensa frente a la fuerza pública u otros actores, son las mujeres jóvenes quienes parecen llevar sobre sus hombros el rol estratégico y de inteligencia política en la interlocución del Paro.

Cuando la vocera convocó a la reunión del punto de bloqueo, empezó a caer una leve llovizna, lo cual produjo que nos apretujáramos en el reducido espacio del kiosko.

La vocera, con una voz muy calmada y de manera sintética, sin exagerar su expresividad, presentó el mensaje desde las vocerías de la URC: el Paro debe transformarse desde un ejercicio de resistencia activa frente a la represión de la policía hacia asambleas barrio adentro que permitan seguir socializando las razones de la movilización, sus avances en la interlocución estatal y con sectores diversos de la sociedad como el Estado, las Universidades, las ONG y los empresarios de la ciudad, entre otros.

– Después de cerca de dos meses de bloqueo, la normalidad volvió a los sectores más acomodados de la ciudad, allá ya van a cine y se mueven en sus automóviles sin problema; mientras que aquí, en nuestros barrios, el bloqueo está asfixiando a nuestra propia gente. La delincuencia está aumentando, la gente que antes nos apoyaba con alimentos para la olla comunitaria, ahora no nos mira igual, hay mucha tensión en muchos de los puntos de resistencia y esa situación puede destruir lo que hemos ganado desde la resistencia comunitaria. Si no cedemos ahora para organizarnos de nuevo, el Estado está listo para exterminarnos –concluyó la vocera.

Cuando miré a mi alrededor para leer las caras de los asistentes, me percaté que los chicos de la primera línea no estaban en la reunión. La mayoría de las personas eran gente mayor, o gente del núcleo organizativo al frente de diversas actividades logísticas en el punto: las personas encargadas de los primeros auxilios, gente de la cocina, varias madres con sus hijos, y algunos jóvenes u hombres adultos que seguramente eran los encargados de organizar la defensa del sitio.

Una señora de quizás 68 años pidió la palabra:

– Mis jóvenes! — comenzó con un tono muy sentido —. Yo les aconsejo que no nos rindamos. El Estado siempre engaña. Se los digo yo, que ya viví esto en el gran Paro de 1977. Allí por no seguir hasta las últimas consecuencias no nos quedó nada. Nos fuimos con una mano atrás y otra adelante para nuestras casas. Migajas fue lo que nos dieron y todos los muertos y más de 3 mil heridos no sirvieron de nada cuando después de que cedimos la represión fue peor. Tenemos que seguir, no lo hagan por estos viejos, háganlo por ustedes que todavía les queda fuerzas, nosotros ya somos viejos, pero ustedes pueden seguir.

Afuera bajo la llovizna que ya era aguacero, un joven sin camiseta daba vueltas alrededor y maldecía.

– Qué nos vamos a rendir ni qué hijueputas —

Una chica con ropa holgada de rapera, frunciendo el ceño en dirección de la vocera, intervino:

– Aquí lo que vamos es a tener un lío bien feo entre nosotros. Yo te dije a vos, que no podías ir allá donde se reúnen a decir que nos íbamos a desmovilizar de aquí, porque aquí todos estamos bien parados. Te digo que no cometas ese error, porque la gente pues sencillo… mejor dicho nadie te va seguir oís…

Vale la pena aclarar que, en los testimonios traducidos, reduzco cada intervención a lo que yo entendí como lo más sustancial, porque con los meandros propios de la oralidad cada intervención podía fácilmente durar entre 10 y 15 minutos.

A continuación, habló otro joven que levantaba la mano desde hacía rato. Era delgado, con un esqueleto rojo de alguna liga deportiva del Valle, su cabeza despuntaba entre las demás no solamente por su altura, sino por una corona de rastas. Seguramente era estudiante de alguna Universidad.

– Vea, yo digo que ya estamos aquí y que no nos vamos a vender por nada. Hasta que no caiga este gobierno criminal, no tenemos nada que hablar con nadie. ¿O, es que nos vamos a dejar untar por tres pesos y unos cuantos puestos de guardas?

La tensión fue creciendo. Para mí fue evidente que a muchas personas no les gustó la forma como se comenzó a personalizar la discusión en dirección de la chica vocera del punto.

Tomó la voz una mujer de unos 35 años, quien se presentó como perteneciente a una junta de acción comunal del barrio:

– ¿Y quién ha dicho algo de vendernos? ¡Nadie! ¿Qué es esto…? Aquí hay mucha gente que viene a mostrarse de consecuente, pero vienen es de vez en cuando, o vienen es a parchar el rato. No me digas vos apuntando hacia la chica rapera, que ahora vas a venir aquí con amenazas… Cuántas veces no pasó la vocera a ustedes informándole lo que se estaba discutiendo, noche tras noche se informó. Y cuando ella convocaba varios de los pelados, ahora dizque radicales, estaban en la Universidad, o ni siquiera se dignaron salir de la esquina para escuchar lo que había que informar. Es que es muy fácil salir solo cuando toca tirar piedra, y luego de palabra montarla de radical. Ve, la verdad yo no me aguanto que hablen mal de la compañera vocera, que ha estado 16 o 24 horas al día pendiente de que pasa aquí y en el resto de la ciudad. Escuchemos bien: no se trata de desmontar nada, sino de cambiar para mejor, porque aquí las cosas cada vez están más difíciles. Yo digo, si la alcaldía está dispuesta a negociar y a brindarnos un espacio de dialogo, aunque nadie confié en el alcalde, pues toca agarrarlo, porque no hay más.

Atrás se escuchó un señor de edad quien preguntó:

– Y si eso es así, ¿a dónde está el alcalde?

Mientras que afuera la lluvia comenzó a suavizarse, afuera del kiosko otros jóvenes de los grupos de la primera línea empezaron acercarse. Todos murmuraban que no los iba a sacar nadie, que esta calle era de ellos y que si salían eran con los pies por delante. Uno de los señores de la defensa del lugar, un hombre afrocolombiano de facciones de piedra, intervino visiblemente molesto:

– Yo llevo aquí aguantando gases, tiros, la cacería de la policía más de un mes. Pero también les digo que esto no da más. Yo no me voy a morir aquí solo por los deseos de algunos calenturientos. Yo tengo familia por qué responder, todo esto lo hago por mis hijos para que tengan un futuro. Pero no me voy a morir por nadie.

Señaló con su índice hacia el cielo, y nos hizo conscientes de un helicóptero de la policía que sobrevolaba dando vueltas en un radio muy pequeño sobre el punto de bloqueo. No era una ronda sobre el perímetro de la ciudad, daba vueltas, subiendo y bajando la altura justo encima de donde estábamos.

Una señora intervino, luego del silencio qué se hizo en la reunión:

– Vean pelados, yo nunca he estado en estas cosas de protesta. Yo soy una mamá normalita aquí del barrio, he pertenecido a la junta de acción comunal a veces, pero no más. Aquí he estado varios días ayudando en lo que puedo, al principio muy bien todo. Yo misma veo cómo la gente que antes nos miraba en la buena ahora no nos traen ni una libra de arroz. Y es que la gente se pregunta, yo me pregunto, ¿entre más tiempo pasa para quién trabajamos? Si la inseguridad se puso mas jodida, los pelados de las bandas que antes respetaban a la misma gente del barrio ahorita la están robando… Si no hacemos algo nos vamos a terminar echando encima a la gente del barrio.

Habíamos comenzado la discusión a las 4 de la tarde, eran las 8 de la noche y la gente no logró ponerse de acuerdo. Nosotros debimos retirarnos porque la situación de seguridad para la gente que no es del sector no era la mejor. Sin embargo, a los dos días, la gente decidió colectivamente levantar el bloqueo vial, para pasar a realizar actos asamblearios y culturales barrio adentro.

¿El Estado contra la sociedad?

El actual Paro Nacional es la expresión de movilización más fuerte en la Colombia contemporánea. Su nivel de participación profundidad, extensión y represión da cuenta de cómo las formaciones sociales latinoamericanas ya acosadas por la pobreza estructural están siendo llevadas al límite por la destrucción de sus aparatos productivos ligados a la crisis pandémica, lo cual a su vez se ve reflejado en el avance inclemente de las brechas sociales. Un factor intolerable sobre todo en las aglomeraciones urbanas de América Latina es cuando significativos sectores de la población que viven del día a día en la informalidad ya no tiene con que comprar alimentos.

El hambre se convierte en un leitmotiv poderoso de la rebelión. Quizás el caso colombiano está atravesado por los pobres resultados del Acuerdo de Paz en términos de su implementación y por la reinvención y permanencia de los actores armados y las estrategias de la guerra legal e ilegal. Un análisis más pormenorizado de este cruce entre desigualdad territorializada, efectos del Covid-19 en la pobreza y armamento bélico disponible se puede encontrar en este otro texto[13].

Ahora bien, ¿qué sucedió con los potenciales acumulados por el Estado colombiano en términos de diálogo social? Sencillamente, todo lo construido durante el proceso con las FARC ha sido desechado por el actual gobierno, para reciclar una doctrina del enemigo interno[14]. Lo anterior se materializó bajo parámetros legales dudosos en el marco constitucional vigente; promoviendo frente a la movilización social un tratamiento de guerra interna como lo es la estrategia de “asistencia militar”[15].

El presidente Duque parece decidido a incendiar la pradera con la convicción de que así puede reconstruir al enemigo interno y resucitar la doctrina de seguridad nacional. No es la primera vez que se intenta. Ya fue una estrategia ganadora de su partido durante el plebiscito sobre los Acuerdos de Paz en 2016. Aunque en esta ocasión el incendio puede acabar con todo y no dejar qué gobernar.

Una de las tesis fuertes que esgrime repetitivamente el Gobierno central es la de la manipulación tanto estratégica como logística de las guerrillas en los puntos de bloqueo. Esta tesis de la subversión todopoderosa —que parece una formula constante en los diseños de estigmatización estatal en nuestro país— choca frente a tres elementos que conviene tener en cuenta a la hora de analizar esta difícil colisión entre seguridad y movimientos sociales:

En primer lugar, conviene remarcar que a Cali no están llegando armas en este contexto del Paro Nacional. Cali ya ha estado armada desde hace mucho tiempo gracias al narcotráfico. Un segundo elemento es la función estratégica de la ciudad y la región en los entornos de una macrocriminalidad nacional prexistente al actual Paro Nacional. Un tercer elemento, que pone en entredicho la teoría estatal en la materia, es la efectiva diversidad de actores que se encuentran en los diversos puntos de bloqueo. Como puede verificarse en la cartografía (abajo), existen puntos de bloqueo como el de Siloé, Puerto Resistencia, La Loma de la Dignidad o el Paso del Aguante que registran entre 22 y 18 procesos organizativos diferentes en cada lugar. Barristas del América y del Cali, juntas de acción comunal, estudiantes de universidades públicas y privadas, iglesias de diferente tipo, procesos étnicos, ambientalistas, derechos humanos, campesinos, jóvenes y de mujeres hacen parte del heterogéneo panorama.

Movilizaciones 4.0: el paro nacional de Colombia

¿Hasta qué punto privilegiar la salida militar sobre el dialogo significa invertir la premisa de Clastres? No es la sociedad la que reacciona contra la institucionalización del Estado, sino que es el Estado quien termina ahogando lo social, aplazando esa necesaria conversación que la pobreza, la pandemia y la desigualdad arraigaron. Lo preocupante es que el aplazamiento del diálogo y la participación de los excluidos es una temporalidad que no se mide en años sino en muertes.

En la actualidad la Unión de Resistencias Cali se encuentra desarrollando su estrategia de transformación barrio adentro por medio de ejercicios asamblearios y actividades culturales intentando conjurar la violencia para que sus efectos no se ensañen sobre la resistencia. Indudablemente que la URC inaugura una nueva generación de movimientos sociales en Colombia surgidos en el marco de profundos procesos de individualización social, universalización de las redes sociales y precarización desmesurada. Sin embargo, las decisiones están lejos de ser fácilmente consensuadas como pudimos entrever en la discusión referida en el punto de bloqueo sobre cómo debía transformarse la acción colectiva del Paro. La diversidad y la horizontalidad constitutiva de los actores sociales territorializados hacen que cualquier orientación que desafíe la horizontalidad es vista con desconfianza y temor.

Quizás uno de los grandes retos de estos movimientos sociales emergentes, que se articulan en enjambres de acción colectiva está en cómo ajustar de manera justa su horizontalidad constitutiva para poder ensamblar estrategias de representación y accionar colaborativo de cara al juego de poderes que busca mantener el statu quo aún a costa de la sociedad misma.

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Notas


[1] Paro nacional: Defensoría del Pueblo reportó 42 muertos durante protestas. Redacción Judicial. El Espectador, Bogotá, 11 de mayo 2021. https://www.elespectador.com/judicial/paro-nacional-defensoria-del-pueblo-reporto-42-muertos-durante-protestas-article/

[2] Listado de las 80 víctimas de violencia homicida en el marco del paro nacional al 23 de julio. INDEPAZ, http://www.indepaz.org.co/victimas-de-violencia-homicida-en-el-marco-del-paro-nacional/

[3] Paro: Estas son 29 de las 91 personas que siguen desaparecidas. El Tiempo, Bogotá, 12 de julio 202. https://www.eltiempo.com/justicia/investigacion/paro-nacional-personas-desaparecidas-que-son-buscadas-por-fiscalia-593954

[4] ONG Temblores. Comunicado 26 de junio 2021. https://www.temblores.org/comunicados

[5] CIDH. 2021. Informe visita de trabajo a Colombia. Observaciones y recomendaciones. Junio 2021. https://www.oas.org/es/cidh/informes/pdfs/ObservacionesVisita_CIDH_Colombia_SPA.pdf

[6] Los movimientos sociales, A. Touraine, Revista Colombiana Sociología, 27: 255-278, 2006.

[7] De los movimientos sociales al movimiento popular, L. Múnera, Revista Historia Crítica 7: 55 – 80, 1993.

[8] 21-N: La primavera colombiana y la política del miedo, C. Duarte, La Silla Vacía, Bogotá, 2 diciembre 2019, https://www.lasillavacia.com/historias/historias-silla-llena/21-n-la-primavera-colombiana-y-la-politica-del-miedo/

[9] La minga: tiempos que se conectan, C. Duarte, La Silla Vacía, Bogotá, 24 octubre 2020, https://www.lasillavacia.com/historias/historias-silla-llena/la-minga-tiempos-que-se-conectan%C2%A0/

[10] En el enjambre, Byung-Chul Han, Herder, Barcelona, 2014.

[11] Zomia ou l´art de ne pas être gouverné, Scott James, Éditions du Seuil, Paris, 2009.

[12] Videos demuestran un uso «peligroso» del lanzagranadas Venom por la policía de Colombia. France 24, Paris, 26 de mayo 2021, https://www.france24.com/es/am%C3%A9rica-latina/20210526-colombia-protestas-esmad-policia-lanzagranadas-venom

[13] Paro nacional 2021: ¿El Estado contra la sociedad? C. Duarte, La Silla Vacía, Bogotá, 5 junio 2021, https://www.lasillavacia.com/historias/historias-silla-llena/paro-nacional-2021-%C2%BFel-estado-contra-la-sociedad-/

[14] ¿Duque busca reciclar la doctrina del enemigo interno?, C. Duarte, La Silla Vacía, Bogotá, 18 marzo 2021, https://www.lasillavacia.com/historias/historias-silla-llena/%C2%BFduque-busca-reciclar-la-doctrina-del-enemigo-interno-/

[15] Distorsiones jurídicas de la asistencia militar: la prevalencia de la fuerza sobre el diálogo, C. Duarte, La Silla Vacía, Bogotá, 22 junio 2021, https://www.lasillavacia.com/historias/historias-silla-llena/distorsiones-jur%C3%ADdicas-de-la-asistencia-militar-la-prevalencia-de-la-fuerza-sobre-el-di%C3%A1logo/

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Carlos Duarte
  • Carlos Duarte es colombiano, antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, magister de la Sorbonne Paris III, y doctor por el Instituto de Altos Estudios en Sociedades Latinoamericanas IHEAL-Paris III. Actualmente es profesor de la Universidad Javeriana de Cali. La fotografía es del autor (la versión final publicada en Palabra Salvaje No 2 incluirá todas las imágenes que acompañan el artículo). Publicado en Palabra Salvaje el 6 de agosto 2021. Se puede reproducir siempre que se cite la fuente.

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