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MISERIAS, AUTOAYUDA Y LITERATURA

El lunes 24 junio, 2013 a las 7:29 pm
Amparo - Rodrigo - Matilde

Lucy Amparo Bastidas (2) – Rodrigo Valencia – Matilde Eljach (1)

MATILDE: —Hay un elemento cultural que da sentido a la búsqueda de libros de autosuperación y ayuda: el vacío que la sociedad de consumo, de competencia desleal, de mentiras y falsas promesas le generan al ser humano de nuestro tiempo. Algunas de estas obras son bonitas, tranquilizantes, promisorias. Pero fuera del Hombre, el malestar sigue; no es suficiente su lectura para generar la paz interior que requerimos. Los poetas, los pintores, los artistas en general, perciben estas fisuras y las sufren, por eso pueden plasmarlas en sus obras; de allí que los psicoanalistas, los divanes, la psiquiatría, no puedan aplacar los torrentes de visión dolorosa que los acompaña siempre. Como en todas las cosas de la vida, habrá quienes crean que ya mejoraron, que ya son otros, y quienes seguirán en la tarea de desbrozar caminos. Y, contemplar gaviotas frente al azul inmenso del Caribe, mejor que mejor.

AMPARO: —Los libros a los que ustedes sesudamente hacen referencia, abundan en las librerías y en las casas colombianas. Miremos las estadísticas: Lo que más se vende en las librerías del país son libros de texto y de superación personal. Lo que se lee sobre literatura como tal es poco, si aunamos que la inversión en compra de libros en Colombia es de 7 dólares por persona al año, mientras en Noruega es de 215, el país que más invierte en libros. Le siguen Suiza y Alemania con 190 dólares por persona al año, luego EU con 125, y Brazil con 17. Eso marca la cultura.

Es cierto que hay épocas en que las crisis íntimas son tales, que a muchos nos da por leer esos libros con la ilusión de mejorar. Tal vez algo queda. Tuve hace años en mi mesita de noche “El poder del ahora” por cerca de 2 años, y otros de ese tipo, hasta que me di cuenta que nada, que uno acomoda un poco su mente, pero los demonios desbandados irrumpen y cuando te cogen desprevenido, encandilan con su fuego y chamuscan nuestras alas dejando olores nauseabundos. Se aprende a lidiar en los intersticios del tiempo el alma enfurecida, y al cabo de poco vuelve la mar a hacerse amiga de las estrellas.

Apenas ayer leí “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway, encontré más veracidad en los comportamientos del viejo Santiago, y del muchacho Manolín, su solidaridad y agradecimiento al viejo y viceversa. Tenacidad y perseverancia. Impresiona su amor a la naturaleza por encima de cualquier ecologista ‘graduado’, el diálogo con las criaturas marinas, con el pez cautivo, y él a su vez capturado por éste, es su espejo. Comprende la realidad de la existencia: comer para vivir y tener fuerzas. El más inteligente, el más sagaz  come, vive, no acumula.

No obstante la inmensa belleza, la poesía y sabiduría en cada página del Nóbel, Hemingway, el hombre, fue un gran incoherente atormentado.

RODRIGO: —Indudablemente, hay libros de autoayuda que son muy buenos; sus autores escriben muy bien, con un lenguaje profesional, de altura conceptual y literaria indudables. He leído varios, entre los que puedo nombrar a Deepak Chopra, quien expone sus ideas desde un ámbito heredado de la antigua cultura religiosa y filosófica hindú. A partir de su popular obra Siete Leyes Espirituales del Éxito, de triunfo mundial arrollador, su lenguaje no hizo más que depurarse, densificarse y explayarse continuamente (también con sus desniveles y altibajos cuestionables, por supuesto) en proyectos de cultura espiritual que, en el ámbito de la llamada Nueva Era, tienen inmensa acogida, lo cual, naturalmente, no redunda en validaciones de la verdad.

Ver al ser humano como un proyecto a realizar para alcanzar sus más altas gamas dentro del complejo cuerpo-alma, ciertamente puede prestarse a ofertas charlatanas en el sonoro mercado comercial del éxito y la bulla, y esto da lugar a las razonables y necesarias reservas con las que una seriedad del espectador debe sopesarlas, aceptarlas. «No todo lo que brilla es oro», dice el refrán popular; pero, igual, no todo lo que trae el remolino de los tiempos es malo. La precaria condición espiritual del ser humano, desde la antigua queja que cerró el paraíso y que justifica, entre otros la estética de la tragedia griega, y antes, hasta la «náusea» existencialista abierta a partir de Kierkeegard, Heidegger y Sartre, entre otros, el rostro ambiguo de la humanidad es un paño sucio, un complejo de alienaciones y patologías  en continua pugna por la busca de sentido, paz y felicidad.

Aminorar, borrar la distancia que nos separa de nuestro rostro indefinido no es sólo razón de esta época calificada por «signos» escatológicos; pero este tiempo nos obliga, quizá más que otros, a confrontar y ahondar en nuestra arquitectura espiritual individual, y en ello deberíamos reconocer el mayor reto lanzado a la imprecisa condición humana. Así, podríamos retar la oscura vida con la inmemorial sentencia de Lao Tsé: «Su puerta es la entrada a todas las maravillas del Universo». 

(1) Poeta y Socióloga, Magistra en Antropología Jurídica, ex-profesora de la Universidad del Cauca.

(2) Arquitecta payanesa, sin haber nacido en Popayán; Ecologista, columnista de El Nuevo Liberal.

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