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Jueves, 13 de agosto de 2020. Última actualización: Hoy

MIS REMINISENCIAS DE ESE QUILICHAO ANTIGUO Y DEL HOTEL CENTRAL

El lunes 22 diciembre, 2008 a las 12:39 pm
El corroncho que salvó la porcelana
Por Alvaro Thomas Mosquera
Hurgando en su memoria, la poetisa Matilde Espinosa nos regala un trozo de su infancia acaecido en 1912:
“Recuerdo la noche cuando llegamos a Santander de Quilichao. Eran alrededor de las siete de la noche. Yo iba con mi hermanito, los dos en un caballo, después de viajar desde Popayán durante tres días. Bajando de Los Guabos y El Tajo, vi de lejos lo que para mí era un mar de luces, me maravillé. Tuve la impresión de que el cielo estaba boca abajo, que se había vaciado en el suelo. Eran los bombillos eléctricos que yo nunca había visto.”
Quilichao tenía electricidad domiciliaria antes que la luz de Coconuco brillara en Popayán y mucho antes que allá bautizaran el tinteadero del Parque de Caldas con el nombre conyugal de Café Eléctrico.
Don Rogelio Espinosa, hermano mayor de Matilde, a la llegada de ésta, comerciaba la luz a dos centavos el bombillo. Prendía la planta de luz a las seis de la tarde y la cortaba a las nueve de la noche. En el lapso vendía cine. Ese desarrollo mágico: imágenes en movimiento y noche iluminada alteró el sentido del espacio, sin que importara edades, educación y culturas. Los duendes de la noche se alejaban. El mundo infantil se disparaba a nuevas fantasias. Todos fuimos obligados a un nuevo entendimiento.
La minería en Quilichao quedaba ya para los textos de historia. En esos momentos el comercio (ganado, arroz, fríjol, carne, herramientas, zapatos, telas, remedios, específico, peinetas, ollas, peroles, machetes, bebedizos, velas, panela, espejos, pólvora Tres Efes, filtros de amor y de los otros, las pocas pepitas de oro que quedaban) se decía, el comercio ajustaba el ritmo del poblado.
Esos bombillos que regaron el cielo por el suelo llegaron a Quilichao al mismo tiempo que el ferrocarril. Para entonces, personas visionarias habían entendido la importancia de un mercado regional prendido a los llanos y a las montañas de la zona. Luz, cine, comercio, carretera y sobre todo el tren, acuñaban una singularidad que toca añadir a ésa biografía del Hotel Central.
Piénsese que cuando se construyó el ferrocarril de Cali a Popayán, existía suficiente poder político en el Norte del Cauca para incluir en el proyecto el ramal de Timba a Quilichao. No era carambola bola a bola. Era un diseño costoso alejado de la línea principal. Nada fácil: en el sitio de La Balsa y sobre el Río Cauca, como si fuera poco, debía tenderse sin grúas modernas un puente metálico de ésos comprados desarmados en Norteamérica y cuyo manual de montaje, por llegar en inglés, muy pocos lo entendian.
Añadamos que vecino a la Estación del Ferrocarril en Quilichao, con capital privado y como efecto de ésa movilidad colectiva, se construyó el primer centro comercial regional: locales a la calle, espacios interiores hacia patios. La idea de los Uni o Multi Centros aparecía casi cinco décadas antes en Quilichao que en Popayán o en Cali. Se sabía que energía, carreteras y tren eran vida, comercio, visitantes y turismo. Las condiciones para la existencia del Hotel Central estaban dadas.
Nosotros viajábamos en carro colepato a Quilichao. Varias veces hicimos el trayecto en tren. Cuando vivimos varios meses en el Hotel Central, -papá era ingeniero itinerante de la entonces Vivienda Campesina- me bañe en un río que el Alcalde Otón Sanchez había transformado en piscina, fantástica pileta con cascadas en que podíamos nadar, pescar y jugar a “Dulce, Pan y Queso” con las piedritas blancas. Conocí las revistas Pececa y Billiken, cómicos en formato tabloide llegadas de Chile y Argentina, inicio de la vocación de coleccionista de Hernán Franco. En el Hotel casi me mato al caer de cabeza, cuando mi curiosidad me lanzó a escalar tras de las cajas del pesebre que guardaban en el abovedado del Hotel. Aprendimos a ver películas en el Teatro Paz, para entonces con dueño diferente. Papá y mamá se matricularon en las películas de Cantinflas y nosotros en las de vaqueros. Conocimos el sabor de los nísperos, papayas, marañones, caimos, piñuelas, mameyes, madroños guanábanas y dosis personales de sol concentrado, propio de lo caliente. Los frutales que no estaban en el patio de atrás del Hotel, los encontrábamos gratis y junto a las lagartijas y mariposas en las huertas y potreros vecinos. Con Hernán y mi hermano Julio Antonio Gerardo, jugábamos en esa extensión del Hotel que la gente grande llamaba Parque de Santander y desde el balcón de nuestro cuarto esquinero oíamos el pitazo del tren compitiendo con las campanas de la misa o en la calle se enfrentaba el frenón de alguna berlina, sabíamos que llegaban otros huéspedes. Gente nueva. Ojala amigos para engrosar la pandilla.
El bellísimo recipiente de porcelana francesa que nos servia de lavamanos en nuestro cuarto en el Hotel Central, entonces no había baños en las piezas, lo convertí en pecera. Ahí empezó a morar un tiburón pequeño. Un Roño que yo había pescado en la piscina usando un colador de la cocina. Yo estaba seguro de que era un tiburón. Su boca atravesada en la parte inferior lo delataba. Porque no entendían que un tiburón chiquito podía pasar del Río Quilichao al Río Cauca y de ahí pasar al mar a donde llegaría grandote. ¿Cuál era el problema si había ríos?
Desde entonces cultivamos con Hernán Franco una amistad entrañable. Se aumentó en el internado del Liceo de Bachillerato en Popayán, la cuál ni su transplante a Norteamérica, ni los largos espacios para charlar cara a cara han logrado erosionar. Encontrarlo ahora escribiendo sobre Quilichao, desmadejando su memoria, recibiendo sus publicaciones, una de sus sillas para pesebre “Made in Pasto” desenredando la biografía del Hotel Central –parte de su vida familiar más profunda y de hecho parte de nuestra memoria más raizal. Conectándonos on line y telefónicamente vía satélite pagando allá, es algo por lo cuál le doy gracias a Dios por él y por su familia. Lo hago a nombre de mi totazo, mi papá, mamá, hermano y de mi pequeño tiburón.
Años después, comprometida la sostenibilidad del Hotel Central por la urgencia asfaltada e individualizada de la Carretera Panamericana. En cuidados intensivos la Piscina de Otón por el desmonte del sentido común de los alcaldes, mas el efecto de la tala de sus fuentes por poblaciones campesinas, matriculadas en la desacralización de sus míticas montañas no obstante esgrimir con justo orgullo su origen Nasa. Cuando el poblamiento de afán aporta creciente contaminación al río y peligro erosivo a las lomas de sus asentamientos. Cuando el ferrocarril pertenece al recuerdo y la famosa casa esquinera del Hotel Central hoy está escriturada a las deudas impagables del inolvidable Lucianito Echeverry Velez.
El espacio que fue nuestro cuarto cuando felizmente habitamos en el Hotel Central, y exactamente donde estaba la bella porcelana que transformé en pecera, fue ocupado por una consola de una emisora comarcana. Hace unos diez años por esas ondas radiales y a nombre de la Universidad del Valle, hablé de urbanismo. De pares viales para resolver positivamente el nudo del mercado regional y su vitalidad. Reflexioné sobre la posibilidad de un proyecto de recuperación de cuencas y piscina. De la necesidad de luchar para que el tiempo efímero del consumerismo y de las marcas no comprometer la vida que debíamos dedicar a nuestras creencias, la región, sus aguas, sus bosques, empresas novedosas frente al monocultivo de la caña. En fin, de la pertenencia de explorar sobre la identidad y la memoria como asunto urbano regional.
De ñapa recordé como colofón a programa tan sesudo y académico, que a los seis años en ése sitio exacto había sufrido yo una dolorosa frustración: Fue el día, comenté cuando el certero sabor comarcano de Misia Ana Julia Ramírez de Franco, para precisar mi biología y salvar la porcelana del Hotel Central, en un momento transformé en corroncho a mi pequeño tiburón.
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