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Mis recuerdos de Omar Lasso

El jueves 27 abril, 2023 a las 8:42 pm
Mis recuerdos de Omar Lasso.
Mis recuerdos de Omar Lasso.

Mis recuerdos de Omar Lasso.

Por: Carlos Fajardo

Tengo gratos recuerdos de mi amigo Omar Lasso Echavarría, fallecido el 14 de abril de este año. Relato algunos.

Días después de mi llegada a la Universidad del Cauca para estudiar filosofía, me encontré en las aulas con un joven que cursaba tercer o cuarto semestre de esa misma carrera. Veíamos la materia optativa, si la memoria no me traiciona, ‘Historia de las ideas políticas’. Allí, entre charla y charla, compartimos el gusto y la pasión por varios temas, entre ellos, la poesía. Cuando le comenté que yo escribía poemas, me dijo orgulloso: “yo soy de La Unión, Nariño, la tierra donde nació Aurelio Arturo, uno de los mayores poetas de Colombia”. En realidad, en mis escasos años, casi nada había leído de Arturo, pero, gracias a Omar, comencé a leerlo y a admirar su inmensa poesía.

Un día le manifesté que yo tenía en manuscrito unos cuantos poemas y que me gustaría pasarlos a limpio, pero, como casi todos los estudiantes pobres, no poseía máquina de escribir. “Carlos, no hay problema, yo tengo máquina y te los paso”, fueron sus generosas palabras. Omar vivía en las residencias universitarias ‘4 de marzo’ y hasta allí me encaminé una mañana. Llegué con numerosos poemas escritos en hojas dispersas, ante los cuales Omar, con serena paciencia, se puso en la tarea de pasarlos, mientras yo le dictaba esos iniciales intentos y experimentos con la palabra. Tal labor nos llevó casi dos mañanas y una que otra tarde. Era 1978 y aún conservo los poemas pasados por Omar en unas hojas tamaño oficio. Ese es y ha sido uno de los más gratos y felices recuerdos que conservo de mis primeros cómplices y amigos en Popayán.

Mis recuerdos de Omar Lasso.
Mis recuerdos de Omar Lasso.

Hacia 1982 y 1983 nos encontramos de nuevo bajo otras circunstancias. Omar trabajaba en la recepción del Hotel Camino Real, apenas inaugurado. Yo hacía el último semestre de filosofía y había sido contratado como cantante en la taberna de dicho hotel. Éramos dos necesitados de trabajo con nuestras hambres y pobrezas a cuestas. Omar vivía en una habitación del Camino Real, mientras yo alquilaba un estrecho cuarto en un inquilinato kafkiano, en pleno centro de la ciudad, cerca del almacén Ley, donde compartía con estudiantes y comerciantes beodos, los cuales cada noche entraban con diferentes amantes. Era todo un festín de paganos que llenaban el recinto con sus quejidos voluptuosos y pasionales.

El caso es que había sido contratado por el dueño del Camino Real para hacer el show de canto. A eso de las siete de la noche llegaba al hotel con mi guitarra, donde Omar me recibía en la portería con su acostumbrada amabilidad. De miércoles a jueves cantaba en solitario. Los viernes y sábados me acompañaba con su guitarra el talentoso Tomás Montilla Díaz, estudiante de música en el conservatorio de la Universidad del Cauca. El compromiso era hacer dos cantatas: de siete y media a ocho y de nueve a diez. Mientras cantaba, Omar me escuchaba en la recepción. Los lunes, en horas de la tarde, el dueño daba los pocos billetes que servían para comer y pagar el arriendo en el inquilinato de los necesitados. Ajustaba la semana con alguna que otra serenata que un enamorado contrataba después de nuestra presentación.

Mis recuerdos de Omar Lasso.
Mis recuerdos de Omar Lasso.

Así seguí viendo a Omar en esas noches payanesas hasta que un jueves santo, a las ocho y trece minutos de la mañana, el mundo se nos vino encima. Era el 31 de marzo de 1983. El terremoto me sacudió, dejándome sin el trabajo de la taberna, con los últimos seminarios de mi carrera de filosofía en suspenso, con la sensación de orfandad, miedo, destrucción y soledad a cuestas. Estaba enamorado de una mujer de ojos verdes cuyo nombre y presencia me abrigaba y daba amparo. Con ella salí hacia Cali, buscando refugio, y allí me quedé unos cuantos meses hasta que la universidad, entre polvo, reconstrucción e improvisados salones, reactivó los cursos. En medio de este caos de sobrevivencia no volví a saber nada de Omar. Me gradué en Filosofía, retorné a Cali de donde partí hacia Bogotá a realizar una maestría en literatura y a trabajar como profesor.

Hacia 1997 viajé a Popayán y ya Omar estaba instalado en su librería Macondo, entre mesas y contertulios. La tenía desde 1987. Me alegró verlo en su actividad de librero y de anfitrión, rodeado de los intelectuales y artistas, entre los que me encontré a los viejos amigos del grupo literario La Rueda, a profesores de la universidad y al poeta Giovanni Quessep, al que en 1982 habíamos dado una fervorosa y etílica bienvenida a la ciudad blanca.

En mis regresos a Popayán siempre visitaba a este animoso librero que conocí una tarde de 1977 en los salones de la Facultad de Humanidades, quien me tendió una mano y creyó en mí, pasando en su vieja máquina de escribir aquella carpeta de juveniles poemas; al que, con mi guitarra en mano, saludaba en la puerta de un hotel que por esos días de pasión vital y creadora nos abrigó bajo sus paredes coloniales.

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