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Martes, 19 de noviembre de 2019. Última actualización: Hoy

Mientras agonizo, de Faulkner

El miércoles 25 abril, 2018 a las 4:01 pm

Mientras agonizo, de Faulkner

Mientras agonizo, de Faulkner

Es una polifonía de conciencia interior fluyendo con la característica, vida y pensamientos de los familiares y vecinos que directa o indirectamente están relacionados con la muerte de la matrona Addie y el traslado de su cadáver a la tierra de sus ancestros.

Es una conjunción de puntos de vista, como en un prisma condensando y dispersando los colores, y que con los pensamientos y observación silenciosa del entorno y cortos diálogos de los personajes arman el rompecabezas de la vida de la agonizante Addie, de la de sus hijos de diferentes edades: Darl, Cash, Jewel, Dewey Dell, su esposo Anse, el médico Peabody y sus vecinos Cora y Tull.

El fluir de la conciencia de cada uno de los personajes, es narrado por el autor a través de lo que ven, huelen, recuerdan, asocian, intuyen y ansían, cuando les cede el monologo interior, matizado por cortos diálogos.

Una escena prolongada y dramática se amplía con el punto de vista de todos los personajes, a medida que su hijo Cash, como si disfrutara de su trabajo, se ha situado al frente de la ventana, desde donde la madre que agoniza, antigua y dura con los niños maestra de escuela, puede ver y escuchar el serrucho que corta pule y alista el ataúd en donde la clavarán para después trasladarla a Jefferson, su lejana tierra natal.

Toda la familia en largo peregrinaje con el cada vez más fermentado cadáver de la difunta, con Cash acostado, entablillado de la pierna fracturada después de que el río crecido arrastró el carruaje y después que lo repararon y consiguieron dos mulas, amarrado encima, viendo como planean los gallinazos que aumentan en número volando en círculo, y cuando detienen la caravana y se atreven a arrimarse al ataúd, son espantados por el pequeño Vandarman.

En el tortuoso camino sufren duras pruebas como el tener que afrontar la riada en la que pierden las mulas y casi muere Cash y después, para continuar la marcha y hacerse a otra recua de mulas, el padre descarta temporalmente su sueño de hacerse a la dentadura postiza para poder mascar como cristiano, se deshace de sus escasas herramientas y además se compromete a entregar el brioso caballo, por el que Jewell se trasnochó tantas noches arando los campos de uno de sus vecinos.

Cuando arriman a un pueblo, Dewey con sus 17 años, busca la botica que le recomendó el que la preñó, para no le venden el abortivo y su otro hermano va a buscar un poco de cemento para fijarle al ataúd en que va atado y a la carreta la pierna fracturada, mientras el aguacil les insiste para que lo lleven donde un médico y los apura para abandonen al pueblo que tienen azotado con la pestilencia del cadáver fermentado como un queso podrido.

El siguiente cuadro dramático se presenta con el incendio del granero en donde Jewell y otros luchan primero por salvar el caballo, las mulas, una vaca y después el ataúd, que en esfuerzo sobrehumano se echa al hombro en medio de las llamas y el humo. Al final descubren que Darl, el más consciente de la insensatez del peregrinaje, fue el causante del incendio e intentan castigarlo. A Cash la pierna se le infecta y engangrena.

Dewey hace el último intento por lograr que un médico le permita abortar, pero de nuevo es engañada y su padre al darse cuenta que carga diez dólares se los quita, se ausenta y regresa acicalado, perfumado y con una mujer sacada de un prostíbulo a la que le presenta a sus hijos como la señora Durhan. Darl es llevado a un manicomio.

El describir las sensaciones involucrando los ojos, la nariz, el tacto, los oídos, que en su monologo interior o fluir de conciencia abundan en los personajes, podemos apreciarlo en el siguiente fragmento correspondiente a Darl:

“El farol está sobre un tocón. Es un farol herrumbroso, emporcado de grasa. Tiene uno de sus lados tiznado con una ascendente mancha de hollín; su tubo roto arroja una claridad débil y deprimente sobre los caballetes, sobre los tableros, sobre la tierra adyacente. Sobre el suelo oscuro, las virutas semejan manchas de un color suavemente pálido pintadas en un lienzo negro. Los tableros parecen tersos jirones arrancados a la chata oscuridad y hechos caer hacia atrás, rebatidos. Cash se afana entre los caballetes: va y viene, levanta y coloca los tableros, que repercuten castañeteantes en el aire muerto, como si, una vez levantados, los dejara caer al hondón de un pozo invisible, cesando los sonidos, mas no desapareciendo, como si algún movimiento los desalojara del aire inmediato y resonaran repetidamente. Se pone a aserrar otra vez. Su codo relumbra suave, pues una delgada hebra de fuego corre a lo largo de los dientes de la sierra; hebra de fuego perdida y recobrada con el vaivén de cada viaje de la sierra, en continua prolongación, de manera que la sierra parece ser de seis pies de larga, al entrar y salir de la silueta inútil y miserable de padre. –Déme ese tablero –le dice Cash–. Ése, no; el otro. Deja la sierra y va y coge el tablero que desea, apartando a padre con la larga claridad que se mece en el tablero al balancearse. El aire huele a azufre. Sobre su impalpable superficie, las sombras se sitúan como sobre una pared; como si, al igual que los sonidos, no se alejasen mucho al caer, sino que tan solo se coagulasen durante un instante, inmediato y soñador. Cash, medio vuelto hacia la débil luz, trabaja que te trabaja, agarrotando los músculos de una de sus piernas y de su brazo, delgado como una vara; la cara hundida en la luz con arrobada y dinámica inmovilidad y puesta sobre su codo infatigable. En el regazo del cielo, los relámpagos laten tímidamente; y contra el cielo, los árboles, inmóviles, agitan hasta su rama más pequeña, hinchados, crecidos como con rápida juventud”.

Son temas recurrentes en los relatos de Faulkner: la decadencia de una familia y una tierra mítica: el condado de Yoknapatawapha, donde sobreviven sus machistas personajes que odian a los negros como causa viva de la pérdida de su prosperidad ligada a la explotación del algodón y son recuerdo permanente del esplendor del sur confederado en cuyas banderas luchó el coronel Falkner, sin “u”, su abuelo, quien también escribió una novela, exitosa en su época y que según varios estudiosos de la obra equivale al coronel Sartoris de sus novelas, quien junto a personajes de las otras familias de antiguas hacendados presentes en sus obras, rumian nostalgias del pasado glorioso que el viento de la guerra de secesión, ganada por los yanquis, se llevó para no volver, y convirtió su vida de aristócratas en medio de algodonales trabajados por esclavos, en una decadente tragedia lubricada por el whisky que destilan en sus alambiques junto a sus amargados recuerdos y miserias cotidianas.

Según Carlos Zuluaga, Faulkner, nacido en el Albany, Mississippi, y criado en Newport, fue un niño díscolo enemigo de la escuela e influenciado por el modo de vida de los personajes de Mark Twain, escritor que también lo influenció, junto al francés Emile Zola y el ruso Dostoievsky, quienes en sus historias recrean la vida de sus personajes liberados de caretas y con su lenguaje cotidiano. También leyó al irlandés Joyce, quien lo influenció para sus monólogos interiores en sus obras: “El sonido y la furia” y “Mientras agonizo”.

Junto a Steinbeck, Dos Passos, Heminghway, Fitzgerald, pertenecen a la llamada generación perdida de las posguerras mundiales.

Inicialmente no fue bien acogido por los lectores americanos que consideraban sus obras difíciles y tuvo mayor éxito en Francia y España. También fue guionista de Hollywood y bebedor empedernido.

Tal como lo expresa el director del taller, Harold Kremer, esta historia tiene visos de tragedia griega, en la que el cadáver de la matrona Adie es sometida a los cuatro elementos. Agua, en la riada, fuego, en el incendio, aire, en la putrefacción y tierra, cuando al fin es sepultada en Jefferson, en viaje que marca la ruina para sus hijos: Cash con su pierna doblemente fracturada; Jewell sin su caballo, que era lo que más quería, Davarnan el niño retrasado, y Dewey Dell, con un hijo indeseado creciendo en sus entrañas. El único ganancioso evidente es él zángano del padre, al que en escenas de los capítulos anteriores, el autor nos lo muestra como un haragán, acostumbrado a la vida cómoda de los antiguos terratenientes sureños dependientes de sus esclavos. Al saber que Dewey Dell, guarda diez dólares que había cuidadosamente guardado para intentar abortar, el padre Anse, se los roba y con ellos, va a la barbería, se perfuma, compra un traje y va al prostíbulo por su amante a quién presenta a sus hijos, como su nueva esposa.

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Otras publicaciones de este autor en: https://www.proclamadelcauca.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/felipe-solarte-nates/

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