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MI VIAJE A VENEZUELA

El domingo 9 febrero, 2020 a las 4:16 pm

100 % EN SERIO: MI VIAJE A VENEZUELA

Julio César Espinosa
Por Julio César Espinosa*

   Por fin  decidí viajar a Venezuela. Estaba harto de leer tanta calumnia contra el ilustrísisisisimo Hablachento II, Señor Presidente de la Bolivariana República, contra sus 200.000 milicianos armados, contra sus tres mil generales de tres soles y contra el nunca bien ponderado Diosdado Cabello quien, como su nombre lo indica, fue dado por Dios a Venezuela para reemplazar a Nicolás Maduro Moros, en caso de ausencia por renuncia voluntaria (prevista para el año 2.500 D.C.) o retiro del poder por razones de “cualquier otra índole” (por ejemplo: una bomba de Trump que, seguramente, le ha de causar un chichón enorme en la cabeza).

   Llegué al Puente Internacional bien armado: En el bolsillo derecho de mi chaqueta dorada, una libra de queso. Al otro lado, un tubo de salchichón que hice traer del Líbano (Tolima). En los bolsillos internos sendas barras de pan.

   Un guardia venezolano me reconoció tan solo con verme. “Este gordito no puede ser de aquí”, dijo, me encañonó y agregó:

   –En Venezuela no hay gordos, excepto el Presidente.

   Yo me quedé mirándolo fijamente, puse con disimulo un fragmento de pan en su mano y le expresé mi deseo de conocer su país. Con ojos entornados el hombre miró el mendrugo en estado de éxtasis, lo devoró tras masticarlo 30 veces, como aconseja Hiromi Shinya, y me dio el pase.

   “Ze bende maleta motivo biaje a pie”, pude leer en la primera casa que hallé a un lado de la carretera que conduce a Mérida.

   La oferta procedía de una buena señora que se aprestaba iniciar un tour a pata pelada por Colombia y otras naciones contiguas. Bueno, si esta gente se puede dar el  lujo de hacer turismo es porque no están tan mal, como dicen los críticos, razonaba yo.

   Un restaurante peregrino me alborotó el hambre. Ingresé y el mesero me trajo la carta con el menú:

Había sopa de lombriz en salsa verde, a 355 millones de bolívares la porción.

   Otro plato incitaba a la glotonería con un “almuerzo presidencial” que constaba de “suspiros de huevo”, es decir, huevos que no tenían cáscara ni clara ni yema; “dos chorizos vacíos y sin forro” y un vaso de agua deshidratada, alimentos todos ellos completamente dietéticos. Por ser el plato fuerte, su precio resultaba algo caro: 589 millones de bolívares, sin derecho a repetición.

   “Esencia de nube a la valenciana”, ofrecía la carta como postre especial para diabéticos. “¿Con qué la preparan?”, me permití interrogar al mesero. Muy paciente, el empleado me enumeró el largo proceso culinario para cocer la dichosa esencia. “Son exquisitos cubitos de hielo”, comenzó. “A los cuales se les agrega agua tibia y se revuelven hasta obtener una mezcla homogénea. De ahí, en un cazo aparte se pone a tibiar media botella de agua a no más de 60°, pues una mayor temperatura dañaría el sabor final del postre. Luego, se le agrega la mezcla homogénea y se pasa ahora sí al horno, a una temperatura alta, digamos 140°, cuando comience a despedir un vapor dulcemente aromático, se saca del horno y se deja reposar por veinte minutos, al cabo de los cuales, con un atomizador se le aplica un rocío de H20, ojalá de lluvia, que le imprime un impresionante sabor natural, y allí sí, se sirve”.

   Fue así como di en entender que ciertamente los enemigos del Hablachento II son lengüilargos que carecen de amor a su noble gobierno.

   Y de pronto, un desfile militar, la larga parada diaria que da muestra de lealtad al Estado por parte de los armados y fieles intérpretes de la voluntad del Ilustrisisisisísimo.

   Me detuve a observar al que parecía ser el del mando supremo. Una cascada de medallas, condecoraciones y banderitas  iniciaba su camino encima del hombro derecho, daba una vuelta por el ombligo y continuaba su extenuante camino hasta concluir en el tobillo izquierdo. Pero, Oh sorpresa, no terminaba ahí sino que daba la vuelta por el otro tobillo y comenzaba a ascender de nuevo por la pantorrilla hasta llegar a la nalga izquierda, muy cerca de donde la espalda pierda su digno nombre.

   “¡Qué coraje de hombre!”, pensé ante tanto derroche de valentía. Me di mañas para buscar en la “Revista oficial del Ejército” las causas explícitas de semejante larguero de muy merecidas distinciones y, por cansonas, me limito a exponer media docena nada más:

  1. Medalla al buen cálculo militar matemático, porque confirmó para el Hablachento II que efectivamente 7 X 7 da 35 y no 49, como pretende Uribe y el resto de la cohorte ubérrima.
  2. Distinción “Sangre de Bolívar”, porque descubrió que Chávez albergaba ADN del Libertadorrrrrrrrrrrrrrr.
  3. Condecoración Cruz de Petróleo, por haber rechazado a tiempo el intento golpista del 11 de abril de 2002 contra el Hablachento I. Se escondió debajo de la cama y desde allí disparó su furibunda ametralladora.
  4. Medalla al Mérito Ejecutivo por haber fundado el Casino de Oficiales “Elena de Chávez”, donde las sacrificadas huestes militares leales a Hablachento I y Hablachento II, pueden disponer de abundante comida, ropa y droga.
  5. Insignia Lanceros Dorados, por la cual se le reconocieron méritos en la lucha antiuribe, antiDuque, antiFernanda Cabal y antiPaloma Valencia.
  6. Presea La Vaca de Oro, por haber expatriado a tres millones de venezolanos, a los cuales arrió como ganado y consideró traidores e incapaces de aguantar hambre por amor a los Insignes Hablachentos.

   Mi siguiente parada fue en una sala de Cine. La película del día “Hablachento II contra Jaime Bayly”: una producción de Pablo de la Barra. Acción pura, verborragia socialista y caca antimperialista.

   Ya en las horas de la noche busqué un hotel para pernoctar en mi primera noche por el paraíso marxista.

   Un caballero me ofreció una pieza en su casa pero me prohibió tomar fotos comprometedoras.

Al día siguiente se me asignó un guardia venezolano para acompañarme por mi tour, pues en esa patria se protege al turista.

“¿Qué dice la gente sobre Maduro?”, le pregunté.

   “Que es un gran poeta”, me replicó enternecido. Le pedí que me diera una muestra de sus versos y me recordó uno: “Bolívar estaba huérfano de esposa”.

   Alegué que eso era una brutalidad, que no se decía huérfano de esposa sino viudo. El policía me apachurró con estos argumentos: “Es una metáfora, estúpido, como cuando uno dice “Venezuela está huérfana de comida, huérfana de drogas, huérfana de viviendas”.

No pude refutar al policía y regresé a mi Colombia lo más pronto que pude.

*Miembro de la Asociación Caucana de Escritores A.C.E.

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