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Jueves, 26 de noviembre de 2020. Última actualización: Hoy

Mi último viaje a San Andrés

El sábado 21 noviembre, 2020 a las 12:33 pm

Mi último viaje a San Andrés

Mi último viaje a San Andrés

Uno de los momentos más esperados de los jóvenes de mi generación, era el viaje de fin del colegio a San Andrés, una maratón de bazares, rifas y hasta créditos, para que los recién graduados tuvieran el lujo de visitar una de las islas más hermosas del caribe. No obstante, el plan también encantaba a enamorados, recién casados y a aquellas señoras que había en cada ciudad, que traía la famosa “Mercancía de San Andrés”; una montonera de lencería, vajillas y cuanta cosa que revendían en un almacén, un garaje o de puerta en puerta. En efecto en 1953 bajo Rojas Pinilla, San Andrés fue declarada Puerto Libre Comercial y Turístico, provocando la llegada de comerciantes de varios lugares del mundo y del interior del país.

Los que visitamos la isla en las décadas de los ochenta, noventa y comienzos del dos mil, tuvimos el privilegio de disfrutar del célebre mar de siete colores, de atardeceres perfectos y de la compañía de los sanandresanos; gente fabulosa, fruto de la mezcla entre ingleses, españoles y africanos, quienes ambientándonos con el célebre coctel cocoloco, sus rastas, bromas e historias narradas en creole, fusión entre el español, inglés isabelino y dialectos africanos, nos hacían volar al mundo de los piratas, como Morgan, quien guardaba sus tesoros en su famosa cueva. Ni qué decir de verlos bailar reggae, soca y calipso, una explosión de sabor y cultura.

A la isla llegaba gente de todos los rincones del mundo, a disfrutar de los deportes náuticos, a comer un plato típico en Johnny Cay, a dar una vuelta a la isla acariciando los corales. Imperdible la visita al Acuario, a Piscinita, al Jardín Botánico y por supuesto, al cariñosamente llamado “Tesoro escondido del Caribe”, la mágica Providencia y Santa Catalina, a veinte minutos de San Andrés. Tantas maravillas juntas, dieron lugar a que en el año 2000 la UNESCO declarara al archipiélago Reserva Mundial de la Biosfera “Sea Flower”.

Con mis recuerdos de algunos viajes y la posibilidad en el 2018 de ir con mi esposo y mi hijo, visitamos la isla. Desde la llegada al aeropuerto, sentí que era un lugar diferente al que albergaban mis recuerdos, una infraestructura abandonada, llena de daños y sin acceso a internet, nos dirigimos al hotel, observando calles en pésimo estado, un sistema eléctrico deplorable y mucha pobreza.

Al llegar al hotel, un panorama muy distinto, hermosas instalaciones, una playa espectacular y una piscina justo al frente de nuestra cabaña. Después de descansar un rato pedimos un taxi del hotel.

-¿Al aeropuerto? No me han entregado su equipaje, afirmó el taxista.

-No señor, acabamos de llegar, y queremos visitar primero el interior de la isla, tener contacto con la gente y comer algo local, le contesté.

El señor, mirándome con extrañeza me dijo:

Pero señora, el hotel es genial, tiene playa privada y paquetes de visitas a los lugares turísticos, ¿por qué quiere arriesgarse con su familia a adentrarse en una ciudad absolutamente peligrosa llena de bandas criminales y delincuencia?

Nos miramos con mi esposo con tristeza y temor. Sin embargo, le pedimos que nos llevara y nos contara qué estaba sucediendo en San Andrés.

Amigos, en esta isla hay dos mundos, uno el del turismo, con hoteles boutique y lindas playas, y otro, el que se vive en barrios como El Cocal, El Cliff, Sarie Bay, Modelo y otras zonas azotadas por la violencia, a las que no los puedo llevar.

Con escasas palabras de nuestra parte y muchas historias amargas de la suya, nos detuvimos en un restaurante pintoresco, nos atendió un joven nicaragüense, su situación en su país, lo había llevado a emigrar a Colombia, ironías de la vida, pues Nicaragua en el 2012 a través de una sentencia de la Corte Internacional de la Haya, logró que Colombia perdiera cerca del 43% de su territorio marítimo en el mar Caribe, pero tal parece que padecemos los mismos males. Nos recomendó un pescado a los frutos exóticos, pero no nos dijo que clase de pez era, estaba delicioso, pero era un pez de agua dulce, le dije algo molesta: ¿Cómo así que un pez de agua dulce si estamos en medio del océano? Amablemente respondió: ¿Ve esa cantidad de barcos pesqueros ahí parqueados oxidándose? Después de perder el mar, las zonas de pesca son mucho más reducidas y lo que se atrapa es limitado a los hoteles, los pesqueros no han tenido opción que no sea abandonar sus barcos o dedicarlos al narcotráfico.

Me quedé en silencio; después de un par de horas volvimos al hotel, con sinsabor viendo lo que parece nadie ve, la destrucción de manglares para agrandar las playas de los hoteles, la cantidad de animales muertos que llegan a la playa, las montañas de basura, un hospital que se inunda con cualquier lluvia, la ausencia de oportunidades y de educación para los nativos. Qué vergüenza con el pueblo sanandresano que pese a haber tenido la oportunidad de emanciparse, en una de las ocasiones más conocidas a principios del siglo XX, cuando los Estados Unidos persuadió a los isleños para separarse como lo hizo con Panamá, pero ellos prefirieron seguir siendo colombianos.

Por una extraña razón, me sentí culpable, cómplice; pero es que lo soy, lo somos, por resistirnos a la realidad del cambio climático, que es hoy no mañana, porque ni siquiera una pandemia y la furia de la naturaleza nos invita a reconciliaros con ella y a replantear nuestro sistema de producción y consumo. No señoras y señores no fue el huracán Iota el que ha destruido a más del noventa por ciento de la infraestructura de San Andrés, Iota es simplemente la cereza en el pastel de la ola de corrupción, abandono y descuido al medio ambiente en el que se encuentra la isla y tantas regiones de nuestro hermoso país y nosotros aquí haciéndonos los … de la vista gorda.

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Victoria Paz Ablanque
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