Miércoles, 5 de agosto de 2020. Última actualización: Hoy

Meditaciones de cuarentena (6)

El jueves 21 mayo, 2020 a las 9:40 am
Meditaciones de cuarentena (6)
Imagen de referencia: https://www.booking.com/

Meditaciones de cuarentena (6)

Meditaciones de cuarentena (6)

Bogotá es la capital como tal llena las expectativas, por eso es considerada de todos, una ciudad que tiene que dar mucho y recibir poco. Todos nos creemos con derecho sobre ella, sus calles son laberinto de realizaciones para tantos que como provincianos llegamos con un suéter liviano, un traje delgado, una piel curtida; cada rasgo nos identifica: no somos de aquí. Alzar la vista es mirar un escenario repleto de gente extraña, que con propiedad siente su suelo así pague una habitación estrecha por Chapinero o la Candelaria, la Veintiséis o las Tres Cruces. Después de vivir en Bogotá, cuando obliga la ausencia, vale venir en un retorno de nostalgia que nos hace volver a las calles frecuentadas y encontrar que la oficina donde desempeñó tu oficio ya no está, el bar donde nos reuníamos a tomar cerveza ha desaparecido, la casa de inquilinato donde habitabas es ahora un estirado edificio que intenta confundir su cúspide con la niebla temprana.

Queda la iglesia donde entrabas, más que al diálogo con Dios a descansar los pies de unos zapatos húmedos; el museo a donde ibas a dormitar está remodelado; el sanandresito donde ibas de compras se ha desplazado; El Cartucho se ha ampliado y continúa siendo un sitio tenebroso. Algo impide que vayas por el Parque Nacional, complejo sumario de relaciones peligrosas, sus visitantes no tienen nombre, los mira con desconfianza, te alejas tú para evitar un encuentro fortuito: en Bogotá los amores surgen de la rutina, de la malicia primigenia, del instinto pero nunca a primera vista; más bien de saludos esporádicos que al principio nadie te contesta, si no es por la frecuencia de vernos, de esa frecuencia del ofrecer la mano para descender del Transmilenio.

Son tantos los sitios cerrados: la oficina, el restaurante, el teatro. Puertas batientes que hacen el límite, allí encuentras a varios, esas personas se alejan con pasos raudos como la lluvia que cae frecuente, como la brisa que precipita los pies del caminante, como la nostalgia de volver sobre una esquina perdida en la penumbra. Un escenario kafkiano, el Nocturno de Silva, la sonata lenta se deja escuchar desde el biombo de un café inesperado, ojos de tantas ratas que atisban desde una alcantarilla. Bogotá tiene atractivos. No lo son para mí sus teleféricos, sus cerros en ventisca, sus caprichosas chicalá, los carboneros, los fresnos, los cauchos, indiferente paso por su sombra como que siempre están allí esperando el regreso.

Tiene ese embeleco de sus comidas tradicionales, de sus sitios frecuentes, de sus costumbres adheridas a la piel, el habla incorporada a las dicciones delicadas, el recuerdo intransferible de los libros que descansan distantes en las bibliotecas donde me encerré tanto inviernos, lenguaje universal que llama, que hace retornar en cada excusa porque me siento de su seno, del sol picante en la altura, de sus tardes de bruma, del tren que se aleja por entre los eucaliptos viajando al infinito. Desde que viví sus calles, los retornos son obligados para sentirme habitante de esta Bogotá indiferente.

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