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El domingo 1 marzo, 2009 a las 11:40 am

ME CONCEDIERON LA VISA USA

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leoquevedo@hotmail.com

Había oído decir que conseguir que otorgaran la visa a los Estados Unidos era toda una odisea. Le pintan a uno la cara terrible y sentenciosa de los cónsules que le oyen a uno a través de un teléfono y lo miran por un vidrio blindado desde una ventana. Pero se presentó la ocasión de utilizar una indemnización por la demora de todo un día de Avianca y decidí con mi señora ir a la gran Manzana. Quise gastar unos cuantos pesos colombianos con el riesgo de perderlos y morir de angustia en el intento.

Subí a Bogotá con mi señora, la maleta y dos paquetes llenos de formularios, fotos, comprobantes de propiedades, colillas de los tres últimos extractos de los bancos. Ya habíamos pagado el pin con el que llamamos a un señor de una lección sabida de memoria. Le preguntan el nombre, la dirección, si es casado, que diga el nombre de su ex, que cuales son las intenciones de viajar, que cuantos días se va a quedar, que no lleve polvo alguno entre las hojas del pasaporte, que la mujer no vaya con aretes ni con celulares a la cita. En fin, 20 minutos me tuvo por la línea por sólo 48.000 pesitos. Llené dos formularios en el Banco de Crédito con dos mil informaciones, pagué US131 por el derecho de la cita. Sí, fue una procesión de alfileres, requeñeques y simplezas que a algunos les parecerá una sinfonía de zancadillas.

Llegó el ansiado día y nos presentamos a las 6:30 a.m. a la fila con el fajo de papeles al aire libre. Allí le revisan y lo devuelven si en la foto no se ven las orejas en su tamaño o si lleva colorete. Pero, al fin entramos. Qué proeza. En una ventanilla impersonal, le preguntan lo mismo que el primer señor que dio la cita y lo mandan a sentarse. Llaman, intermitentes, por altavoces como en un regimiento a los cientos de personas a poner las huellas y esperar un código de grupo para cuando el cónsul vaya a recibirlo. Yo pensé en Guantánamo. El trato es frío, más que el clima, impersonal y, a veces, parece cruel.

A las 10:45 cesó la larga espera. Pasaban frente a nosotros con su cara sonriente quienes habían obtenido la aprobación de la visa, a pagar $56.000 por el envío del pasaporte a la residencia. A nosotros nos tocó acercarnos a la ventana donde atendía un dama joven que sólo nos preguntó cuanto ganábamos y si vivíamos en casa propia. Me pidió los extractos y le pasé los de mi cuenta en Citibank. De inmediato dijo la palabra clave: “tienen sus visas aprobadas”. Quedé estupefacto. ¿Eso era todo?

Yo esperaba entrar a una sala con alfombra roja. Allí habría un señor con cara colorada y bien peinado. Estaría la bandera roja y azul con las 50 estrellas de los Estados. Habría un coronel o aunque fuera un infante con su uniforme blanco y su fusil al brazo. Pero no. La magnificencia y poder del representante de nuestro señor Obama aquí en la tierra, era de carne y hueso como cualquier boyacense o quipiluno. Nada de ostentación ni de fuerza.

Hoy ya hemos recibido la visa que nos abre la entrada al mundo mágico del reino de Wall Street, las hamburguesas Mc Donald y el riesgo de volverse gordo. Iremos felices porque no vamos de rumba a Hollywood ni a jugar la platica a Las Vegas ni a ganar dolaritos. Vamos a visitar en Amherst, Massachusetts, la casa y alrededores donde nació y vivió casi en retiro Emily Dickinson, la poetisa fundacional de Estados Unidos. De paso, conoceremos Brooklyn, la Quinta Avenida, los museos y otros símbolos de la cultura y el arte norteamericanos.
26-02-09 – 11:05 a.m.

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