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Madame Bovary – II La inequívoca vocación de ser escritor

El jueves 15 febrero, 2024 a las 3:59 pm
Madame Bovary - II La inequívoca vocación de ser escritor
Madame Bovary – II La inequívoca vocación de ser escritor
Crédito: Brandes Autographs
Donaldo Mendoza

“En sus jornadas regulares de siete horas de trabajo escribe
una página diaria. Luego veinte páginas en un mes. Y al final 
tan solo dos páginas por semana”.   –Julio C. Acerete

    La información del epígrafe tiene especial significación (y lección), en razón de la tenaz labor que representaba para Gustave Flaubert el ejercicio de la escritura. Escribir bien es un deber, consigo mismo y con los lectores; “el deber de ejercer la práctica de escribir, como si se tratara de un oficio regular, independientemente de su predisposición, de su humor o de la sempiterna y mística inspiración”. Una vez asumida la escritura como oficio (“la conciencia de que se moriría si no escribiera.”), la búsqueda esencial es la de un estilo, ya que solo así «es posible dotar la idea de una fuerza personal».

    Al principio de “Madame Bovary” ya encontramos una recomendación, que obliga con fuerza de disciplina: «…aplicarse a su tarea concienzudamente, buscar con minuciosidad las palabras en el diccionario», y mantener despierta la memoria. Es tan importante para Flaubert dar con la palabra precisa, que subraya incluso su carácter terapéutico: «…se dispuso a confortar al paciente con buenas palabras, que son como caricias quirúrgicas o aceite que suaviza los bisturíes». Con una sentencia estética que despeja cualquier duda: «Lo bello no puede estropear nada».

    Alguna vez, al principio de la Revolución, se discutía en La Habana sobre el compromiso del escritor latinoamericano, y Julio Cortázar no dudó: “El compromiso revolucionario de todo escritor es escribir bien”. Quedó resuelta también en esa respuesta un problema ético. Gustave Flaubert parece haberlo dejado escrito con sangre: «Prefiero reventar como un perro a apresurar ni siquiera un instante cualquiera de mis frases antes de considerarla madura». Un escritor con vocación suicida, alguno dirá. He ahí la paradoja, en virtud del poder purificador que se atribuye a la literatura y a su instrumento, la escritura.

    Gustave Flaubert enfrentó problemas con los tribunales, en donde lo acusaron de inmoral y hereje por algunos pasajes de su novela. Incluso, quisieron saber si había tenido un referente real para elaborar la obra. Fue entonces cuando pronunció su célebre frase: «Madame Bovary soy yo». “…palabras redentoras que evitan la asfixia moral”. Así puso fin al juicio. La frase es incontestable, dado que, palabra a palabra, «Madame Bovary» es una construcción absoluta de Flaubert.

Y con frases de Gustave Flaubert doy fin a este artículo.

  • El artista ha de ser en su obra como Dios en la creación: se le nota por todas partes, pero no se le ve.
  • La moral del Arte consiste en su misma belleza.
  • Uno no elige el tema […] El secreto de las obras maestras radica en la concordancia entre el tema y el carácter del autor.
  • El estilo está debajo de las palabras como en las palabras. Es tanto el alma como la carne de una obra.
  • ¿Por qué atacar las pasiones? ¿Acaso no constituyen ellas lo único hermoso que existe en este mundo? ¿Es que no se encuentran en ellas la fuente del heroísmo, de la poesía, de la música, de las artes… y de todo aquello que merece la pena ser vivido?
  • La censura, cualquiera que sea, me parece una monstruosidad, algo peor que el homicidio; el atentado contra el pensamiento es un crimen de lesa alma.

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