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Luz huella y memoria

El martes 24 mayo, 2022 a las 10:07 am

Luz huella y memoria

Elkin Quintero

¿Cómo encender la palabra si hace tiempo se oscureció el camino?Matilde Espinosa (1990) Estación desconocida. Interrogantes.

Cuando intento escribir, lo hago en un trazo de mi presencia sobre el papel en versos.  Cuando pretendo eternizar mi imagen sobre el lienzo, dejó que el hombre que me amo hasta el delirio me plasme con colores o en blanco y negro. Cuando sueño con la trascendencia, me encuentro ligada a la cicatriz que dejó el tiempo en mi alma el ayer.

Matilde Espinosa, un ser de luz, de una grandeza absoluta que merece ser enaltecida sin pretensiones personales de vanidad y orgullo, de etnias o descendencias, de luces y sombras. Porque su ser creador fue libre y su poesía a través del símbolo altera la realidad en beneficio de una estética que permite que el ser humano tenga sus propios destellos e íntimos suspiros. Los versos de la obra poética de Matilde son píldoras curativas, son buena salud mental para aquellos que aún confiamos en la magia del arte, en el poder transformador de la poesía.

Sin entrar a juzgar la elevación poética de sus textos debo ser justo y dejar que su sentir se anide en mi alma; solo de esa manera puedo atreverme a pensar que a ella desde niña le asistió una necesidad de desahogo, de confesión; una forma de génesis capaz de originar su propia mutación. Ella, sin temor alguno se ideó la manera más sutil de fundirse entre lo nuevo y lo antiguo, entre lo turbio y el resplandor, entre América y Europa, entre la cordura y la locura, entre el odio y el amor. Esta catarsis le entregó las fuerzas necesarias para superar las ambivalencias que acompañaron su ser desde niña.

En este sentido, lo visceral de su hado pretendió transformar la literatura de su época y convertirse en una verdadera mediadora y desde cada palabra provocar la reflexión. Por ello, la obra de Matilde nos permite comprender que somos memoria aún desde nuestras expresiones más íntimas. Porque es desde allí que parte nuestro quehacer poético. Y si hoy luego de 102 años pretendo acudir a su imagen y a su luz es porque estoy convencido que la sociedad actual necesita referentes de carne y hueso, no seres construidos desde la pantalla o la necesidad. Son ellos, los que hemos conocido, quienes deben quedar codificados en nuestra mente, talvez, por sus errores, aciertos y por su realidad. Son ellos los encargados de guiarnos en la oscura noche de nuestra fe. En este sentido, los instrumentos que usó Matilde como memoria, como testamento, como grafito, son los que necesitamos para reconstruir nuestro tiempo. Ojalá sea desde lo armónico y el diálogo. 

Estoy convencido que NO hay vacíos en su obra, porque ella registra en cada poema no solo su historia, sino que da prioridad al sentir del otro; llámese negro, indio o campesino, liberal, conservador o chusmero. Ella, es una verdadera artista y a través de la poesía y la pintura convoca los dioses ancestrales para que lean el alma humana en las líneas del surco de la tierra, el aire, el viento, el fuego y el agua. Solo ella, se atreve a denunciar, cuestionar y convocar otras lecturas lejos del sincretismo y fanatismo de la prensa social y el cotilleo regional.

En cada poema se acumulan vivencias, así se infiere su historia, la que no se recita como un himno, sino que está hecha de razones vitales en el desarrollo de un pueblo que muere entre el desencanto político, religioso, étnico y social. Nuestros territorios son un mapa de desconciertos diseñado por extraños donde se pierden o silencian quienes quieren tener voz y luz propia.

En los últimos tiempos, nuestro país ha vivido las más tenebrosas manifestaciones de violencia. En este sentido, la poesía tiene la capacidad de tratar los sucesos en profundidad porque el poeta o la poetisa posee la capacidad de oscilar de manera única y particular en lo más recóndito de la complejidad humana. Hoy, pretendo expresar que la memoria poética de Matilde Espinosa tiene un significado ético y político, una verdadera conquista de lo estético que se originó a partir de lo real y lo imaginario que vivió en las tierras mágicas de Tierradentro en el departamento del Cauca.

Para concluir, debo manifestar que Matilde Espinosa no solo se atrevió a transformar su mundo, sino que fue capaz desde el amor y el desinterés transformar muchos más. Doy fe de ello, y, por lo tanto, pretendo expresar públicamente que su obra debe convertirse en huella, luz, memoria; en propuesta salvífica porque desde el 20 de mayo de 1910 escribió su testimonio existencial en verso y propuso que el texto lírico es la parte de la memoria escrita que busca sanamente recuperar nuestra identidad como seres de luz.

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