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Los viejos

El miércoles 17 julio, 2013 a las 1:21 pm
Diógenes Díaz Carabalí

Diógenes Díaz Carabalí

Los viejos son un artículo en desuso, no solo para nosotros que somos tan moralistas, tan fariseos, tan ajustados a la Ley, cuando la Ley no se acomoda a nuestros intereses, nosotros la acomodamos. En China se acaba de aprobar una enmienda a la Ley de Protección de los Derechos y los Intereses de los Ancianos, para obligar, a riesgo de sufrir multas y hasta prisión, a los hijos para que atiendan debidamente a sus padres en un país con una inmensa población que supera los sesenta años, donde las rígidas leyes sobre la procreación, las radicales normas sobre el control de la natalidad lo han convertido en un país de viejos.

España, el país más tradicional de Europa, su mayor población está constituida por viejos. Si uno recorre pueblos o ciudades pequeñas encuentra a viejos que recorren las calles como fantasmas, rompiendo con su bastón y sus pasos lentos la soledad y la gris monotonía de un ambiente pesimista, donde falta la alegría de los niños y la bulla de los jóvenes. Europa es un continente de viejos. Alemania, Holanda, Suiza, Francia. Los viejos hacen tatuar en sus brazos las palabras: Krankenhaus nicht (Hospital no); para significar que cuando los encuentren enfermos no los lleven a un hospital, porque allí les aplican una inyección que los hace dormir para nunca despertar. Les aplican la eutanasia con el sofisma de la “Muerte digna”.

Hoy, en esta sociedad de la superficialidad, donde lo frívolo se ha impuesto como modelo de vida, que ha llevado al hombre y a la mujer a lo informal, a la inmadurez mental, donde lo importante es el consumo, lo intrascendente, los viejos, vinculados con lo serio, son un estorbo. Su obsolescencia no sirve para los tiempos de la tecnología y la modernidad. La “Aldea Global” de McLujan no tiene lugar para los viejos. Ellos estorban porque “sus actuar es lento”, sus reacciones “son retardatarias”, todo “lo meditan”, además de sus olores, de sus apegos, de sus creencias. Por eso hay que confinarlos en el último rincón de la casa. Por eso hay que alimentarlos a duras penas para que puedan respirar. Por eso hay que vestirlos con sudaderas indecentes “para que no se nos vayan a escapar a la calle a hacer el ridículo”.

En Colombia la entidad encargada de cuidar de los viejos es el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Existe también una legislación para protegerlos. Pero cientos de ancianos viven en el más cruel abandono. Muchos son desposeídos de sus bienes por sus hijos, son lanzados a las calles para que vivan de la caridad pública, tienen que trabajar en condiciones muy precarias para conseguir su sustento. Los hijos han olvidado el sacrificio por los que pasaron para criarlos, para darles el sustento, para costearles una carrera profesional y hasta para subsidiarlos para que consiguieran los empleos que hoy disfrutan. Los meten en asilos donde en no pocas ocasiones son maltratados. Los hijos les quitan a los viejos hasta el derecho de amar, de volver a enamorarse, de desempeñar su sexualidad, su capacidad intelectual.

La sociedad de hoy sentencia a los viejos al encierro, a la improductividad. En Colombia, una persona de cincuenta años difícilmente vuelve a vincularse a la actividad laboral. Esta sociedad odia a los viejos, y tan pronto se alinean las primeras arrugas en los rostros ya los tienen sentenciados a muerte como si todos, un día, no llegáramos allá.

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