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LOS SUEÑOS DEL GENERAL

El miércoles 19 noviembre, 2014 a las 10:57 am

(Cuento garcíanarquiano).

“Te metiste a soldado y ahora tienes que aguantar…”. Daniel Santos.

Armando Orozco Tovar

Armando Orozco Tovar

El general amaneció loco. Toda la noche oyó volar aves sobre el río y los acontecimientos de su vida se transformaron en sueños… “La vida es sueño”. Repitió sin que nadie lo escuchara y vestido de civil y como a escondidas se dirigió a su barca, chalupa, piragua  canoa, que tenía preparada desde la noche anterior al pie de su casa para la salida. ¿De quién huía? De los que persiguieron sus anhelos toda su vida desde cuando jugaba con soldaditos de plomo a escondidas de su padre que quería fuera de grande en vez de soldado “manejador de tranvía”. Les rompía a martillazos aplastándolos y dejando un montón de ellos como monedas diciendo: “Los vencí porque no valen nada” Y así lo hizo con sus capturados fuera o dentro del combate por lo cual desarrollo una manía persecutoria que lo acosaba en las noches soñando con sus soldados de plomo aplastados a golpes en aquellas lejanas noches de la infancia. Ese día decidió remontar no sólo el río de sus memorias sino el inmenso caudal que avanzaba lento y perezoso como un león adormecido y manso allá a pocos pasos de sus botas ilustradas de general de la República. Eran de cuero de búfalo. Las había comprado cuando en el país del norte hizo sus cursos de tortura para sacarle la verdad, que es lo primero que en la guerra se pierde a los rebeldes que cayeran en sus manos sarmentosas, largas y rugosas porque él no permitiría que como sus soldaditos de plomo de su niñez le ganaran todas sus partidas belicosas de sus sueños de futuro general donde él debía mandar tropas vencedoras. Ahora estaba solo y sabía que se iría sin que nadie, ni él mismo se vieran acobardado por sus pesadillas de plomo. No llevaba ningún arma, ningún cuchillo, solo sus botas de general lustradas como espejos por niños hambrientos y en huesos, que se peleaban para hacerlo todos los días hasta recibir las monedas de plomo del general. De esta forma salió hacia su canoa al amanecer de civil sin escoltas de siempre  y sin saber para dónde se dirigía, pues ya nada le importaba. Había perdido su última batalla con su sombra que lo persiguió siempre en sus sueños vestida como sus enemigos con el verde que tanto odiaba por confundirlos con árboles o ranas venenosas en mitad de la selva donde habitaban hacía muchas centurias como insectos, burlándose de los torrenciales aguaceros y de una humedad que devastaba cualquier quimera victoriosa como se le habían arrasado a él, todo un general educado desde su niñez para la guerra. La lluvia lo había derrotado. Le había gastado su sonrisa desdeñosa y colgó en la pared de su habitación sus medallas y galones de oro de general y se dispuso irse. Navegó hasta cuando vio las primeras luces del día aproximarse tímidamente sobre el inmenso cause. Ya nada le importaba. Ya ningún sueño de derrota ocasionado por sus soldaditos de plomo lo atormentaría, preferiría  vagar sin rumbo por entre el boscaje y ser capturado para que sus enemigos juzguen sus crímenes cometidos en los cuarteles de sus pesadillas, desde antes de emprender su carrera militar con tanto éxito. El general se bajó de su piragua tratando inútilmente de no ensuciar de barro sus rutilantes calcos donde podía contemplar su rostro perfectamente rasurado con su navaja de cazador al tacto esa noche, para no igualarse a sus enemigos cuyas barbas arrastraban como lianas y eran ya árboles que caminaban con sus inmensas raíces móviles por entre el bosque huyendo siempre de las aves metálicas y silenciosas, que aparecían de pronto sobre las copas de sus cabezas de hojas, devorándolos. Salían de las nubes borrascosas y caían en picada como cuervos ávidos, que debían vencer a esos árboles caminantes para siempre. El general al ver sus botas embarradas y el espejo manchado donde ya no podría mirarse para contemplar su semblante de guerrero, lloró hasta convertirse en la neblina de sus sueños. Nunca estuvo contento de sí mismo. De su vida… “Aborrezco mi vida… La orgía de sangre de mi vida”, se dijo hablando consigo mismo mientras los árboles que taló con sus motosierras engrasadas con manteca de cerdo, lo cercaban y se lo llevaban sacándolo para siempre de sus cuarteles de ilusión, donde se escuchaba la canción de Daniel Santos… “Te metiste a soldado y ahora tienes que aguantar…”

A  mi primo Jorge Tadeo Restrepo.

Alegría de Pío, 19/11/2014/7:00A.M

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