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Los sastres de la democracia

El viernes 13 septiembre, 2013 a las 7:31 am
Jorge Muñoz Fernandez

POR: MATEO MALAHORA
mateo.malahora@gmail.com

A las ciudades, como a los enfermos mentales, hay que llevarlas al sicoanalista. No es osado pensar que lo individual, a la luz de la interpretación científica, también pueda ser aplicado a la colectividad.

Y, naturalmente, a veces se necesita la Psicología Clínica para lograr que los ciudadanos y ciudadanas, en las pequeñas urbes o metrópolis, recuperen la conciencia, la cordura y hasta su propia identidad.

Se trata de analizar a ciudadanos, o pacientes, que viven en la postmodernidad, pero arrastran los mitos de la modernidad, que han sido declarados espurios y se encuentran desacreditados.

Mitos como el del Progreso quedaron rezagados en la historia. Y qué decir de la Razón, la Justicia y del Estado, convertidos hoy en fantasmas averiados por la credibilidad filosófica y política.

Al igual que el Rey del cuento “El traje nuevo del emperador”, de Hans Christian Andersen, el Estado anda desnudo, sin que se percate frente a los ojos del pueblo, los politólogos y analistas de las ciencias humanas y sociales.

Los sastres son profesionales idóneos, objeto de admiración por quienes prefieren vestir a la medida; imponen líneas, quitan prominencias, diseñan igualdades, levantan perfiles, ajustan relieves y esconden protuberancias corporales. Tejen hasta indumentarias invisibles.

Sin embargo, los sastres que diseñaron los vestidos del Estado colombiano los tejieron con modelos foráneos, para utilizar un término tan de moda en Popayán, modelos que esconden dispositivos etnocéntricos.

Los garantes de la tradición y las sanas costumbres se preocuparon más  por el vestido de la institucionalidad que por el cuerpo social, con las consecuencias a la vista: un enfermo de cáncer, en la versión “patológica  del Estado santista”, pero que se desplaza con elegancia en los salones del FMI, el BID, las grandes corporaciones financieras y la banca multilateral.

Modistos, sastres extranjeros, remendones nacionales y diseñadores de los afamados salones europeos de los Siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, y norteamericanos de los Siglos XX y XXI, han intervenido en la confección de  la indumentaria estatal de nuestro país.

Ha perdido tanto su soberanía el Estado, que  a veces lo observamos desnudo en los escenarios nacionales e internacionales, pese a tener un traje confeccionado con paño inglés, algodón norteamericano, seda china, lienzo peruano, trapos europeos y sombrero mejicano. ¿Por qué nuestro país no elaboró un traje nacional?

¿Cuáles fueron los sastres que cosieron el traje invisible del emperador?

Se presume que algunos artesanos hilvanaron su vestuario con la lógica de la razón instrumental centrada en relaciones sociales dominantes, con moldes y paradigmas en desuso, pasados de moda, y, lo peor, manufacturaron prendas de corte anglosajón para un cuerpo de perfil indoamericano.

Se impuso en las sastrerías, las vitrinas y el mercado la modelística extranjera, diseñada en las escuelas coloniales, desarrollistas y academias de modelaje neoliberal.

Razones de fondo tuvieron los campesinos colombianos para decirle al gobierno y al mundo que las prendas del Estado colombiano no eran para estos tiempos, que eran vestimentas extravagantes, traídas de las metrópolis del Primer Mundo y vendidas en el país como mercancías exóticas y a precios arbitrarios.

El Rey está desnudo se escuchó en las manifestaciones. El Estado protector, interventor, el Estado Social de Derecho, pasó a ser el Estado del “todo vale”, lento en darle solución a los conflictos, como el conflicto armado que cayó en el abismo de la degradación.

El Rey está desnudo clamaron los protestantes en las calles. Los mandatarios sintieron vergüenza y quedaron pasmados al escucharlos frente a los palacios gubernamentales. Los caminantes se burlaron del Estado y optaron por levantar la bandera de las reivindicaciones sociales, superando, incluso, el modelo turístico y programático de los diálogos  habaneros.

Preocupa, así mismo, que el vestido de la democracia colombiana haya sido construido con telas, moldes y sastres desaparecidos. Nos referimos a los modelos obtenidos en las revistas necrológicas de la modernidad, en las que aparecen vetustas fotografías de la racionalidad histórica como representaciones extinguidas, entre ellas el etnocentrismo, el humanismo, el progreso, la participación protagónica del pueblo, la ética vanguardista y hasta de la revolución.

Somos una democracia vestida con los paradigmas de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad: horizonte civilizacional desaparecido en las tempestades del mercado liberal y neoliberal.

Contrastes marcados en la Feria de la Economía Global, vestidos que llevan la marquilla de las multinacionales y vestidos comprados en los laberintos de la pobreza, adquiridos en los almacenes “Todo a Diez Mil”, como consecuencia de los paquetes neoliberales, cuyos costos impositivos acentúan la penuria en amplias capas de la población.

Y si en tiempos pre-electorales vemos pasar al Estado vestido de gala, de fiesta, elegante y moderno, ufanándose de usar la prenda más extraordinaria de la historia, muy seguramente estemos como en tiempos de la fábula del rey, para decir como el niño: “!Pero si va desnudo!”

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