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Los próximos escritores

El miércoles 20 abril, 2016 a las 9:15 am

Diogenes Diaz Carabalí

Diógenes Díaz Carabalí.

¿De dónde van a salir los próximos intelectuales, los próximos escritores, si la gente no lee? Peor aún si desde la oficialidad, o desde la escuela se piensa que el contenido del mundo está condensado en una pequeña caja electrónica llamada Tableta, sin saber que la información de allí no es confiable, responde a intereses comerciales, su fidelidad es distante, se ajusta a lo que el creador de la página quiera poner para el gran público, que no debe aburrirse, que debe volverse esclavo de una pantalla, entre más diminuta mejor. Eso que llamamos tecnología es la mejor manera de hacer de nuestros niños, jóvenes y adultos los más ignorantes.

William Ospina se atreve a afirmar que acumular información no es igual a ser instruido, menos a tener capacidad de tomar decisiones acertadas frente a una problemática. Y agregamos: los datos solos no ayudan a tener capacidad de discernir entre diferentes opciones que favorezcan o perjudiquen la comunidad. Los datos metidos en el cerebro no garantizan ni la calidad de la educación ni que sean útiles para el desempeño óptimo en un oficio o tarea. Tener datos en la cabeza no es igual a conocimiento, y en ese aspecto nuestra educación carece de elementos para alcanzar la anhelada calidad, que no han dicho cómo se logra, cómo se come.

En esas condiciones, de mera superficialidad, con la condensada información de la red y los contenidos superfluos de los medios de comunicación, la ciencia se hace más estratificada, personas aisladas se involucran en el conocimiento, individuos inquietos averiguan la tradición humana a partir de la cual se construye la ciencia; muy excepcional caso se involucra en proyectos intelectuales; como la lectura es escasa, escasos son los productores intelectuales, espécimen raro son los escritores.

Gracias al tecnologismo hemos perdido la capacidad de soñar. Los proyectos educativos han servido para desorientar, “Los resultados por competencias”, por ejemplo, han servido para discriminar, para encuadrar al aprendiz entre incapaz y capacitado; la aplicación de modelos extraños a nuestro medio han servido para deslocalizar al individuo, quitarle su identidad, su cultura, el apego a su entorno. Las autoridades cierran las bibliotecas con la disculpa de abrir “Centros digitales”, los colegios tienen los libros como tesoros escondidos a los que los niños no tienen acceso; en lo que menos invierten los gobiernos locales es en la compra de literatura, en la difusión de autores regionales y nacionales como si la poesía, la literatura fantástica fuera un monstruo que dañara las nuevas generaciones.

Es decir que la intelectualidad no tiene futuro, la escritura es un oficio obsoleto, la poesía, el cuento, la novela asunto de viejos lloriqueantes que añoran el olor a tinta seca combinado con el del papel amarillo, los llevaba a sumergirse en historias que hoy nadie aborda porque la intrascendencia ha ganado la batalla, la superficialidad es la medida del comportamiento, la ignorancia se esconde tras los comentarios vacíos de los grupos que se inventaron las redes sociales donde la intimidad parece como un patrimonio público.

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