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Los patojos tradicionalistas

El lunes 30 diciembre, 2019 a las 11:31 am
Los patojos tradicionalistas
Imagen cortesía de: https://acortar.link/amb
Los patojos tradicionalistas

Los patojos tradicionalistas

De finos modales, les gusta leer el diario matutino en los expendios, se acuestan tarde y se levantan pasadas las diez de la mañana, el calificativo no es despectivo, es un gentilicio agrandado por la ilustración de aquellos que por no usar zapatos las niguas los hacían cojear.

Vivaces, dicharacheros, de fino humor, repentistas, elocuentes y disertos, saben de política y son poetas por antonomasia. El científico alemán Alejandro de Humboldt decía: “son  más inteligente que los demás, pero mucho menos inteligente de lo que creen”, prefieren la soltería pero cuando se casan, lo hacen con mujeres adineradas, no por ser mantenidos tienen fama de buenos  mozos y malos maridos.

Su acrisolada estirpe, los hacen sentir superdotados, no en lo genital, sino en su estricta literalidad; todo lo creen fácil, pero a diferencia de los paisas hablan mucho y hacen poco, son brillantes en el sarcasmo con joviales caricaturas verbales que chasquean los defectos ajenos con singulares apodos y remoquetes.

Usan leche de magnesia Phillips para las axilas y agua florida de Murray & Lanman’s. No les gusta vivir en otra parte, sólo en Bogotá cuando los nombran funcionarios del gobierno central, congresistas o ministros. No  tienen grandes caudales pero siempre están bien relacionados, su prosapia  los hace creerse de mejor linaje, son perspicaces y astutos porque no tienen complejo de inferioridad.

Son bohemios, le gusta la tertulia, los encuentros literarios, el canto y la lúdica. Les encanta el mecato: los liberales, las mantecadas, las cucas, las cocadas, las panelitas de leche, la gelatina de pata y los aplanchados de doña Chepa, todos aseguran que una pariente cercana inspiró el postre Eduardo Santos. 

Los enorgullecen las empanadas y tamales de pipián con ají de maní, el champús, la sopa de carantanta o tortilla. Los lunes y jueves, degustan las frituras de chicharrón, rellena, asadura, envueltos de colada de mote y choclo, ají de piña y aloja de maíz, preparados en el mesón de Carmen, María o de las hermanas Ruiz, en el empedrado.

Prefieren vivir de la renta o de prestar dinero con hipoteca; algunos viven bajo el techo de sus padres hasta después de los cuarenta años. Por regla general, son glamuroso, les gusta la buena vida, sustentan sus ingresos en las comisiones del comercio informal. Habitan casonas añosas y gustan de muebles antiguos, exhiben en la sala el árbol  genealógico y ornamenta sus aposentos con  reliquias religiosas. No gustan de sociedades comerciales, ni invierte en negocios que exijan dedicación, pues les da miedo asumir riesgos.

En la universidad son revolucionarios e impíos, en los comicios electorales votan por los mismos de siempre. El primero de mayo en jolgorio obrero patronal, cargan y alumbran al Ecce Homo, patrono de la ciudad. En marzo o abril,  en conversión que cautiva se vuelven piadoso, amigos del párroco para ejercer la sindicatura de algún paso de la imaginería Semanasantera, añoran la alcayata, el túnico añil, las alpargatas de esparto, el capirote, el cíngulo y el barrote, se trasforman en seres puritanos y santurrones, el miércoles de ceniza exhiben con orgullo la cruz en la frente. Pasada  la pascua, vuelve a sus andanzas fútiles y pecaminosas.

Usan el “voceo” y los diminutivos, utilizan locuciones como: ¿cómo estás? ¿Cómo te va? Vení de prestico, ahorita voy,  traé vos una chuspita de pambazos o molletes para que tomemos “entredía”. Pronuncia adrede el fonema de la M por N, “pam, Popayam, pipiam”, y la S al conjugar los verbos en segunda persona: “fuiestes, vinistes, dijistes, hicistes”. Cuando van a regar un chisme utilizan la expresión “la gente dice”.

Los patojos tradicionalistas aman  la ciudad, la consideran el ombligo del mundo, enaltecen su gloria, son críticos con sentido de pertenencia, la defienden con vehemencia y acogen al foráneo como coterráneo cuando llega a construir ciudadanía, valoran las costumbres y saben interpretar sus aspiraciones. Los patojos tradicionales hacen de Popayán el mejor vividero del mundo.

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