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LOS MUERTOS AUTORIZADOS

El martes 17 noviembre, 2020 a las 6:37 pm
LOS MUERTOS AUTORIZADOS
Fotomontaje: ALUGE

LOS MUERTOS AUTORIZADOS

LOS MUERTOS AUTORIZADOS

Corría el mes de febrero de 2006. Los representantes de la mermada oligarquía caucana y numerosos contratistas del Estado se habían reunido en el Club Campestre de Popayán. Se convocaron para definir su respaldo a un candidato a la gobernación del departamento para el período 2007-2010. Estaban allí los representantes de Asocaña y otros terratenientes que hoy viven en Cali, quienes habían hecho el viaje expreso para asistir a esa importante cita. También habían aceptado la invitación algunos empresarios del norte del Cauca y dueños de valiosos predios ubicados en los alrededores de Popayán y en la misma ciudad capital. No faltaron los representantes de los gremios empresariales. En un lugar visible y preponderante del salón se habían ubicado tres patriarcas aristócratas a quienes todavía les quedaban arrestos para asistir a este tipo de reuniones. Los propietarios de varias empresas de ingenieros y otros contratistas menores que tienen intereses directos en el manejo de la administración departamental fueron quienes pagaron el alquiler del sitio, el sonido y el almuerzo que se había preparado para unos 200 invitados. Era una verdadera plenaria de las clases dominantes de la región.

Las cabezas principales de los partidos tradicionales expusieron el problema. “Hoy tenemos que tomar una decisión importante” dijo en tono grave el senador Iragorri. “Si” – respondió – José Darío Salazar, jefe conservador quien hoy es el presidente nacional de ese partido. “No podemos darles largas al asunto porque nos coge el tiempo” reafirmó con tono grave asumiendo su conocido gesto de “godo” de tradición. El problema consistía en que dos candidatos estaban en la puja por la gobernación del departamento y era urgente definir a quién respaldar. Uno era Eduardo José González “El Mono”, quien desde el mes de octubre del año anterior había renunciado al cargo de director nacional de la Oficina de Atención y Prevención de Desastres, adscrita a la Presidencia de la República. Supuestamente había tenido un desempeño “meritorio y sobresaliente”, según palabras del presidente Álvaro Uribe Vélez en el momento de aceptarle la renuncia. Llegó a Popayán con la aureola de ser un “uribista de tiempo completo”, a pesar de que su principal apoyo era el senador liberal Luis Fernando Velasco Chávez, quien posaba como “anti-uribista” en Bogotá. Con esa gestión en el gobierno central, el “Mono” intentaba tapar los desaciertos cometidos en la gerencia de la Industria Licorera del Cauca con ocasión del contrato con la empresa distribuidora de licores IPL, que le costó al departamento una pérdida superior a los 7.000 millones de pesos y que fue la antesala de su derrota electoral cuando aspiró en 1997 a la alcaldía de Popayán.

El otro candidato era Guillermo Alberto González Mosquera, ingeniero civil y político de larga trayectoria en la vida política de la región. Era uno de los cuatro herederos directos del poder político que había construido el gran gamonal caucano Víctor Mosquera Chaux desde la década de los años 50 del siglo XX y que a mediados de los años 80s cedió a quienes él veía como sus herederos. Repartió el territorio caucano entre Jorge Aurelio Iragorri Hormaza, Humberto Peláez Gutiérrez, Edgar Papamija Diago y Guillermo Alberto González Mosquera de acuerdo a sus intereses territoriales y a la influencia que cada uno había cimentado durante el trasegar político a su lado. Iragorri se quedó con el centro del departamento, además de El Tambo y Bolívar, que eran municipios muy importantes. Peláez se había consolidado en los municipios del norte. Era parte de familias de tradición liberal “gaitanista” de procedencia paisa que habían migrado desde 1947 desde el eje cafetero hacia Corinto y otros municipios del Cauca, y consiguió mantener esa aureola de liberal radical entre las comunidades afrodescendientes de esa región y entre importantes sectores campesinos del piedemonte caucano. A Papamija le asignó la zona indígena y oriental del Cauca y González Mosquera debía manejar la Costa Pacífica, el Patía y otros municipios del sur del departamento en donde la familia Mosquera tiene inmensas haciendas ganaderas.

Éste último – en su extensa carrera política – fue gerente general de la Caja Agraria a nivel nacional en 1978. Desde allí empezó a construir las entrelazadas y enmarañadas relaciones políticas clientelistas que se constituyen en la fuerza electoral de cada uno de estos “caciques electorales”. Esas cadenas clientelares las van tejiendo a lo largo de varios años tanto con líderes de las comunidades regionales y municipales como con personas del común, a quienes conocen con nombre y apellido, saben cuántos hijos tienen y les siguen la pista a sus pequeños o grandes negocios relacionados principalmente con la agricultura y el comercio. Alguien decía que uno de los fuertes de los políticos tradicionales caucanos era su prodigiosa memoria que impacta fuertemente entre los sectores populares de la región, dada la mentalidad servil que se impuso desde la época colonial entre los apareceros y terrajeros campesinos e indígenas. Un conocedor de la oligarquía payanesa explicaba el origen de esa memoria “fotográfica” aduciendo que desde niños los educan con mentalidad de “amo”. Me explicaba que ellos ven a todas las personas de estrato popular como a sus sirvientes o como parte de su patrimonio personal o familiar y, ésta costumbre les ayuda a mantener y desarrollar esa retentiva memoriosa. “En los genes heredan la cualidad de reconocer con nombre propio a sus siervos como el criador de caballos que es capaz de llevar en su mente el árbol genealógico de cientos de sus animales”, remataba con tono científico mi amigo. Tal vez sea cierto.

Pero volvamos a nuestra reunión de febrero de 2006. Eran las 11:45 de la mañana de ese sábado 11 y el ambiente estaba caldeado. Unos decían que Guillermo Alberto ya estaba muy viejo para gobernar un departamento tan conflictivo, con guerrillas y paramilitares de por medio, narcotráfico a granel y los conflictos con los indios que no daban tregua. Otros planteaban que el “Mono” había demostrado muchas debilidades con los trabajadores y el sindicato de la “licorera” y que estaba demasiado joven. En fin, los puntos de vista iban y venían. Una de las matronas más añejas de la clase política caucana estaba preocupada por el almuerzo y le dijo al empresario y latifundista Santiago Uruburu Valencia que ya era hora de ponerle orden a la reunión y que se tomara una decisión unánime. Éste, alentado por su paisana raizal pidió la palabra. Se paró al frente y llamó la atención de los asistentes valiéndose de su gran estatura y utilizando su grueso vozarrón. Con tono ceremonial y tajante expresó: “Aquí lo que necesitamos es alguien como el actual gobernador Chaux Mosquera. Quien gobierne el Cauca debe tener los pantalones bien puestos. Que no le tiemble la mano para arrasar con los indios que se atraviesen y que quieran bloquearnos de nuevo la panamericana. El único que puede darnos esa garantía es Guillermo Alberto y ¡que no se diga más!”.

El salón quedó en silencio por segundos. Después de una breve vacilación el aplauso fue general. Un viejo patriarca aristócrata ubicado en la parte delantera había empezado a aplaudir con cierta timidez pero de inmediato la ovación fue unánime y estruendosa. Agradecido con el respaldo el terrateniente que había intervenido remató: “Que no se hable más… Guillermo Alberto será el gobernador y sabemos que lo hará bien. ¡Vamos a almorzar!”.

Así terminó la reunión de ese lluvioso día de febrero. Así se toman las decisiones en éste departamento. El asesinato de los campesinos que protestaban en la carretera panamericana y el tratamiento represivo que se le dio a la movilización indígena denominada “Minga de Resistencia Social y Comunitaria” – en octubre de 2008 -, había quedado autorizado desde esta cumbre de las elites dominantes de esta región de Colombia.

De ésta forma es como “se construye patria y se practica la democracia” en el Cauca. Por ello fue que Álvaro Uribe se sintió tan identificado con la oligarquía caucana: convirtió a Popayán en uno de sus principales sitios de visita e institucionalizó su devota presencia en la Semana Santa que se celebra cada año en esta “noble e hidalga ciudad”.

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Otras publicaciones de este autor en Proclama del Cauca y Valle:

Fernando Doraado

ND.: El anterior es un relato que está en el libro EL CAUCA EN SU MOMENTO DE CAMBIO, Sociedad abigarrada, pueblos rebeldes, futuros posibles, impreso en octubre de 2017.

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3 comentarios en "LOS MUERTOS AUTORIZADOS"

  1. Quien es Santiago Uruburo Valencia…que nombra el amigo Fernando Dorado, en el articulo…? ese personaje no existe en la selección de la «aristocracia» familiar, politiquera, económica payanesa o patoja…Enseñanza o moraleja : Cuando se escribe con tanto » acierto «, se deben investigar mejores fuentes…o verificar hechos…

  2. José Ramón Burgos Mosquera dice:

    Un artículo de gran factura.Impactante. Leeré el libro con igual interés.

  3. Maritza Rengifo dice:

    Qué poco conoce el señor Dorado de la trayectoria de Guillermo Alberto González y de la familia González Mosquera para tildarlo de oligarca, terrateniente y esclavista. Es sólo ver cómo sirvió desde los diferentes puestos que ocupó, preguntarle a todos los que hoy ya están con una jubilación gracias por ejemplo a su paso por la Caja Agraria. En fin discutir con resentidos como el señor Dorado no vale la pena.

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