ipt>(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});
Domingo, 9 de agosto de 2020. Última actualización: Hoy

LOS MENSAJEROS DE LA LUZ

El viernes 12 diciembre, 2008 a las 5:33 pm
N. Sandoval-Vekarich
¿Qué significado tuvo la operación de Juan El Predicador al sumergir a las personas en las aguas del río Jordán?
“Yo soy El Anunciador de la Luz”, decía señalando con el índice de la mano izquierda el cielo. En hebreo Jehová significa Yo Soy: “con este nombre me conoceréis”, fue la advertencia a Moisés.
¿Qué interpretación esotérica podría tener ese gesto que continúan las iglesias cristianas con un significado diferente a su valor intrínseco? No era el cuerpo físico que se purificaba con las aguas, la transmutación iba más allá de la razón, la exaltación a lo no conocido, lo que une al cielo con la tierra.
¿Y la Luz? Un pueblo de mercaderes recorría los caminos de oriente, en algún punto convergían sus emisarios con los sacerdotes judíos cuando Roma imponía sus dioses y sus leyes. Estos emisarios tenían la tarea de recabar cuanta información les era necesaria para elaborar una estrategia de comercio con esos pueblos de naturaleza tan elemental, había pues en cierta forma una confrontación de la materia con lo incognoscible, que no podían comprender tanto más cuanto sus filósofos resolvían la ecuación terrestre de causa y efecto, pese a que el mundo semita tenia un conocimiento más altruista que se refugiaba en el poder de la mente, no de la razón, con premisas equivocadas susceptibles de llegar a una conclusión errónea, de tal suerte que la fuerza sobre la razón era imperante y el ocultismo resolvía algunas ecuaciones que convertía a sus sabios en magos. El intelecto estaba proscrito, era un arma ilegal, se podía perder la cabeza o ser crucificado.
Descendían los nómadas de imperios que sucumbieron por su propia inercia. Los comerciantes que llegaban de la Helade habían asimilado las enseñanzas de una civilización decadente que perdió el dominio de los mares, la plagiaron y sobre sus ruinas y las ruinas de sus templos y palacios construyeron su Estado, rendían culto a la materia, a la belleza del cuerpo, a las habilidades manuales, no al espíritu, sus dioses por lo tanto eran de piedra y mármol.
Los semitas podían aceptarlos, también ellos eran pequeños comerciantes del desierto quienes para cada día que transcurría, según la rotación del sol y los cambios lunares, tenía una deidad protectora, a excepción de aquel otro pueblo que fue execrado y que prevaleció a la destrucción y persecución por encontrarse férreamente unido a los preceptos sagrados del Talmud. Esta si era propiamente una religión, concepto que proviene de religar lo profano con lo divino, la tierra con el cielo. No obstante, la preservación esencial de su doctrina quedó a cargo de un pequeño grupo de iluminados que se refugiaron en monasterios recónditos y escuelas alejadas del vulgo, a las que podían acceder en forma individual y selectiva pocos filósofos del mundo heleno, cuyos conocimientos guardaron impermeables durante siglos.
Pago era una pequeña ciudad del Imperio Romano celebrada y conocida por su politeísmo y cuyos habitantes llamados gentiles, fueron rechazados por los cristianos en el principio de su evolución gregaria cuando empezaron a propagarse por el imperio e iniciaron su ilustración con las enseñanzas de filósofos tales como Séneca, Platón y Aristóteles y aún más según los preceptos adquiridos por los lacios en las academias etruscas. Los iniciados eran precisamente quienes aprendieron a conocer el trasfondo esotérico de las enseñanzas de Jesús, sacerdote esenio cuyo poder mental trascendía a superar las barreras físicas para lograr el desarraigo de enfermedades y calamidades frecuentes en los estamentos pobres, así pues los griegos llamaron “sanadores’’ a los monjes esenios, depositarios de las enseñanzas esotéricas que han perdurado y perduran en agrupaciones dedicadas a su estudio y al mantenimiento de la Luz del Universo, la energía cósmica como la designan, enseñanzas a las que acceden muy pocos iniciados y que se encuentran con relativa y poca frecuencia en las logias masónicas y rosacruces.
Valga aclarar que quienes practican y estudian la filosofía esotérica no son sociedades religiosas y por lo mismo no meritan ser calificadas de sectas como suelen bautizarlas los apócrifos de la filosofía de la antigua Grecia, quienes pretenden haber llegado a la verdad a través de Platón. Otra cosa dirían al respecto Freud y Karl Jung sobre estos eruditas del mundo contemporáneo si supieran explicar la esencia de la verdad absoluta y la no existencia de lo ilimitado o el valor del bien y del mal en un solo elemento.
No necesariamente el erudita llega a ser un filósofo si no sabe reciclar lo asimilado en sus lecturas profanas, no pueden ser el océano siendo solamente un pozo de conocimientos disímiles, difícilmente deglutidos. Así, en este trayecto de afirmar y negar, de sumar y dividir partiendo de la metafísica de Aristóteles, se llegara a Dilthey para encontrar, de ser posible, una respuesta en su tratado sobre la ciencia del espíritu.
Leer más…
Sigue a Proclama en Google News
Deja Una Respuesta