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LOS LIBROS: TABLA DE SALVACIÓN

El miércoles 27 septiembre, 2017 a las 7:28 pm
Bulevar de los Días

LOS LIBROS: TABLA DE SALVACIÓN / Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

El escritor español Arturo Pérez-Reverte me habló de frente esta mañana. Me recordó que sin libros no puede el ser humano vivir. El niño, el joven y el adulto. Somos un mundo que se acostumbró a leer, a abrir páginas y gozar pasándolas y viendo figuras y buscando la interpretación de fotografías y pensamientos de gente importante.

Todo empezó para mí, como lector, con las páginas de aventuras que mi padre me ponía en las manos cuando tenía 4 o 5 años. El sábado comenzaba la fiesta. Me acostaba feliz porque al día siguiente llegarían Lorenzo y Pepita y su perro, Educando a papá, El Fantasma que caminaba a caballo junto con su amigo Toro, Maldades de dos pilluelos, El Llanero solitario, El Hermano Rabito y el Hermano Oso con su hocico embardunado de miel. No sabía leer, dirían mis padres, pero gustaba ver la sucesión de escenas en cada «historieta» y me daba cuenta de lo que pasaba. Así se me fue pegando el ansia de coger libros y pasar páginas y encontrar letras e ilustraciones.

Más tarde aprendí a leer. No en la escuela sino viajando en bus y en tranvía por las calles de Bogotá. Veía los letreros y propagandas encima de almacenes y arriba de las ventanas de los buses. Mi tía Otilia o mi abuelo me enseñaron los nombres de las letras y su pronunciación y a unir letra con letra para formar palabras. Entré a clase formal cuando entré en quinto de primaria en el Colegio San Luis Gonzaga en Zipaquirá. Ya sabía leer.

A los 12 años entré al seminario claretiano en Bosa y allí encontré una mina de libros de Emilio Salgari. Me entusiasmé con las aventuras de Sandokán, el Tigre de la Malasia. Leí una serie de libros que se titulaba El Techo del Mundo. Lo que menos leía eran textos de ciencia o de meditación o espiritualidad. En clase de matemáticas el profesor nos leyó la novela A Través del Desierto de Enrique Sienkiewicz. Más tarde leí El Doctor Zhivago de Boris Pasternak. Y ahora me doy el gusto de estar leyendo ya el decimotercer libro de Alberto Manguel Curiosidad, Una Historia Natural.

Sí. Abrir un libro es como entrar a la cueva de Alí Babá a buscar el tesoro. Hay oscuridades, miedos, expectativa, ruidos extraños, ecos, y al final está el premio: el arca llena de joyas y oro que se derraman desde adentro y caen al suelo. Cuando empieza uno a leer se abre un camino, una puerta, está uno a la expectativa de encontrar algo que no sabe con precisión qué es, pero la emoción lo cautiva y sigue escudriñando.

Sí, viajar físicamente es apasionante, conocer ciudades, subir al avión, montar en el AVE casi ultrasónico por rieles, conocer lugares que solo se conocen por mapas o fotografías. Pero meterse en un libro es un reto e invitación conocer otros mundos. Al universo, sus lugares y cultura. Casi todo lo conocemos a través de los libros.  

27-09-17                                          11:45 a.m.

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