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Lunes, 30 de noviembre de 2020. Última actualización: Hoy

El sábado 18 octubre, 2008 a las 4:10 pm

LOS LEONES SÓLO JUEGAN FÚTBOL

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano

Los leones tienen el genotipo y el fenotipo perfecto para jugar al fútbol. Tienen unas fauces enormes que abren cuando se emocionan y levantan el dedo para cantar el gol, tienen cuatro garras poderosas para pelear la pelota y defenderse, tienen unos pulmones de 500 caballos de revolución por minuto para recorrer la cancha, melena que recogen con balaca, como el loco Abreu, y tamaño para cabecear y ganar el salto en el área de las cuarenta yardas. Son razones de peso para afirmar que los reyes de la espesura tienen todas las cualidades que debe poseer un jugador del deporte Rey.

El fútbol no fue hecho para lentos elefantes ni para hipopótamos de lampiña barba ni para narigudos rinocerontes que nadan en yacuzzi, ni para sedosos y moteados tigres que retozan con su novia, ni para alargadas jirafas de zancadas demoradas, ni para robustos orangutanes que celebren sus escasos goles golpeando con los puños su peludo pecho.

El fútbol es un juego en el que unos leones se ponen pantaloneta en una cancha para defender su cueva. Cuando el enemigo asalta con sus tiros, al fragor de la selva en guerra no le da miedo de escena y defiende su territorio hasta con sus cuatro patas. Corren como rollsroyce sobre el césped en arrebatado éxtasis y aterrizan como un Concord desbocado para quitar la bola a zagueros y punteros. Cuando toma la bola la pasa al compañero, evita la zancadilla y si le cometen fául, se levanta con más furia hasta la cueva del contrario. El león huele el gol de lejos, se adelanta con su manada como los aviones de combate y sus motores no descansan hasta que finaliza el tiempo.

El león aprendió de niño en las playas de Ipanema, de Lisboa o Mar del Plata a celebrar los goles como Pelé, Cristiano Ronaldo y Maradona. Se monta encima de la presa, levanta su mano larga como amenazando el viento, abre su ancha bocota y ruge desde adentro como para tragarse una selva entera. Cuando recibe el balón en el área chica arruga su nariz, empuña sus uñas en la garra y enfila su carrera sin medir los contratiempos. El león juega la bola con la derecha lo mismo que con la zurda, le pega fuerte y recto y también sabe cobrar con la pelota quieta. Comete pocas faltas y jamás ha visto la roja. Ha levantado la copa en varias ocasiones, se viste de amarillo y se adorna con cintillas y borlas en su traviesa cola para dar la vuelta olímpica.

En Colombia nunca hemos visto a estos leones pues son una especie rara que juegan en Europa, en Brasil, Argentina y Costa de Marfil. En el closet guardo la camiseta de un diez, con olor a macho y a partido que una noche terminó en Maracaná 6 por cero. Es de colores rojo y negro con franjas gruesas horizontales y lleva cinco estrellas. Los leones se parecen a Leonel, a Pedernera, a la saeta rubia, al maestrito Báez, a Rincón en Inglaterra o al Tino en Buenos Aires.

¿Cuándo tendremos en nuestras canchas jugadores con talla de leones, sin corbata y sin bolsillos grandes en su frente, con camiseta que destile sudor y amor por el juego limpio los colores de la nación y con el respeto por el hincha? ¿Que celebren con rugido y carcajada cada gol, que corran y no se cansen en la mitad de la carrera? ¿Será que Lara manejará como domador sapiente a esta Selección en ciernes con agallas?

29-09-08 – 10:49 a.m.

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