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Los invisibles

El lunes 18 agosto, 2014 a las 4:55 pm
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Por: Marco Antonio Valencia Calle

Hay un negro de aspecto atlético y mirada perdida que deambula como un excomulgado sobre las calles de “La Ciudad Blanca” sin camisa y sin zapatos, pidiendo plata para un pan “doptó, doptó una monedita para un pan, una monedita para un pan mi doptó”; y su voz, tan aduladora como dramática, y su presencia tan inofensiva como urgida, casi que obligan a darle una moneda al orate. Vive de comer pan y peinarle los egos al prójimo y nunca, por más miserable y asesino que sea el clima se pone camisa. Y pasan los años y el negro como un lunar sigue pasando por estas calles de paredes blancas, tan inofensivo como invisible, tan invisible como indigente.

Hay un Café en la Cámara de Comercio, frente al parque de Caldas, donde se reúne la clase media alta, o la que pretende ser alta clase media, a conversar, planear incertidumbres, reírse por nada o hilar telarañas en el nombre del prójimo ausente (a eso o a cualquier otra cosa). Un lugar donde desfila todo el jet set de la farándula criolla y regional para dejarse ver, encontrarse, o para ver a los que se quieren dejar ver. Y allí mismo, entre capuchinos espumosos y onerosos, entre cafés exquisitos y precios resoplados, entre las sombras de los fantasmas de una casona colonial, suelen desfilar decenas de niños con la mirada hambrienta y el aliento de la pobreza respirándoles al hombro. No desfilan como esas mujeres altísimas y flacas en Colombia Moda, ni caminan como los caballos en una pasarela, lo hacen a salticos y voz quejumbrosa eso sí, con las uñas sucias y los zapatos sin limpiar, lo hacen por turnos, uno a uno cada diez minutos. Se acercan a las mesas, dejan un librito barato, o un lapicero, o una caja de colores, y luego regresan y con voz inaudible, lastimera, piden al cliente que le compren porque no ha comido en tres días, o para poder pagarse los estudios, o cuentan alguna tragedia que pocos están dispuestos a escuchar, y si quisieran hacerlo, no entenderían nada porque los pobrecillos del hambre, se van comiendo sus propias palabras.

Un gringo amigo, comentando el asunto se preguntó si los dueños del Café creían -que al permitir semejante desfile de niños indigentes y madres recién paridas-, si así creían que estaban cumpliendo con su responsabilidad social. Yo no dije nada, entonces me regañó “estos niños pidiendo, para mí como extranjero, son un escándalo, para ti y para muchos habitantes de éste pueblo, ya son parte del paisaje, tan cotidianos y tan invisibles como la estatua de Caldas, como las bancas del parque”; y entonces, no pude comer mi pastel de manzana, se me atoró en la conciencia y tuve que regalárselo a un niño que vendía lápices para reunir plata para quién sabe qué cosa. Y el gringo volvió a regañarme: “así te dedicaras toda la semana a regalar pasteles de manzana a los niños que desfilan por aquí vendiendo o pidiendo no vas a solucionar el problema, al contrario, lo estás agravando. Si das limosna, incentivas su negocio y allí se quedan, pidiendo limosna en vez de trabajar, por el resto de sus vidas”. ¿Entonces qué hacer?

– Para esto tenemos a los políticos. Los políticos -me dice el gringo-, son los líderes que la sociedad elige para pensar y dar soluciones a los problemas de un pueblo. Así ha sido desde el principio de la humanidad. Así debe ser. Habla con ellos.

– Lo que pasa, le dije al gringo, es que en este pueblo, como en muchos otros, los políticos a veces son invisibles.

– Ja, eso es falso, los únicos invisibles en un pueblo son los indigentes.

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