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Lunes, 21 de octubre de 2019. Última actualización: Hoy

Los hijos

El viernes 23 agosto, 2019 a las 3:58 pm
Imagen cortesía de: https://bit.ly/2L88PFL
Los hijos

Los hijos

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Puedo hablar porque tuve seis y ya están adultos y formados. Los vi nacer y crecer, aprender y poco dudar. Tal vez tenían claras referencias de comportamiento y tenían pautas de cómo reaccionar que los hacían obrar con claridad y sin temores.

A diferencia del caso por parte de mi padre, no tuve que emplear el castigo físico ante faltas mayores de mis hijos. Aunque tengo en mi hoja de padre una anotación que me duele todavía. Castigué con rabia al mayor por una desobediencia cualquiera. A veces reflexiono y me consuelo pensando que fue solo una vez y que hoy lo venero por su respeto y amor filial irrestricto por mí.

A las hijas jamás las toqué ni siquiera con la pluma de un gorrión. Fueron y son mi adoración. Hoy ya todos mayores, graduados universitarios, independientes, fuera de casa. La palabra ética o disciplina jamás la usé en el vocabulario diario y trato con ellos.

Los hijos son la cara y reflejo de los padres. Son hijos del barrio y amigos de donde habitaron, hijos del siglo en el que viven con sus mitos de dinero, tecnología, libertinaje, amor libre y valores sociales y humanos. Obvio que no copiaron solamente de sus padres y familia adentro de casa los ejemplos y valores éticos y morales. También son hijos de la sociedad que los rodea y que entra por sus amigos y ejemplos que los incitan en la calle, colegios, parches y universidades.

Se podría preguntar en este instante de mi texto, cuáles preceptos o consejos han valido más, han marcado su conducta… Las aprendidas con el ejemplo en casa o las de los colegios o amistades en el trabajo o en reuniones a que asisten. Porque el ser humano también es un animal de costumbres. De tanto ver y hacer, de tanto asistir a la repetición de actitudes y ejemplos sociales, ellos toman lo que les gusta, se suman al común y se escudan en lo que hacen los demás.

Las consignas o mandatos subliminales que conservan de su niñez y juventud, muchas veces son cuestionados internamente por los hijos al pertenecer a las redes de barrio, de trabajo, de compañeros de meznada que frecuentan. La sociedad, pareciera que cada vez es más permisiva y que los frenos sociales y éticos se van disolviendo en lo que acepta la mayoría como legal y “moralmente” aceptable.

Nuestros hijos ya no son aquellos muchachos que vimos salir con su maleta de colegio con libros, lápices y merienda. No son los hombres y mujeres dóciles que hacían fiestas en casa y donde encontraron sus amigos de siempre. Ya su vuelo los ha llevado a terrenos casi vedados para los padres. Ya son “harina de otro costal como se dijo.

Sin embargo, son aun nuestros hijos. Corre la sangre que lleva el apellido. Van llevando en su cara y porte, como una bandera que ondea todavía con nuestros estilos, colores y valores.

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